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OPINIÓN - DOMINGO, 13 DE NOVIEMBRE DE 2011

 
OPINIÓN

Miscelánea semanal

Por Manuel de la Torre


LUNES 7.


Día de lectura. De lo leído este lunes, les voy a contar el siguiente pasaje: estaba Muñoz Grandes (militar que había hecho las campañas de la África colonial, durante la República había creado el cuerpo de Guardias de Asalto, hizo la guerra civil española, y que, para finalizar, había participado en la guerra mundial combatiendo en el frente ruso como general en jefe de la División Española de Voluntarios) convaleciendo de una operación efectuada por el doctor Antonio Puigvert. Excelso catalán. Y en una de las visitas de éste a su paciente, dice que como iba y venía de Barcelona a Madrid para ver a Muñoz Grandes, éste le preguntaba con mucho interés acerca de cómo estaba Cataluña y de qué pensaban los catalanes al verse privados de todos sus fueros y privilegios e, incluso, se les había prohibido el uso propio de su idioma en múltiples circunstancias, finalizada la guerra civil. Respuestas del doctor Puigvert: “Yo le conté que en las malhadadas épocas de Felipe V, Barcelona, que había sufrido, durante largos meses de sitio, epidemias, hambre y cañoneos de las tropas del duque de Berwick, se vio irremisiblemente forzada a capitular. Y cuando entraron los invasores se encontraron con un espectáculo realmente insólito: los catalanes, aquellos hombres que el día anterior estaban con las armas en la mano enterrando a sus muertos, se habían puesto a trabajar. ¡A trabajar!” Muñoz Grandes al oírlo, se impresionó. Y yo continué: “Creo que si al término de nuestra guerra civil, en lugar de castellanizar a Cataluña, como se pretende, se hubiesen dedicado los esfuerzos catalanes a catalanizar España, habríamos salido ganando todos. Se quedó pensativo el general. Y después de un momento de pausa me contestó”: “Puede que tenga usted razón”.

He aquí, pues, el mito de Cataluña. Heredado de los que dijeron cuando la crisis del 98 que el remedio pasaba porque la periferia le hablara a la meseta de “los mares lejanos”. Los que así se expresaban eran, nada más y nada menos que Maragall y Maeztu, pero también Unamuno, que invitaba a que catalanes y vascos catalanizaran o vasquizaran España, insuflándoles lo mejor de sí mismos. Mientras Francesc Cambó, por su parte, proponía el latigazo del insulto a Castilla, siguiendo la línea marcada poco antes por Prat de la Riba, de la misma manera que Sabino Arana, el inventor de la nación vasca. De aquellos polvos, estos lodos de unos nacionalistas, que, basándose en los mitos de la Historia de España, tratan de romperla en mil pedazos.

MARTES. 8.


José Antonio Carracao, secretario general de los socialistas de Ceuta, sabe encajar las críticas. Lo cual no es ninguna novedad para mí. Ya que he podido comprobar en no pocas ocasiones cómo aceptaba con el mejor talante los reproches que yo le hubiera podido haber hecho por cualquier actuación suya. Aunque del último que le hice, hace apenas nada, me dijeron que le había disgustado más que otros, y llegué a creer que Carracao estaba perdiendo ese saber digerir las opiniones menos favorables hacia su comportamiento como político. Pero debo airear que estaba equivocado. Tan equivocado como para reconocerlo en la misma medida que me alegro de que hoy, en cuanto me ha visto, no haya dudado en mostrarse tan cercano como afable. Es decir, con esa su cordialidad de hombre joven que va aprendiendo con celeridad los entresijos de la política. O sea

MIÉRCOLES. 9


Me encuentro en la puerta del Hotel Tryp con unos empresarios sevillanos que me están celebrando lo bonita que está la ciudad. Y a mí no se me ocurre más que decirles que cada vez que me toca destacar tales halagos me gano la inquina de esos políticos que detestan que se distinga semejante hecho. Un hecho evidente. Porque quién no se acuerda de cuando la conocida hoy como avenida del Alcalde López Sánchez-Prado era un muladar. Un estercolero. Un sitio donde, cuando apenas se hacía la oscuridad, cualquier desaprensivo podía echarse los pantalones abajo y hacer sus necesidades. La ciudad ha mejorado en todos los aspectos. Y quienes no quieran reconocerlo es que les puede el rencor contra los que tuvieron la oportunidad de participar en tan grande logro. Ceuta está cada vez más bonita. Ceuta, cuando está transitada por sus gentes, se convierte en una ciudad que se mete por los ojos. Una ciudad que a quienes tenemos la oportunidad de verla diariamente se nos antoja normal. Pero no es así. Ceuta está para disfrutarla con la pasión de saber que es un placer residir en ella.

