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sociedad - JUEVES, 27 DE ENERO DE 2011


miembros de correos. cristina tierra.

reportaje / un dia en correos
 

La casa de todas las direcciones

A las 7.30 de la mañana, comienzan su jornada laboral los más de treinta carteros del servicio postal en Ceuta, un trabajo “duro y especializado” que va más allá del reparto de cartas en los buzones
 

CEUTA
Patricia Gardeu

ceuta
@elpueblodeceuta.com

T raigo cartas para todos”, responde Mari Carmen. Se las sabe todas. Si contesta para quién sí y para quién no trae correspondencia, se la juega a que no le abran la puerta del portal. No puede entretenerse buscando el modo de entrar en cada edificio. Sabe que el tiempo es oro por muy lluviosa que esté la mañana. Aunque no todos le reconozcan el valor de su trabajo, ella tiene muy claro cuál es su misión: “El cartero siempre tiene que llegar”.

Son las 7.30 de la mañana en la segunda planta del edificio de Correos, situado en la plaza de España. Los trabajadores, ya uniformados, atienden las indicaciones de Jesús Mérida, el jefe de distribución del servicio postal en Ceuta. Ha sido cartero durante 17 años y sabe cómo es la plaza en la que cada mañana se la juega su plantilla. Por delante queda una jornada larga e intensa, con un trabajo que abarca mucho más que el de repartir cartas, que es el que conoce el usuario. “El de cartería es un trabajo duro y especializado”, explica Mérida.

Mari Carmen hace ya una hora que se despertó, se tomó un café rápido y se fue a la oficina. Ahora, cuando aún no ha amanecido en Ceuta, atiende las indicaciones de Jesús, que habla de notificaciones y peticiones de vacaciones. Después, empieza la verdadera jornada. La primera parte del trabajo es colectiva. Una plantilla encabezada por Mérida y seguida por Mari Ángeles Mares. En las labores administrativas, Cayetano y Teresa. Y la gran familia de Correos se completa con un ‘rutero’, la persona encargada de, entre otras funciones, apoyar la ruta de los carteros, y una treintena de repartidores. Un equipo competente que forma la plantilla de Correos. Risas, prisas y eficiencia se dejan entrever en los paseos que se dan los trabajadores desde los carros transportadores a los casilleros. Cinco distritos que equivalen a los códigos postales de Ceuta. Treinta secciones, cada una de ellas asignada a un repartidor. Pero a la hora de la primera clasificación general, todo es de todos y el trabajo en equipo es el que reina. Cartas e impresos a un lado. Los paquetes ya están separados previamente. Han recibido de todo, desde una mesilla de noche hasta una tabla de surf. Los sobres, separados por tamaño. Cartas locales que serán entregadas en menos de 24 horas. Productos internacionales en el apartado IPC. Notificaciones, como las de la seguridad social, que no pueden tardar más de veinte días, incluyendo las posibles devoluciones. Un ordenado caos que los trabajadores controlan al milímetro. Cada uno asume su responsabilidad y pasadas las ocho de la mañana cada carta está ya en su lugar correspondiente. Comienza entonces el trabajo individual.

Empieza la separación de la mercancía: calle, bloque, puertas. Mari Carmen está al fondo de la sala con todos sus sobres sobre la mesa. Hoy no tiene demasiado trabajo: unas 500 cartas. La media diaria oscila entre las 800 y las 1.000. Hay épocas peores, como la Navidad, donde aumenta la correspondencia, desde envío de dulces hasta los característicos christmas. Un aumento de trabajo que se traduce en un plus salarial conocido como ‘la bufanda’. Otras épocas de gran afluencia son los periodos pre-electorales, con cartas de admisión masiva enviadas por cada uno de los partidos políticos a todos los ciudadanos censados en Ceuta. Además, aunque el auge de internet ha reducido el envío de misivas, ha aumentado la recepción de paquetes. “La gente compra por internet de todo”, añade Mérida.

