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OPINIÓN - SÁBADO, 14 DE ENERO DE 2012

 

OPINIÓN / EL OASIS

La rata parda
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Hoy, cuando paseaba con mi perro, muy cerca de un colegio, oí perfectamente lo que le decía una mujer a otra: “Al paso que vamos, en mi casa habrá que suprimir el desayuno. Ya que somos muchos y no nos llega nada más que para hacer una comida al día”. Su cara era, sin duda alguna, fiel reflejo de su amargura.

Inmediatamente, con cierto pesar, me acordé de El Habichuela; apelativo del niño más pobre de todos los niños que había en la calle donde yo vivía, allá cuando el hambre de la posguerra nos azotaba sin contemplaciones.

Era El Habichuela mi amigo de una niñez en la cual la canina hacía estragos. Aún me parece estar viéndole la oreja comida por una rata parda de alcantarilla -mientras dormía sobre una manta en un patio donde los hambrientos roedores salían a la superficie a buscar alimento-, cuando era un bebé.

Aquella canina de los años cuarenta fue atroz. Y El Habichuela era el mejor ejemplo de la caquexia que abundaba en el pueblo. Un día, de los muchos que venía a esperarme a la puerta de mi casa, para compartir un rato de compañía conmigo, mi madre le preguntó si había comido. Y El Habichuela, con esa dignidad de los mejores pobres, se vio forzado a decir que no. Puesto que estaba a punto de caerse en redondo al suelo.

Sí, ya sé que lo dicho puede parecer una exageración; pero no deja de ser la verdad, la terrible verdad de aquellos cuarenta donde la gente enfermaba y se moría por no comer ni siquiera lo mínimo para poder subsistir.

Válgame el introito, tan realista, para recordar que si bien los tiempos son total y absolutamente distintos no debemos olvidar que cada día son más las familias que han de hacer malabares para poner la olla. La que haga posible comer, aunque sea una vez al día, y si sobra algo queda para cuando la gazuza vuelva a apretar.

Los problemas se están agudizando entre los miembros pertenecientes a la clase media baja; esa clase a la que nadie quiere pertenecer, porque está a nada y menos de la pobreza. Expuesta siempre a traspasar esa línea tenue que desemboca, en un abrir y cerrar de ojos, en ese mal trance de encontrarse un día con que desayunarse ya no se estila.

Las palabras de esa mujer que decía que en su casa el desayuno estaba ya a punto de ser artículo de lujo, me han hecho reflexionar, una vez más, sobre la tan cacareada dignidad de los españoles, contada en tiempos de pobreza, donde los extranjeros visitantes decían que el español prefería quitárselo de comer antes de salir a la calle con la ropa remendada. Una actitud vegonzante que ya se viene dando.

Pues bien, si se sigue así, es decir, mandando cada vez más personal al paro; recortando salarios; y permitiendo que sean los más ricos quienes impongan sus criterios económicos, día llegará en el cual si una sociedad libre no puede ayudar a sus muchos pobres, tampoco podrá salvar a sus muchos ricos.

La clase media está perdiéndose a pasos agigantados. Y pronto una miríada de esa clase no podrá desayunarse. Mientras los políticos siguen mostrándose corruptos y los banqueros se ponen las botas. Así, no resultaría extraño que innumerables niños fueran, ya mismo, parecidos a El Habichuela. El niño de la oreja cortada por una rata parda. Cuando la gente se moría tísica. Por no comer.
 

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