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OPINIÓN - DOMINGO, 19 DE DICIEMBRE DE 2010

 

OPINIÓN / EL OASIS

La tercera planta
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

De Clinton, 42º presidente de los Estados Unidos, guardo yo un grato recuerdo. No porque su gestión consiguió la nota más alta desde la Segunda Guerra Mundial, que también por ello, sino porque el dirigente más poderoso del mundo nos hizo ver que las personas amantes del sexo rinden más en sus cometidos. Lo cual, aunque sea verdad que no necesita demostración, es conveniente que de cuando en cuando salgan a la luz hechos que así lo confirmen.

A mí me pareció extraordinario que Clinton, en un alarde de generosidad, accediera a que Mónica Lewinski, de 22 años de edad, licenciada en sicología y becaria en la Casa Blanca, cumpliera su mayor deseo: hacerle una felación a su admirado Bill en el despacho Oval. Generosidad de Clinton y valor desmedido de un presidente que era consciente de que concederle aquel capricho a la becaria estaba preñado de muchas y gravísimas consecuencias. Porque qué otro lugar tenía el presidente de los Estados Unidos para estar con Mónica y poder pasar inadvertido. Ninguno. Así que la elección, lejos de cualquier valoración puritana, era la mejor para que la chica viera su gran sueño cumplido.

Y de no haber sido por las grabaciones de una secretaria comprada por los opositores, para acabar con el éxito incuestionable de Clinton, no habría habido motivo de escándalo ni a la becaria, tan sedienta de fama como despechada, le hubiera supuesto convertirse, de la noche a la mañana, en la mujer más famosa del universo. Y es que nunca antes una mamada (perdón, sexo oral) había sido causa de tanta trascendencia ni objeto de tanta deliberación por parte de millones de personas escandalizadas y de otras que defendían de manera jubilosa lo que Clinton terminó reconociendo: “Hubo un comportamiento físico impropio”.

Al final, a Clinton se le perdonó, su primera y única negación del hecho, que es lo que más se condena en Estados Unidos, o sea, la mentira, pero mantuvo el poder y hasta fue galardonado en el año 2000. Dos años después del asunto Lewinski. Y aquí paz y después gloria. Lo que no sabemos es si la señora Clinton le perdonó. Pero eso, con ser tan principal, es ya harina de otro costal.

A Pedro J. Ramírez, tan de actualidad hasta hace pocos días, le grabaron un vídeo con cámara oculta haciendo lo que antes se llamaban aberraciones. Cierto que al director de ‘El Mundo’ lo cazaron en el piso de una mujer que estuvo de acuerdo en participar en la canallada.

Hombre, lo anormal, en el caso de Pedro J., hubiera sido travestirse en su despacho del medio. Ya que el periodista, por mucha fama que atesore, no creo que haya conseguido todavía la de un presidente de los Estados Unidos como para no poder perderse en cualquier calle sin llamar la atención.

En el edificio municipal, la tercera planta ha sido, desde la llegada de la democracia en adelante, conocida como la de los fantasmas. Porque en ella, a ciertas horas, sólo se oían gemidos, susurros y sonrisitas nerviosas. Y pocos desconocían que en ese piso quedaban citados políticos con sus amigas. A veces, si les era posible, las citas eran en la sede del partido. Nunca ocurrió nada.

Pedro Gordillo, sin embargo, ha carecido de suerte. “La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero”. Así que a otra cosa, mariposa.
 

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