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OPINIÓN - DOMINGO, 24 DE ABRIL DE 2011

 
OPINIÓN / LUCES Y SOMBRAS

Del cabo Abselam Mizzian

Por J.M. Pecero


Este legionario que, desfiló por las calles de Málaga el Jueves Santo acompañando al Cristo de Mena, tiene muchas luces y ninguna sombra en cuanto a su participación en la Semana Santa malagueña. Sus palabras días antes “soy musulmán, pero esta es mi compañía” sintetizan de un modo perfecto una corriente de pensamiento que defendemos algunos de los que estudiamos el tema de la emigración en Europa y en especial en su componente islámico en España.

La emigración en España, y en Europa, se desenvuelve al vaivén de los problemas económicos. En épocas de bonanza y crecimiento, se facilita -la población del país deja de hacer algunos tipos de trabajos y se necesita mano de obra- y cuando la situación empeora se tacha al extranjero de apropiarse de sus empleos y de devaluar salarios y condiciones laborales. Esto no por ser cierto deja de ser injusto para todos. Trabajadores ya sean nacionales o emigrantes cambian vidas y hábitos en función de políticas diseñadas décadas antes. Disposiciones comunitarias, leyes de extranjería o políticas han favorecido en algunas épocas a colectivos procedentes de algunos países en vez de otros –sudamericanos, originarios de los países de la Europa del Este o asiáticos antes que los de religión musulmana-. La sintonía de la religión, el lenguaje o los prejuicios han llevado a mirar con simpatía a unos y con recelos a otros.

Sin duda, todas estas cuestiones también lo son de número; no es indiferente el ser unos pocos -y en un país hospitalario y abierto como es España- que colectivos que se establecen y concentran en barrios donde los españoles empiezan a sentirse extranjeros, las costumbres se vuelven foráneas y los problemas de seguridad se identifican con la religión, la lengua o el color. También, lo son de capacidad económica y cultural, puesto que la integración es casi inmediata, o no se cuestiona, cuando el que se desplaza es un deportista o un profesional universitario, tenga o no la misma religión o costumbres.

En Europa se han desarrollado teorías sobres colectivos integrables y otros imposibles de integrar, sobre la necesidad de filtros étnicos, sobre la cultura dominante propia del país en detrimento de la advenediza o la posibilidad de llegar a una situación de islamofobia. La propia Angela Merkel ha llegado a reconocer que en Alemania han fracasado los intentos de construir una sociedad multicultural. En estos momentos, Europa está girando a unas posiciones radicales en lo concerniente a emigración, y prueba de esto son los últimos episodios en Francia prohibiendo el paso a los tunecinos procedentes de Italia.

Los problemas son claros cuando hablamos de emigración, legal o ilegal, integración y diferencias culturales o religiosas, pero ¿qué sucede cuando esto mismo lo predicamos de los españoles musulmanes, hijos o nietos de emigrantes, o de los españoles conversos al Islam? Aquí los problemas ya no son de extranjería, son una cuestión de derechos fundamentales reconocidos por la Constitución; enlazaríamos con las cuestiones sobre el velo, la libertad religiosa y tantos otros problemas y derechos reconocidos por la ley y la tradición para la población católica. Si esta religión tiene un hondo calado histórico, de igual modo ocho siglos de tradición nos contemplan con la musulmana, y los vínculos de convivencia han existido sin duda alguna.

Como muy bien entiende nuestro amigo Abselam, ceutí y musulmán, el fenómeno religioso se contextualiza en Europa, y el fenómeno cultural de la tradición de su compañía le lleva a su participación. Cultura y religión, en planos separados. Y esa corriente es la que yo, como él, compartimos. El Islam de y en Europa debe ser entendido separando los aspectos culturales, que pueden ser influenciados e influyentes sobre la cultura europea, y los puramente religiosos de la fe islámica. Así sí puede ser posible la convivencia y la integración. Sobre la base de unos valores de corte universal recogidos en todas las legislaciones europeas, los convenios internacionales y la declaración universal de los derechos humanos, una población musulmana en España y en Europa dejará de ser mirada con recelos. En este contexto podemos entender las aspiraciones democráticas de la primavera del Magreb; un Islam así es plenamente compatible con una convivencia, inevitable, en este mundo sin fronteras y Turquía podría ser un modelo a seguir.

Todos necesitamos tiempo. Nosotros para entender que los musulmanes en Europa no son la prolongación de los regímenes políticos de sus países, para no verlos como la mano del Islam que intenta invadirnos, y para que les favorezcamos la integración. Ellos, demostrándolo. Los guetos, las zonas de exclusión social no llevan sino al radicalismo. Más que escribir sobre esto hay que trabajar y ser prácticos. Cambiar el mundo día a día es imposible, y además, muy cansado. Con esta actitud positiva me hicieron gracia unas palabras de Mohand Tilmatin, profesor en la universidad de Cádiz, que decía: ”cuando estaba casado con una alemana, después de llevar muchos años conduciendo sin haber tenido ningún accidente, a la hora de comprar un coche y contratar un seguro me clasificaban como el conductor más peligroso. A mi mujer, que tenía un carnet reciente y no había conducido nunca, la calificaban de peligrosidad media. Porque era alemana. Yo compré el coche y ella contrató el seguro”.

Esa integración en la cultura autóctona, que no subordinación, sino influencia en ambos sentidos y mutliculturalidad no se consigue solo con leyes, se consigue en el día a día, en la calle, intentando eliminar las diferencias sociales y económicas no por grupos étnicos o religiosos sino por capacidades. Quizás esta Domingo de Resurrección sea un buen momento para considerar que la integración, como enriquecimiento y coherencia y cohesión de los desiguales es asunto de todos y no solo de los que llegan. España, lo mismo que Ceuta y Melilla, tienen una identidad constituida de esta forma, sigamos pues en esta línea y no nos dejemos influenciar por teorías catastrofistas sobre nuevos imperios y dominaciones.

Por último, y no por eso menos importante, solo me resta felicitar con efusividad al Regimiento “Duque de Alba 2º de la Legión” (Tercio-2) al que apenas pudo ver mi hijo de cinco años, ya que estábamos muy lejos entre la multitud desplegada en el puerto y por las calles, y al que tuve que comprar una trompeta y un chapiri; y mi gratitud, por supuesto, al cabo Abselam Mizziam por haber sido en el día de hoy mi inspiración.
 

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