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OPINIÓN - JUEVES, 21 DE ABRIL DE 2011

 

OPINIÓN / EL OASIS

La historia del imaginero sevillano
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

En un miércoles donde las procesiones comparten protagonismo con el partido que jugarán, en Valencia, Madrid y Barcelona, me cito con unos amigos, en restaurante conocido, con el único objetivo de que la comida nos haga más llevadero el tiempo que nos queda para sentarnos ante el televisor. Durante la sobremesa, a mí, debido a que estamos inmersos en la Semana de Pasión, me da por contar una anécdota que tiene mucho que ver con esta semana de ritos, actividades y tradiciones referentes a los últimos días de Jesús.

Una noche, cuando los años 70 estaban dando las boqueadas, tuve la suerte de cenar en “La Costilla”, restaurante de Rota, con Beni de Cádiz, su hermano Amor y Pepe Jiménez, “El Bigote”. Hablo de suerte, porque nunca he vuelto a reír como entonces. Y es que hubo momentos en los que me vi precisado a pedir tiempo muerto, como si fuese entrenador de baloncesto, y así poder recuperarme del esfuerzo a que me estaba sometiendo aquel trío de humoristas indecibles. Fue una cena inolvidable, en noche veraniega, la vivida con tres personajes cuyas actuaciones en los años duros de la postguerra llevaban el sello de la mejor picaresca española. La gracia de El Beni, la teatralidad festiva de Amor y los desplantes de ira falsa, cuando hablaba El Bigote, suponían el mejor antídoto contra la tristeza y contra cualquier atisbo de depresión. Casi al final de la velada, y cuando parecía que nada me quedaba ya por oír, uno de los contertulios habló de la doble moral. Y relató la historia de unos amigos sevillanos, conocidos del trío. Se trataba de la amistad entre un director de banco y un tallista. Un artista hacedor de imágenes, muy popular en la capital hispalense.

El director de banco, recién elegido hermano mayor de una cofradía, se dedicó a pedirle a su amigo, machaconamente, el que le tallara una virgen para lucirla en Semana Santa. El artista respondía que estaba saturado de trabajo y que, por tanto, le era imposible aceptar su encargo. La insistencia y la amistad obraron el milagro, y la imagen cobró vida. Al cabo de dos años, el imaginero presentó la factura. Y viendo que pasaba el tiempo y que su amigo, el director de banco, se hacía “el lipendi”, le preguntó por el impago. La respuesta no se hizo esperar: “Como director de banco jamás incumpliré ningún compromiso adquirido, pues mi honradez en el empleo es muy conocida. Pero como hermano mayor de la cofradía de…, me niego a pagarte porque carecemos de dinero en la hermandad y nadie se quiere hacer cargo de la deuda”.

El imaginero, hombre fuerte y sensible, le midió las costillas al director de banco. Lo sucedido se propaló por toda Sevilla y, al parecer, el bancario fue trasladado, por impopular, a otra ciudad. He aquí la forma de actuar que tienen muchas personas, acomodando sus decisiones al cargo que ostentan y nunca al deber moral. En el caso relatado, claro está que el director de banco era una persona capaz de engañar al lucero del alba. Un sujeto de poco fiar, oculto tras el cargo de director que ostentaba. Una situación que infundía confianza suficiente para atrapar incautos y, luego, hacerles la trastada. Lo de la doble moral es algo que nunca pasa de moda. Lo mismo que el andar por la vida valiéndose de las actitudes imprecisas o vagas. Lo que conocemos por medias tintas. Una forma de ser que ni siquiera está bien vista en ese saco roto de la política, donde dicen que caben todas las malas acciones.
 

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