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OPINIÓN - JUEVES, 21 DE JULIO DE 2011

 

OPINIÓN / ALGO MÁS QUE PALABRAS

El sueño del hombre despierto
 


Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net
 

Decía Aristóteles que la esperanza es el sueño del hombre despierto. Ciertamente, hoy la humanidad también sigue anhelando de ese despertar para dar respuesta a los muchos entresijos que se nos presentan a diario. Interrogarse e interrogarnos va explicito en la propia existencia. El ser humano no puede vivir en el vacío, porque genera además un desencanto permanente, es preciso activar una verdadera formación ética, que nos lleve a descubrir los valores de lo auténtico, desvalorados y perdidos en el baúl de los recuerdos, para ser capaces de hacer justicia con la verdad de frente. Desde luego, se demandan nuevos entusiasmos, que es tanto como decir nuevas esperanzas, en un planeta caracterizado por una banalidad que todo lo funde y lo confunde, hasta el punto que cada día nos penetra una sensación de dolor grande, por tener que vivir en una sociedad globalizada en la que no se permite a la gente pensar, ni mucho menos poder decir lo que uno piensa.

A pesar de tantas adversidades, el rayo de la ilusión siempre nos injerta ánimo. Es como si fuese ley de vida. Por ello, el mundo debería fabricar lugares de esperanza, donde uno pudiera manifestarse libremente, bajo el estimulante vital de la transparencia estética, que es lo que da razón de expectativa fiable. Sin duda, lo estético es lo que aporta sustancia a la esperanza. El progreso de las culturas ha de ser sobre todo un progreso de libertad y raciocinio, de obrar bien y para el bien, jamás de tergiversación de la realidad. Al hombre despierto le repele lo políticamente correcto y lo que le afana es salvaguardar el derecho natural a la verdad como requerimiento del instinto propio de la inteligencia. Al hombre despierto le repele ser una mercancía sin corazón, porque es algo más que un recurso del materialismo y de los sistemas de producción. Al hombre despierto, al fin, le repele todo aquello que no genere bienestar moral al mundo, sabedor de que en la rectitud se halla el orden y la equidad.

Al soplo de ese bienestar ilusionado, el árbol de la esperanza es como un manantial de aromas que a todos debe enriquecernos. En consecuencia, nunca será tarde para buscar un mundo más humano si en el empeño ponemos coraje y esperanza. Cuando las naciones se unen para dar esperanza y sustento es la mejor señal de un futuro mejor. Asimismo, cuando las personas se unen (por amor) siempre se gana esperanza de vida, esperanza por encontrar protección, por librarse de la pobreza. En cualquier caso, hasta que el sol no se ponga por última vez, el hombre despierto nunca tiene la esperanza perdida por muy mal que se sienta. Entiende que la luz siempre vuelve a brillar tras las sombras, sobre todo cuando el saber injerta tolerancia y respeto hacia el ser humano. Por el contrario, quien se desinteresa de avivar la esperanza, quien no tiene la voluntad de ser ético, por muy intelectual que se considere, será un bárbaro, porque lo admirable es que el ser humano siga creando belleza y recreándose en la belleza. Pobre mundo con una humanidad desesperanzada. Sería el caos y el fin.
 

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