JUEVES. 10


Me llaman de la recepción del Hotel Tryp para decirme que Alejandro Sevilla Segovia ha dejado para mí un libro. Y, aunque no me apetecía salir hoy, he decidido hacerlo para recoger el presente de mi estimado amigo. El título del libro es el siguiente: “La Guerra de la Independencia en las Actas Capitulares de la Santa Iglesia Catedral de Ceuta”. Y está dedicado a Fernando Jover Caos de Benós y de Les, director e impulsor del Centro Asociado de la Universidad Nacional de Educación a Distancia en Ceuta, con sincero afecto de su autor. Alejandro Sevilla, canónigo Doctoral de la S. I. Catedral de Ceuta, nos ofrece un nuevo trabajo de investigación de gran interés para el conocimiento histórico de la Diócesis Septense. En las Actas Capitulares Catedralicias quedaron reflejadas las circunstancias de cada tiempo, y en el caso concreto de la Guerra de la Independencia, arrojan luz sobre momentos tan críticos para la historia de España, demostrando el importante papel desempeñado por la iglesia en tales acontecimientos. Al Padre Alejandro Sevilla debemos agradecer la paciente recopilación y publicación de tan importantes documentos. Dice Francisco de Asís Márquez Pacheco en la contraportada del texto que tengo entre mis manos y que ya he comenzado a leer con gran interés.

VIERNES. 11


Estaba tomando café con unos amigos en la cafetería del Hotel Parador La Muralla, allá cuando la tarde empezaba a declinar, cuando aparecieron muchas mujeres pertenecientes a la asociación ceutí de amas de casa. Se les veía contentas, y dispuestas a celebrar una asamblea y a participar en una conferencia. Al frente de ellas, como siempre, iban dos buenas amigas mías, desde hace ya muchos años. Ellas son la presidenta, Inés López Silva y Encarnación García, vicepresidenta. Ambas, cuando nos vemos, siempre tienen una palabra agradable para mí. Y, claro, mentiría si no dijera que me encanta dejarme adular por ellas. Bien es verdad que a Encarnación la conocí antes. Porque tuve la oportunidad de gozar de la amistad de su marido: Joaquín Silva. Una amistad que necesitó cierto tiempo para consolidarse. Pero, a partir de ese momento, Joaquín y yo conseguimos llevarnos la mar de bien. Y no era fácil; pues Joaquín tenía un carácter fuerte. Y, sobre todo, había dos cosas con las que no se le podía llevar la contraria: con el primer equipo de su pueblo, y con el Madrid. De Joaquín sigo yo hablando a cada momento. Y eso lo saben muy bien quienes me frecuentan.

SÁBADO. 12


Ayer disfruté de unas horas de ocio estupendas. Todo principió con una comida y acabó en una agradable sobremesa. Los comensales fuimos cuatro. Enrique Ávila y Soledad, Gloria y yo. Ayer, al fin, pudimos cumplir un deseo que venía de muy atrás, casi desde el momento en el cual los cuatro coincidimos en una fiesta, fuimos presentados, y quedamos en vernos. Ni que decir tiene que la presentación correspondió a Fernando Jover y a su mujer. Que ayer no pudieron estar con nosotros. Hablar con Enrique y Soledad merece la pena en todos los sentidos. Y cuando digo que merece la pena no tengo ya por qué aderezar lo dicho con los consabidos adjetivos que se suelen decir en estos casos. Lo que sí voy a recordarles a Soledad y Enrique es que si ellos quieren nosotros estamos dispuestos a volver a las andadas. Es decir, a citarnos otro día, no tardando mucho, para continuar la conversación allí donde la dejamos (Ah, Enrique y Soledad tuvieron que soportar el que yo me levantara de la mesa, en ocasiones, para saludar a algunos políticos. Y creo que no les pedí las disculpas necesarias en su momento. Así que aprovecho la oportunidad para hacerlo).
 

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