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OPINIÓN - DOMINGO, 26 DE JUNIO DE 2011

 

OPINIÓN / EL OASIS

Yolanda Bel
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Menudo peso se ha quitado de encima. Dejar de ser la portavoz del Gobierno debe haberle causado más que alegría una enorme satisfacción. Me la puedo imaginar gritando desaforadamente en la intimidad en cuanto supo que el presidente le iba a pasar la patata caliente a Guillermo Martínez. Gritando como una loca henchida de gozo. El asunto lo merecía.

Merecía gritar y hacer muchas más cosas con el fin de celebrar la buena nueva: estaba liberada, al fin, de ejercer un cargo tan comprometido como enojoso. Un cargo que suele proporcionarle a su titular más pena que gloria. Porque ser portavoz del Gobierno es una tarea ingrata. Deslucida. Antipática. Y, sobre todo, termina por descubrir lo que nadie desea que le descubran: la manera de mentir. Ya que mentir, aunque sea con estilo, entra dentro de las obligaciones de la portavocía.

Yolanda Bel tardó lo suyo en aprender a poner cara de póquer a la hora de enfrentarse a los periodistas para hablar en nombre de todos sus compañeros del equipo gobernante. Pero cuando lo hizo, a fe que nunca más se le reflejó en su cara las huellas de la debilidad ni tampoco evidenció la menor duda acerca de los asuntos que defendía.

Anduvo ella, como portavoz del Gobierno, según pude apreciar en innumerables ocasiones, tan segura en sus comunicados como hábil en sus respuestas. Y fue así, creo yo, porque bien pronto se percató de que los temas que debía defender tenían que adaptarse a su manera de contarlos. En vez de que ella se adaptara a los temas.

A partir de ese momento, es decir, a partir de que YB comenzó a actuar como una experta del narrar acontecimientos, de glosarlos, de explicarlos como a ella le convenía, sin alterar los músculos de su cara y sin que se pudiera atisbar ni una pizca de sonrojo en sus mejillas, todo le fue rodado.

Fue entonces, cuando uno se dio cuenta de que estaba ante una portavoz hecha y derecha. Una portavoz que se sentaba ya ante los muchachos de la prensa con un dominio absoluto de la escena. Manejando las situaciones a su antojo. Con autoridad. Suavizada ésta por una permanente sonrisa, fría y distante.

En ese preciso momento, cuando me percaté del cambio que se había operado en la portavoz del Gobierno, Yolanda Bel, dejé yo de recomendarle que tratara por todos los medios de hacerle ver a Juan Vivas que en ese puesto se estaba quemando. Que necesitaba ser sustituida. Por su bien físico y psíquico. Pues ya no era aquella mujer que parecía estar expuesta a un sacrificio diario. Debido a que se había convertido en una profesional inmejorable.

Días atrás, me crucé con YB, ahora todopoderosa consejera de Presidencia y Gobernación, y creí ver algunas huellas en su agraciado rostro. Y, rápidamente, se las achaqué a los primeros y malos momentos vividos como portavoz. Estuve tentado de pararla y hablarle al respecto. Pero la vi distante. Aunque telenda. Que le vaya bien, en su nueva tarea, es lo que le deseo. Como también le deseo la misma suerte a Guillermo Martínez. Cual portavoz. Ya que la va a necesitar. Suerte a raudales, por supuesto que sí. Aunque es bien cierto que Martínez no ha llegado al cargo de manera tan desvalida como sí lo hizo Yolanda Bel.
 

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