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OPINIÓN - MARTES, 2 DE NOVIEMBRE DE 2010

 

OPINIÓN / ESPAÑA CAÑÍ

Los que vivimos
 


Nuria Van Den Berghe
nuriavandenberghe
@elpueblodeceuta.com
 

Acabamos de celebrar el Día de todos los Santos, que, para muchos, es el día del recuerdo . Una bellísima tradición judeocristiana, hermosa y entrañable, como lo son todas las manifestaciones de nuestras raíces y de nuestra cultura. De raíces viene “arraigo” ligazón con la memoria del alma, esa que late en todos nosotros y que es gazpachuelo ancestral genéticamente salpimentado. ¿Qué dicen? ¿Qué si estoy tratando de imitar a mi maestro Sánchez – Dragó refocilándome en los vericuetos del idioma? ¡Me olviden!.

Encajes de bolillo o no del castellano, lo cierto es que, nuestros camposantos rebosan flores y el que más y el que menos ha suspirado recordando a quienes se fueron al otro lugar. A los que están sin estar. Y ahí, los creyentes, llevamos ventaja con respecto a los ateos. Para nosotros la muerte ni existe ni es el final, es, tan solo, el paso a otro lugar del Universo tras nuestra aventura humana.

¿Qué que hice yo ese día? Recordar no. Porque para recordar hay que haber olvidado y, personalmente, jamás olvido. Cosas de la edad y de mi condición de eterna aprendiza, de manceba perpetua en la botica de la existencia. Reconozco que no soy excesivamente despabilada, pero al menos tengo la virtud de que, por mi insana curiosidad vital, lo que no sé lo pregunto y si no me satisface la respuesta insisto y pregunto más, busco opiniones en los libros para ver si el que me ha contestado me está engañando y escarbo en internet (que en mi barriada malagueña se llama inten-né) todo con tal de obtener un poco de claridad, es decir, de conocimiento. Será que, he comprendido, que, en esta vida, vivir sin buscar el conocimiento es como vivir eternamente iluminado por una bombilla de veinte watios, en la puta sombra.

¿Por qué se revuelven? ¿Qué están “seguros” de que ahora voy a soltar mi sempiterna cantinela de “yo hice los cursos de acompañamiento en los últimos momentos según la teoría de Elizabeth Kubler-Ross”? Pues sí ,los hice ¿Les molesta porque fueron ustedes quienes me pagaron los seminarios? Pues como no me los pagaron ni tampoco me financiaron los viajes en tren se callan la boca y no critican a personas buenas como servidora. Porque yo soy buenísima, eso lo dicen dos :España y el extranjero. Lo que sucede es que no se me nota mucho, pero en el fondo soy una florecilla de candor.

Y florecilla o no yo sé y he tenido ocasión de acompañar a personas en sus últimos instantes en este lado. Varias veces en la unidad de cuidados paliativos del Hospital Civil de Málaga que es el lugar donde llevan a morirse a los enfermos terminales. El montaje fatal. El lógico en una frívola sociedad empeñada en vivir de espalda a la muerte y que se niega, por aprensión, a estudiar, investigar y conocer lo que acontece en esos momentos. ¿Qué dicen con esas caras de caballas en salazón? ¿Qué si cobro algo, aunque sea “la voluntad” por mis asistencias? ¡Joder, para eso monto un 906 y que se ponga al teléfono el moribundo y yo le explico el tema! No. Nunca he cobrado por nada espiritual ni puedo hacerlo, lo que viene a demostrar empíricamente que, si se tienen valores, principios y algo de ética se padece la incomodidad subyacente de no hacerte jamás rica. Y encima si la discreción total es un requisito irrenunciable, nunca puedes optar al famoseo de un Rappel o de una Bruja Lola. Pero acompañar en el tránsito, si sabes hacerlo, es un poco una obligación moral, es como acompañar a una anciana cuando pasa un semáforo, lo haces y ya está. Los que vivimos gozamos de algunas ventajas, pero también tenemos obligaciones para con el Universo, es un toma y daca espiritual, es reciprocidad, es como una cadena de favores.

Y sí, fui al cementerio de mi barriada de el Palo, el que está a la vera de la playa y alberga en sus tripas el recuerdo de hombres de la mar, de pescadores, marengos y navegantes y de sus familias. Fui, aunque no tengo allí a ningún pariente, quitando un lugar en la parte de los niños donde me he apoderado de un pedazo anónimo de tierra, bajo en inmenso ciprés y allí me he montado un rincón como le hubiera gustado a mi hermanillo del alma, Gabriel Pineda de las Infantas. A veces le llevo flores y en Navidad me gusta ponerle algo navideño, una vez llevé un pequeño abeto con guirnaldas, pero, cuando acudí para la nochevieja, lo habían robado, lo que no me importó, porque quien se llevó el adorno seguro que lo disfrutó y sintió contento, es decir, sintió contento gracias a Gabriel y a que le había birlado su arbolillo y seguro que mi hermano del alma disfrutó con el tema y rió hasta las lágrimas, porque era muy complaciente con los pícaros.

Cantan nuestros primos de allende los mares “Yo quiero que a mí me entierren, como a mis antepasados / En el vientre oscuro y fresco, de una vasija de barro” y lo cantan con el son de la flauta que se llama quena.

Aquí, en nuestra cultura, el canto de los muertos es la petenera.

Celebrar el día de los difuntos es algo que “llega”, es la sublimación de la nostalgia, es el removerse de los quereres y los sentires, el rescatar pellizcos de recuerdos. La gente engalana tumbas y nichos, refriegan las lápidas con lejía y reponen las flores que se han secado de año a año, se nota quien llora a cada cual y aún se nota más quien ha experimentado el dolor más grande y más injusto del mundo, que es sobrevivir a un hijo. ¿No sienten ustedes que, este día, es como si recorriera España entera, de punta a punta, de camposanto en camposanto, una inmensa marejada de amor que vibra de energía? Reitero : cuan afortunados somos los creyentes por creer. Nos ha tocado el “cuponazo” de la Historia. Y eso no se puede negar porque sería mentir.
 

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