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OPINIÓN - DOMINGO, 20 DE FEBRERO DE 2011

 

OPINIÓN / SNIPER

Jazmines en Rabat
 


José Luis Navazo
yebala06@yahoo.es

 

Ayer sábado, Rabat se desperezaba tranquila bajo un cielo parcialmente cubierto de nubes mientras la alcazaba de Chellah, necrópolis meriní levantada sobre las ruinas del antiguo asentamiento romano de Sala seguía contemplando, impertérrita, el fértil valle regado por las aguas del Bou Regreg y el azaroso devenir de la historia. Mañana, como es sabido, está convocada en la capital del Reino y en otras importantes ciudades marroquíes el “Día de la Dignidad” que, al hilo de las revoluciones del jazmín en Túnez y Egipto, pretende sacudir la conciencia del Estado y acelerar importantes reformas estructurales en el sistema.

El control en todo Marruecos se intuye, pero no se percibe. Todo es sutil y con guante blanco, las detenciones esporádicas y aparentemente, les escribo desde el céntrico Café Halinka, el sábado en Rabat transcurre con tranquilidad, sin aparatosas medidas de seguridad. Tan solo a las 10.30 de esta mañana, hora local, frente al Parlamento y al lado del hotel Balima un presunto espontáneo increpó agresiva y groseramente al equipo de Antena 3 TV y a este escribano mientras intercambiaban el típico “saluda”. Obviamente no entramos al trapo mientras el susodicho individuo, ex emigrante en Navarra según confesó sobre la marcha, se despedía gritando aquello tan socorrido de “más de la mitad de España es de los árabes”. Más tarde y en la sede del Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD, los islamistas parlamentarios), me confirman a mediodía que se desmarcan definitivamente de la manifestación si bien algunos de sus líderes, como Mustafa Ramid, asistirán a título personal a la misma. Sea lo que fuere, todo discurrirá dentro de ciertos límites previamente pactados entre todos los interlocutores: el pueblo marroquí goza de más madurez que sus vecinos en el Magreb, nadie quiere volver ni por asomo a los años del plomo y, lo más importante, la figura de Mohamed VI goza de amplias simpatías y de un notorio consenso social.

Que nadie espere gran cosa para hoy domingo en Rabat. Como escribía Ibn El-Khatib “Esta es la vieja capital de Marruecos, una ciudad tranquila y distinguida, una zauía, un auténtico jardín”. Salvo impredecibles provocaciones de última hora las aguas no saldrán de su cauce, la ciudadanía se manifestará dentro de un orden y, quizás, el país intuirá que se aceleran algunas reformas pendientes debido a las notorias dificultades que, desde su ascenso al trono de los alauís, ha encontrado el joven soberano Mohamed VI. En palabras de su cuestionado pero inteligente primo, el príncipe Mulay Hicham, “Marruecos vivirá una evolución pero no una revolución”. Sin duda se respira inquietud y el anhelo social de cambios es fuerte pero, a diferencia de Túnez y Egipto, la máxima autoridad de la nación representada por el rey no está cuestionada salvo, ciertamente, por la alegal asociación Justicia y Espiritualidad (por cierto infiltrada y bien asentada en Ceuta, digo) del visionario jeque Yasin. Habrá movimientos sociales, éste es el primero, pero diez años de intensas vivencias por estas cálidas tierras me llevan a escribir que, pese a las crisis internas, hoy por hoy nuestro vecino Marruecos no sufrirá ni por asomo las movidas desestabilizadoras que llevaron a la caída de los regímenes de Ben Alí en Túnez y Mubarak en Egipto. Marruecos sigue presentado, si no una excepcionalidad, sí al menos registros y perfiles diferentes que tanto les cuesta asumir a ciertos cabezas de huevo agazapados en las torres de marfil de sus confortables gabinetes. Si la autoridad editorial y el tiempo lo permiten, a mí vuelta la semana que viene les contaré más de lo que hoy suceda sobre el terreno. Visto.
 

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