Sección catorce, 500 cartas

La sección de Mari Carmen es la catorce: avenida Otero, parte del Polígono Virgen de África y avenida de África. Planea su jornada de trabajo mientras conversa con sus compañeros: ‘tirar’ es repartir las cartas por secciones; ‘embarriar’, el trabajo posterior, el buzoneo. Organiza muy bien las notificaciones que tendrá que llevar a cada puerta. Si un certificado se pierde tendrá que rembolsarlo de su sueldo. Hoy tiene que entregar 31 notificaciones con su respectiva recogida de firma. “Si ven que es una multa -explica Mari Carmen-, te dicen ‘yo no soy ese destinatario’; si es una subvención, todos la quieren”. Para evitar esa situación, cada cartero tiene su truco. Su compañero lleva 32 años trabajando y una vez, al entregar una notificación para un juicio, le amenazaron con una navaja. Desde entonces, tapa con un folio sus entregas.

A Mari Carmen, lo que más le gusta repartir son postales: “Ya no son tan frecuentes y hace ilusión entregarlas, pensar que vienen de tan lejos. Por eso las cuidamos con especial esmero”. La postal que más viajó hasta llegar a Ceuta provenía del Polo Norte.

Antes de irse a desayunar, deja preparada una saca de alcance. Consiste en una bolsa con más cartas que entregará a media mañana, cuando haya terminado todas las de la primera ronda. Juanjo, el rutero, se las acerca a cada cartero, dejándoselas en los buzones verdes que hay repartidos por la ciudad y a los que solo tiene acceso el personal de Correos. El trabajo de Juanjo es, además, recoger todos los sobres dejados en los buzones amarillos por los usuarios y entregarlos en la oficina. Antes de entrar en el circuito de distribución, pasarán un exhaustivo control.

Son las 8.45 de la mañana y Pepe, el camarero de ‘El Mesón’ ya sabe que Mari Carmen desayuna un cafe con leche y un pitufo de chóped para coger fuerzas antes de irse a ‘embarriar’. Desayuna con los tres carteros de ‘El Príncipe’. También a ellos les espera una jornada complicada entre desordenadas edificaciones en su barriada.

Mari Carmen trabajó como auxiliar de clínica. Pero dejó aquel empleo para presentarse al examen estatal de Correos. “De pequeño, uno no piensa que de mayor va a ser cartero”, comenta. Tiene 48 años y las manos, los hombros y las piernas se le resienten de vez en cuando a causa del esfuerzo de trabajar en la calle. Aunque ya está acostumbrada al trabajo. Lo refleja el que ya haga muchos años que no sueñe con cartas. “Al principio es el sueño recurrente de todos, pero cuando uno deja de soñar con cartas es que ya está tranquilo, que se ha hecho con el trabajo”, añade. No por esas se ve ni con 65, ni con 67 años, subiendo y bajando quintos pisos sin ascensor para entregar sobres certificados.

A las nueve vuelve a la oficina. Recoge el descarte (las cartas que en el reparto general han sido colocadas en secciones equivocadas) y lo añade a su correspondencia. Con sus misivas en el carro, en torno a las diez de la mañana, se echa a la calle. Ella es una de los catorce carteros que se desplazan en autobús hasta su destino, con un bonobús que les facilita la empresa. Otros seis hacen el reparto en moto. Los de zonas cercanas, a pie.

Casas sin buzones

La primera carta de la mañana la entrega en una casa sin buzón de la avenida África, lo que le supone tener que contactar con el dueño. Las casas tienen la obligación de tener un buzón fuera, así como los edificios tienen que poner sus buzones en su planta baja, numerados de arriba a abajo y de izquierda a derecha, y a una altura máxima de 170 centímetros. “Pero hay demasiados bloques que no colocan sus buzones correctamente, lo que dificulta la labor del cartero”, explica Mérida. “El objetivo de Correos es entregar lo mejor y lo más rápido posible, pero para ello es fundamental la mentalización de los usuarios, detalles como que tengan correctamente sus buzones o exista un apartado para las devoluciones de cartas”, añade.

