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OPINIÓN - MARTES, 8 DE MARZO DE 2011

 

OPINIÓN / EL OASIS

El término caballa ha empezado a devaluarse
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Caballa. El diccionario, en su segunda acepción, nos dice que es un adjetivo coloquial usado para referirse al español de Ceuta. Caballa es un término popular del que los ceutíes han presumido toda la vida. Hasta el extremo de pronunciarlo con más devoción que el gentilicio ceutí.

El término ceutí puede englobarlo todo: al nacido aquí y al que, en consecuencia, ejerce como tal, aunque su partida de nacimiento se haya expedido en otro lugar. Pero el vocablo caballa significa otra cosa muy distinta. Puede que hasta sea el certificado que acredita ser genuino del lugar. Una marca de garantía que distingue a las personas como castizas, populares, amantes de las cosas de su tierra. Lo cual significa en exclusiva otra cosa distinta.

El caballa, para serlo, de verdad de la buena, debe sentir por las cosas típicas de la ciudad una pasión acentuada. Lo cual entra dentro de las normas no escritas que existen para merecer esa consideración y poder jactarse de ella. Pero de no ser así, tampoco ser ceutí a seca es moco de pavo.

Ser y sentirse caballa es, por ejemplo, más o menos lo que ocurre con el gadita en Cádiz, el cañaílla en San Fernando o el chicharrero en Santa Cruz de Tenerife. Ciudadanos que viven intensamente el folclore local. Personas amantes de los carnavales, de la Semana Santa y de todas las celebraciones habidas y por haber en su pueblo. Incluso hacen del microclima reinante en el espacio en el cual habitan motivo de distinción. Porque ya hay que tener ganas de loar al viento de levante en la capital gaditana.

El caballa auténtico tiene la sensación de estar impregnado de los mejores aires de su tierra. Y, de vez en cuando, mira a su alrededor y cree que las tradiciones de su pueblo están perdiendo vigor y una nostalgia furibunda se apodera de él. Y es cuando su recelo le cambia el carácter y le hace perder las formas.

El caballa auténtico, que es fe que no puede profesar cualquiera, anda mosqueado. Y sus razones posee cuando dice que las palabras tienen su historia y, por tanto, no se las puede ni debe adjudicar nadie.

Por tal motivo, el caballa auténtico sigue sin entender, y mucho menos digerir, que dos formaciones políticas decidieran en su momento apropiarse de un término ‘sagrado’ para convertirlo en la seña de identidad de una alianza formada por partidos minoritarios. Cuando el ser caballa, como el ser cañaílla, chicharrero o gadita, es marca registrada y merecedora de respeto por lo que significa.

Insisto: las palabras, como dice el profesor Payán Sotomayor, tienen su historia, es verdad, pero una vez en pleno rendimiento nos quedamos con la significación que convencionalmente les hemos adjudicados.

Y caballa ha sido siempre el término ideal para definir al ceutí castizo. Y para mí, por más que los haya dispuestos, aun con todos los derechos, a llevarme la contraria, el vocablo ha sido usurpado. Y a partir de ahora su valor principiará a menguar en todos los sentidos. Y verán ustedes, sobre todo los más observadores, como se irá pronunciando cada vez menos lo de ser caballa para resaltar que se es español de Ceuta, castizo y amante de sus tradiciones.

Esta columna fue publicada el viernes, 23 de abril de 2010. Y he creído conveniente que vuelva a ver la luz, por motivos que saltan a la vista.
 

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