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OPINIÓN - DOMINGO, 18 DE SEPTIEMBRE DE 2011

 

OPINIÓN / EL MAESTRO

De heroínas y héroes
 


Andrés Gómez Fernández
andresgomez@elpueblodeceuta.com

 

A través de muchos años dedicados a la enseñanza, nos encontramos con muchos casos de alumnos y alumnas que, aparte de sus responsabilidades escolares, tuvieron que compartir otras labores al margen de la escuela, demostrando, en general, una especial sensibilidad al ser utilizados por necesidades familiares a la colaboración, al buen funcionamiento de la unidad familiar.

Desde aquellos alumnos y alumnas que se tenían que quedar en casa para cuidar a hermanos pequeños, mientras que las madres tenían que atender otros tipos de problemas, a aquellos que tenían que colaborar para atender a mayores enfermos u otros tipos de problemas. Interesa destacar que todas estas formas de dedicación a la familia, iban en detrimento de la escuela que, a largo plazo, les solían pasar factura en el rendimiento escolar del alumno o alumna, con la no superación de los cursos donde estaban matriculados, sobre todo en aquellos casos donde el período de “colaboración familiar” se alargaba.

He recordado cuatro casos de pequeños héroes y heroínas que, como digo en párrafos anteriores, su labor escolar se vería perjudicada.

El primero de ellos, situado en aquella mi primera escuela, en mi recordado Barbate. Se trataba de un cuarto curso de la antigua Enseñanza Primaria, donde se encontraban dos hermanos, los “Serrano”, con escasa diferencia de edad. En la Escuela hacían lo que podían. Faltaban a clase con frecuencia, por lo que el absentismo escolar era muy elevado. Pero, ¿por qué no asistían con regularidad al Colegio? ¿Hacían novillos y se iban a jugar a la playa? No. Se iban a trabajar con su padre. Yo ya sabía que cuando faltaban era porque acompañaban a su padre, en su segunda actividad, un modesto guardia municipal que, para atender a sus necesidades familiares –se trataba de una familia numerosa- tenía que dedicarse, casi siempre por la mañana, a elaborar y repasar cajas de madera para meter el pescado. Así que, cuando el padre se acercaba al Colegio, siempre me decía: “¡Sr. Maestro, me los llevo! Gracias a ellos podemos “ir tirando”.

El segundo caso, el de Pepe, donde él mismo afirmaba que su período escolar fue mal aprovechado. De entrada decía, que su permanencia en la escuela tenía para él un marcado relajamiento, donde el juego y las bromas estaban a la orden del día. No progresaba, ya que en sus horas libres se dedicaba a trabajar en una panadería cercana a su domicilio, lo que le impedía dedicarse al estudio. Ese tiempo de dedicación al juego y al trabajo de la escuela, los clásicos deberes, quedaban anulados, porque Pepe, sólo disponía del tiempo de mediodía para comer y volver al colegio por la tarde, porque a él no le gustaba faltar a clase. Obviamente, después de salir del colegio por la tarde, ¡a trabajar en la panadería! Con tanta dedicación a su “trabajo extra” Pepe no “progresaba adecuadamente”, porque, su actividad exclusiva a la panadería le restaba tiempo para las tareas extraescolares, los clásicos deberes que obligatoriamente tenía que realizar.

Por parte del equipo de maestros que le atendía, había cierta flexibilidad con Pepe, a la hora de exigirle la respuesta a la realización de sus actividades, ya que entendía que su labor de aportación a casa era de suma importancia, con el pan que llevaba y algunas monedas que recibiría a cambio de su jornada laboral.

Pepe, me decía con mucha sinceridad, que su padre, un modesto pescador y una familia numerosa, hacía necesaria su aportación. Claro que finalizó su escolaridad y no pudo conseguir titulación alguna. Pero sí, esa “titulación” de haber hecho todo lo posible para remediar, en parte, los problemas económicos de su familia.

El tercer caso, una alumna de 6º Curso de la EGB, Carmen. Era su último curso, ya que agotaba su escolaridad, siendo lógico que se encontrara desmotivada y con escaso interés por aprender. Ella justificaba su fracaso escolar por motivos familiares. Durante años había faltado mucho a clase ya que tenía que hacer compañía a una hermana que se encontraba gravemente enferma. Tenía que cuidarla y estar junto a ella. Desgraciadamente no sirvieron para nada sus cuidados, ni los de la ciencia, porque su hermana falleció. Pero, con una sonrisa, que nunca desaparecía de sus labios, decía que todo lo daba por bien hecho. ¡Había dedicado parte del tiempo de la escuela y de su juego, en el noble quehacer de estar junto a su hermana!

Pero, de nuevo, por problemas familiares, nuestra alumna tuvo que abandonar el Colegio, antes de lo previsto. Tenía que marcharse a una localidad de Barcelona, donde se encontraba otra hermana enferma. Su madre y ella tenían que estar junto a la citada hermana. Aunque faltaba sólo un mes para que el curso finalizara, nos dejó, con su escolaridad incompleta.

El cuarto caso, lo protagonizó otra alumna, compañera de 6º Curso de la EGB, en el Centro Juan Morejón. También con retraso escolar considerable, ya que se encontraba a punto de agotar su escolaridad. En aquel curso registró un absentismo escolar considerable, debido a que tenía que prestar un valioso servicio a la familia. Desempeñaba una labor de mucha responsabilidad, ya que se trataba de atender a su abuela materna, que se encontraba enferma. Era diabética y, además, tenía problemas renales. Como consecuencia de estos problemas nuestra sacrificada alumna tuvo que acompañar a su abuela en varias hospitalizaciones.

La madre tenía que trabajar, ya que su matrimonio estaba roto, y era la responsable de aportar el dinero en casa.

María del Mar, nuestra protagonista, tenía que asumir todos los problemas de enfermedad de su abuela. Como los males de ella no se resolvían en nuestra ciudad, tenían que desplazarse a Cádiz. Así, que durante todo el curso, salvo aquellos espacios de mejoría de su abuela, asistía a clase, pero con un gran desfase, hasta que se produjo el fallecimiento de su abuela.

Ya finalizado el curso, no tuvo más remedio que renunciar a su continuidad en la escuela, con la esperanza, quizás, de continuar en escuela de adultos. Pero ahí quedó su labor de entrega a su abuela, donde había adquirido una gran experiencia en el trato de enfermos mayores. Con gran satisfacción me decía que era ella la que le ponía a su abuela la insulina.

Ejemplos de jóvenes alumnos y alumnas que, en general, pasan desapercibidos, cuando requieren el reconocimiento de todos aquellos que tuvimos la fortuna de conocer el desprendimiento y generosidad de estos pequeños héroes y heroínas.
 

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