La jornada avanza. “Ay, Mari Carmen, estoy malísima”, le comenta a la cartera una señora mientras le abre la puerta del portal. A las labores de repartidora, no hay mañana en la que Mari Carmen no ejerza de psicóloga. De hecho, lo que más le gusta de su trabajo es el contacto con la gente: contemplar lo feliz que se ponen algunas personas cuando reciben la carta de un familiar o cuando llega una misiva deseada. Aunque también en el contacto con la gente se esconden los peores tragos: dar disgustos en forma de cartas o notificaciones. O el peor momento, la carta que llega cuando ya no hay nadie: “Cuando te enteras de que se murió la señora del tercero”.

A la salida del portal, una situación frecuente: seguro que el cartero sabe dónde está ‘X’ calle. La cartero da las explicaciones y continúa apresurada su camino. Si está empezando a llover, se aguanta. Frío, temporales o un intenso calor. No importa, el cartero, como todos esperan, siempre llega.

Mari Carmen sabe ya a qué telefonillos marcar, quién le abrirá, quién no, qué hacer en situaciones complicadas, cómo actuar en cada caso. “El trabajo en la calle lo ejerces con mucha independencia, y te puedes enfrentar a cualquier cosa”, explica, y recuerda una anécdota: “Una vez me tiraron un cubo de agua, pero fue por un descuido de una señora”.

Son cerca de las once cuando termina la primera fase de su trabajo. Después vendrá la entrega de cartas por centros públicos como el Ingesa y algunos colegios. Más tarde, recorrido por el barrio de Manzanera: pisos de cuatro o cinco plantas sin ascensor. En uno de ellos, la espera Rosario, “mi señora favorita”, comenta Mari Carmen. Aunque también hace muy buenas migas con Ana, que siempre le ofrece un zumo.

A quien no le hace tanta ilusión recibir a la cartero es a una señora de unos bloques contiguos. En los últimos meses, no cesa de recibir multas de tráfico a nombre de su hermana, que ya no vive allí. La cartero se lleva la bronca por llevar malas noticias. Ya se sabe, siempre hay quien opta por matar al mensajero. También suelen reñirla por las cartas que amontonan las empresas fuera de los buzones. A lo que ella solo puede contestar que dichas cartas no pertenecen a Correos, sino al servicio postal paralelo, nacido al amparo de la liberación de los servicios postales.

Pasadas las doce, el chispeo se ha convertido en diluvio. Mari Carmen se coloca la capucha de su uniforme y unos pantalones de plástico, y corre. A la vuelta de vacaciones, siempre pierde algún kilo, pero pronto el cuerpo se acostumbra y las largas caminatas junto con la constante subida y bajada de escaleras se convierten en su rutina. Eso sí, su siesta, mientras en la tele de fondo emiten ‘Amar en tiempos revueltos’, no se la quita nadie.

La jornada está a punto de acabar. María Jesús es de sus últimas destinatarias. “A veces, la gente es muy intransigente cuando el cartero llama, no se dan cuenta de la función tan importante que hacen”, insta la vecina. A la 13.30, Mari Carmen toma el autobús de vuelta y en pocos minutos está en las oficinas. Cuando le firman la liquidación y comprueba que todo está correcto, respira tranquila. Además de las cartas ordinarias, en esta ocasión, cierra su jornada con nueve sobres entregados, diez en lista (certificados que, al no recogerlos nadie, deja un aviso), cinco devoluciones y nueve depósitos. Los objetivos del día se han cumplido, aunque sus funciones aún no han terminado.

El camión de reparto llega a las dos de la tarde y el personal inicia el trabajo conjunto que retomará a la mañana siguiente. “Lo que los usuarios ven en la calle no es ni la mitad de todo lo que hace un cartero”, matiza Mérida. Por los pasillos, aparece el ‘rutero’. Lleva cuarenta años trabajando. Recuerda la época en la que, a las tres de la mañana, tenía que subirse en bicicleta al Monte Hacho para llevar un telegrama urgente. Eran otros tiempos pero la misma eficacia.

Cerca de las tres, Mari Carmen vuelve a su casa. Está cansada, pero es una mujer activa y no ha perdido en toda la mañana ni la energía ni los buenos modos. Seguir la velocidad de sus pasos, no es tarea fácil.
 

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