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OPINIÓN - DOMINGO, 22 DE ENERO DE 2012

 

OPINIÓN / EL OASIS

Mi amigo el gaditano
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Los sábados, normalmente, no suelo darme mis garbeos por el centro de la ciudad. Pero hoy he decidido romper con lo que se había convertido en una costumbre. Aunque debo decir, cuanto antes, que mucho ha tenido que ver la llamada de un amigo, gaditano él, que ha venido para ver a su equipo jugar en el Alfonso Murube.

Así que voy a su encuentro, y lo primero que hacemos es ir tomando el aperitivo en los sitios que yo suelo frecuentar. Con el fin de que mi amigo, que llevaba ya la tira de tiempo sin venir a Ceuta, pueda contar en Cádiz cómo se vive aquí ese rato de ocio cuando la tarde apenas ha comenzado a crecer.

Mi amistad con este gadita, porque mi amigo es gadita de tomo y lomo (gadita, por si alguien no lo sabe, es ser gaditano castizo, popular, amante de las cosas de su tierra. Más o menos lo que hasta hace nada era ser caballa en esta tierra), data de hace ya muchos años. A pesar de que antes de ese tiempo, hubo una época en la cual me tenía metido entre ceja y ceja, mientras que a mí me importaba un bledo la enemistad que me profesaba.

Precisamente hoy, ante la copa de oloroso que nos ponen en la Cafetería Pedro’s, él saca a relucir aquellas diferencias habidas entre ambos, otrora, y lo mucho que luego hemos llegado a congeniar. Tal es así que rara es la semana en la cual no entablamos conversación por medio del teléfono.

Mi amigo, mientras hacía hora para hallarnos en el lugar de la cita, me cuenta que ha paseado por la ciudad. Y que ésta no tiene nada que ver con la que él conoció cuando vino un día a ver un partido de su equipo frente a la Agrupación Deportiva Ceuta. A principios de los años ochenta.

Me alegro de que hayas reconocido los cambios experimentados en la ciudad. Porque, además de ser verdad, me ofreces la oportunidad de referirme en la columna a algo que le gusta sobremanera al hacedor de semejante transformación.

Mi amigo, como tantas otras personas, ha adquirido la costumbre de leer este periódico. Y de paso, todo hay que decirlo, busca mi opinión. “Es lo primero que hago nada más sentarme ante el ordenador, me dice. “Y debo decirte que también he metido en el ajo a mi mujer y a Cristina, mi hija; de modo que ya sabes que en mi casa somos fervientes lectores de todo cuanto escribes. Ah, mi hija me ha encargado que te diga que la Miscelánea semanal le gusta a rabiar”.

Mi amigo, sin embargo, dice estar muy sorprendido de no haberme podido leer en esta mañana de sábado, y hasta ha llegado a pensar que me había pasado algo. Y es que lo primero que ha hecho es comprar “El Pueblo de Ceuta” para leerme.

Pues ya ves, le digo, que no me pasa nada. Que aún estoy vivito y coleando. Y que a medida que vayamos calentando el cuerpo con un par de vinos de la amistad, le iré poniendo al tanto de las muchas dificultades que tiene el escribir. Sobre todo cuando se intenta no perder la identidad.

Mi amigo, que no es tonto, cambia de conversación, y trata por todos los medios de convencerme de que le acompañe al Murube. Y vuelvo a decirle lo que le dije el viernes pasado, cuando lo intentó a través del teléfono. Lo último que me faltaba a mí es ir al fútbol y dar mi opinión.
 

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