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sociedad - DOMINGO, 4 DE MARZO DE 2012


Amin Zarguil. cedida.

INMIGRACION
 

“Ceuta me dio la vida,
volvería sin pensarlo”

Amin Zarghil, un joven inmigrante que pasó casi tres años en el centro de menores de ‘La Esperanza’, cuenta desde Barcelona lo que supuso para él encontrar la oportunidad que su país de origen, Marruecos, nunca le ofreció
 

CEUTA
Cristina Rojo

ceuta
@elpueblodeceuta.com

Nacido a escasos kilómetros de Ceuta, el destino del joven Amin Zarghil fue desde el día uno diferente al de los chicos que crecen a este lado de la frontera. El lado de Europa, que muchos identifican con la esperanza de algo mejor, una esperanza que quizás no tan casualmente da nombre al centro que acogió a Amin durante casi tres años en Ceuta, el centro para Menores Extranjeros No Acompañados de San Antonio, conocido popularmente como ‘La Esperanza’.

La historia de Amin es una más de los cientos de memorias que genera la inmigración en Ceuta, una en este caso con final o un presente feliz, si bien no puede usarse para generalizar sobre los menores que pasan una temporada más o menos larga en la Ciudad Autónoma. El joven, que hoy tiene 21 años y reside legalmente en Barcelona, llegó a Ceuta en 2006, con apenas 15 años. Venía con un par de amigos, a pasar el día desde Tetuán, pero según recuerda mientras estaba paseando por el puerto fue divisado por la policía, que lo condujo junto a sus compañeros a ‘La Esperanza’. Amin, que no venía con ninguna intención de quedarse, se sorprendió al encontrar allí a su amigo de la infancia Makram.

“Me dijo que me quedara- recuerda- pero yo le contesté que no podía, que tenía que volver a casa con mis padres, así que me fugué. Un día cuando nos llevaban de paseo me escapé y volví a Marruecos”, afirma.

Pero las cosas ya habían cambiado en el interior del chico, estudioso en su ciudad natal y que ya entonces había empezado a pensar en las oportunidades que no podía encontrar en su país natal. Así fue como decidió dejar a su familia y volver a Ceuta, donde fue conducido nuevamente a San Antonio. Esta vez ya tenía una idea clara en el horizonte: estudiar y convertirse en una persona capaz de ayudar a su familia a salir adelante.

Durante el tiempo que pasó en Ceuta, Amín se aplicó en aprender castellano. Estudió, primero en el Colegio Santa Amelia y después en el Instituto Siete Colinas. “Era muy responsable y lo sigo siendo. No fumo ni bebo, y durante los dos años y medio que pasé en el centro nunca salí”, explica, diciendo que como en cualquier otro entorno social, entre los MENA hay “de todo”. “El que es un delincuente es un delincuente antes de entrar”, comenta, aunque aclara que en su época “había pocos”.

Tras su paso por ‘La Esperanza’, Amin pasó una temporada viviendo en una casa de acogida de Cruz Blanca. Fueron unos ocho meses en los que consiguió trabajo en una empresa de electricidad. “Mi jefe, que me prometió pagarme el sueldo completo después de seis meses de prueba no cumplió su palabra, así que aguanté un año para conseguir la cotización y después lo dejé. No me parecía justo”. Amin volvió entonces una temporada a Marruecos. Estuvo con su familia. Reflexionó.

Finalmente, aprovechando que conservaba la residencia legal en España durante dos años, viajó a Barcelona para reunirse con su hermano. Consiguió el carnet de ‘carretillero’ y desde hace tres meses trabaja como limpiador en unos almacenes. “Me han renovado otros nueve meses y estoy contento, aunque lo que realmente me gustaría es seguir estudiando”, explica.

Para Amin, Ceuta significa un claro punto de inflexión en su vida. Aquí, según afirma, aprendió todo lo que es hoy. Algo que agradece “de corazón” a ‘sus educadores de ‘La Esperanza’. Entre ellos destaca a Celia, Mustafa, Serafín... “Sobre todo Celia fue alguien muy importante para mi. Hacía su trabajo correctamente, nos daba lo que necesitábamos en cada momento. Nos apoyaba, nos enseñaba... nos daba una educación tremenda. Es la mejor persona que he conocido en Ceuta. Me enseñó mucho español y siempre estaba ahí cuando tenía bajones”, dice.

Uno de esos momentos fue cuando su amigo Makram, que no llegó a cumplir 17 años falleció al despeñarse desde la zona conocida como el ‘Salto del tambor’, cerca de la cala de la Potabilizadora. “Habíamos ido a preparar un tallín. El subió a cortar leña y se cayó”, afirma el joven, que todavía hoy se emociona cuando recuerda que aquel fue “el palo más grande” que se ha llevado en la vida. “Cuando tenga un hijo, quiero llamarle Makram”.

En momentos como aquel es cuando el apoyo del personal de ‘La Esperanza’ fue más importante para el joven, que reconoce seguir pensando en acabar sus estudios, acceder a una carrera y conseguir, algún día, trabajar de educador. “Creo que sería muy bueno ayudando a chicos como yo, porque entiendo qué es lo que necesitan. Ahora no puedo, porque tengo que mantener mi trabajo, pero algún día espero poder hacerlo”.

En Barcelona, donde reside desde hace ya un año, se siente totalmente integrado, incluso ha aprendido ya algo de catalán “nunca he tenido problemas con los idiomas”.

En cualquier caso, el sueño de Amin se encuentra casualmente ahora en el lugar que le hizo soñar hace algunos años: Ceuta. Aquí es donde quiere regresar algún día para poder trabajar con chicos como el que él mismo fue no hace tanto tiempo.

“Marruecos es mi país - dice con orgullo y no sin cierta resignación- pero ahora mismo preferiría traer a mis padres a España. Mi padre no puede andar y mi madre es ama de casa. Aún no tengo un futuro seguro para regresar”.

“Ceuta me dio la vida, y dejaría cualquier cosa para volver allí”, afirma convencido al otro lado del teléfono. “Lo que me enseñaron en ‘La Esperanza’ es todo lo que tengo. Allí me mostraron que eres persona antes de ser ciudadano de un país”.
 


Personas por encima de nacionalidades

Amin Zarghil, de 21 años, es uno de los jóvenes marroquíes que han pasado una temporada de su vida al cuidado de las instituciones ceutíes, en concreto el centro de acogida de Menores Extranjeros No Acompañados (MENA) de San Antonio, conocido como ‘La Esperanza’, cuyo cierre está ya a escasos meses de tener lugar y desde donde los menores serán trasladados al nuevo albergue de San José (Hadú). Para Amin, vivir en Ceuta y ser atendido por los y educadores del centro ha supuesto una oportunidad que nunca habría tenido en Marruecos, que devuelve a la sociedad española con trabajo, respeto y la intención de trabajar “algún día” con jóvenes como el que él mismo fue en su día, y a quienes los responsables de ‘La Esperanza’ enseñaron los principios que hoy atesora.
 

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