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OPINIÓN - SÁBADO, 9 DE OCTUBRE DE 2010

 

OPINIÓN / EL OASIS

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Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Allá por los sesenta del siglo pasado, tuve yo un negocio y una clienta que aprovechaba el menor descuido para llevarse artículos por la cara. Un día la sorprendimos hurtando y, en vista de que era señora muy conocida y respetada en la ciudad, lo que hicimos fue dejarla marchar sin violentarla; aunque nos pusimos en contacto con una hija suya para ponerla al tanto de lo que hacía su madre.

La hija, que era tanto o más encantadora que la madre, con la ventaja de que no mostraba inclinación por apoderarse de lo ajeno, lo primero que nos dijo es que su madre era cleptómana. O sea, persona que tenía inclinación morbosa a hurtar. Los cleptómanos, según los expertos en la materia, si no toman soluciones, pueden traspasar la barrera de la cleptomanía y convertirse en ladrones.

La hija de aquella señora, tan conocida y respetada en la ciudad en la cual yo vivía, entonces, nos hizo la siguiente proposición:

-Dejad a mi madre que se lleve cuanto desee; es decir, hacer la vista gorda mientras ella va cogiendo los artículos que le apetecen y, en cuanto llegue a casa, tomaré la siguiente decisión: O bien os devuelvo inmediatamente lo que crea que no le hace falta o, inmediatamente, paso por vuestro establecimiento a pagaros el importe de lo que haya birlado mi madre.

A partir de ese momento la señora tuvo ya, sin saberlo, licencia para llevarse hasta el objeto más insignificante del establecimiento. Eso sí, por más que las empleadas del comercio estuvieran mirando de reojo las acciones de la señora cleptómana, siempre teníamos que fiarnos de lo que nos dijera la hija.

Yo no sé si aquella señora consiguió curarse de su cleptomanía. A mí me parece que no. Ya que pude enterarme, años más tarde, de que en otros establecimientos, con propietarios menos condescendientes que nosotros, al ser sorprendida por éstos con las manos en la masa, la humillaron hasta extremos insospechados. Y me sentí culpable.

Sí; me sentí culpable por haber aceptado la propuesta de la hija de la señora que tenía inclinación morbosa a robar. Una especie de paño caliente que sólo aliviaba la situación. Y que me confortaba cual hacedor de una gran acción. Craso error. Cuando lo más atinado hubiese sido, dado que gozaban de medios económicos, poner a la señora en tratamiento.

Paños calientes de esa laya no hacen más que empeorar la situación del cleptómano –o cleptómana-, cuyo final es casi siempre el mismo: traspasar la frontera de la cleptomanía para convertirse en ladrón profesional.

En situaciones así, lo más conveniente es coger al toro por los cuernos –es mi opinión, tan libre y tan expuesta a equivocarme-. Quiero decir que al cleptómano, sea comerciante, sea empleado de la banca, periodista, maestro de obras, funcionario, político con cargo, o el sursum corda, hay que hacerle ver la enfermedad que padece. Y que le conviene ponerse en tratamiento.

Pues el cleptómano, un suponer, empieza mangando doscientos mil euros, que, a fin de cuentas, son nada y menos. Vamos, una ridiculez de dinero. Calderilla. Con lo cual ni presumir puede de haber cometido un desfalco de aquí te espero. Y acaba pensando en cómo es posible llevarse la Giralda de Sevilla a las dos de la tarde de un verano cualquiera. Reconocer la enfermedad debe ser el primer paso para que la cosa no vaya a más.
 

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