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OPINIÓN - LUNES, 7 DE MAYO DE 2012

 

OPINIÓN / ALGO MÁS QUE PALABRAS

Días de reconciliación con la vida
 


Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net
 

Frente a los que auguran el fin del mundo, se me ocurre proponer días de vida y reconciliación. La misma organización de Naciones Unidas, nos convoca para los días 8 y 9 de mayo, a mirarse en el espejo del tiempo y reflexionar. A mi juicio, considero que siempre es saludable recordar y rendir homenaje a todas las víctimas de la segunda guerra mundial, y a tantas otras contiendas que nos entristecen los caminos. En cualquier momento, nos sorprenden hechos misteriosos, hazañas de lo que pudo haber sido y no fue, realidades asombrosas o reflejos de nuestro sorprendido espíritu.

Todos nos merecemos la vida para vivirla. Por tanto, la humanidad más que aspirar a encender fuegos, debe afanarse en que la gente, en particular los más pobres, no mueran antes de tiempo. Hoy más que nunca se precisa en el mundo el compromiso ciudadano de una ética colectiva, capaz de cambiar modos y maneras de vida, de superar conflictos y divisiones que nos matan. Verdaderamente andamos sedientos de luz, de verdadera sabiduría, para poder discernir la realidad de la mentira, la tolerancia del fanatismo, la vida de la muerte.

El mundo ha sido creado para recrearse en él, para vivirlo plenamente todos con todos, sin discriminación alguna, y bajo el estimulante del amor. No se alcanzará el auténtico progreso, mientras no se esclarezcan los horizontes. El oscurecimiento de los valores morales, favorece comportamientos que ponen fin a la existencia. El hombre, todo hombre, tiene que ponerse al servicio del hombre. Ciertamente, la familia humana tiene que despojarse del flagelo de la guerra, volviéndose una única comunidad en el mundo, donde todos dependemos de todos, y por la que es necesaria avivar un clima de mutuo diálogo entre todas las culturas.

En España tenemos la historia de una organización terrorista, la triste historia diría yo, puesto que no ha tenido sentido alguno con las fuerzas democráticas en el poder; llegado a este punto, sólo cabe entregar las armas y disolverse, y mejor hoy que mañana. En cualquier caso, urge armonizar diferentes valores en el seno de todas las civilizaciones, para poder cultivar una vida más crecida de vida, y así, dejarse cautivar por al contemplación, tan necesaria para reencontrarse el hombre con la naturaleza. Desde luego, tenemos que ser cada día más sensibles a las músicas del universo y a las energías de la tierra, sembrando de vida todos las avenidas del planeta.

La carrera de armamentos es la plaga actual más grave; un gravísimo hecho que contradice los designios naturales de un mundo creado para ser vivido, mediante un desarrollo inclusivo y sostenible, no para equiparse de artefactos destructivos, que son los que verdaderamente pueden conducirnos al fin del mundo.

Sacudidos por el cúmulo de tantas ruinas, se nos abre un mundo nuevo, confiemos en que más estético, humanamente más ordenado, en armonía con las exigencias de la naturaleza humana. Este debe ser nuestro afán, la vida por encima de todo y para toda la humanidad. Hay que huir de toda cultura catastrofista y generar la ilusión por la vida y el encanto por vivir, bajo un atento y profundo discernimiento intelectual. A lo largo de la historia, y aún hoy con la gran proliferación de sectas, se vende el fin del mundo como algo próximo. No será posible controlar el futuro como tampoco modificar el pasado. Intentar mediante cálculos humanos predecir un final de la especie y, además, adjudicarle una fecha, es pura literatura. A las pruebas me remito. Hay tantos cataclismos que nunca llegaron y, sin embargo, hay otros que nos sorprendieron de la noche a la mañana.

La verdad que venimos asistiendo a un increíble auge de hechiceros, videntes, y demás personajes misteriosos, que nos llaman a consumir historias, que no se las creen ni ellos mismos. Esto es fruto, en parte, al invierno espiritual que padecemos. Es la manipulación permanente, el lavado de cerebro, la visión de un mundo a la manera del manipulador. Precisamente, el ascenso de supersticiones nos impide ver ese mundo de poesía que, habita entre nosotros, a través del majestuoso conjunto de la creación. Un espacio para la vida y para la convivencia, que hemos de custodiar los seres humanos, puesto que es nuestra casa común y el lugar de la alianza con la hermosura más extraordinaria.

El ser humano precisa imbuirse de esa trascendencia embellecedora. Los tiempos actuales para nada fomentan esa espiritualidad por la belleza, tan necesaria como precisa. Por tanto, no solo en el mundo hay hambre física, también tenemos hambre espiritual. El deseo de experimentar la espiritualidad de forma más directa e intensa, hace que mucha gente llame a la puerta de los hechizos, a los echadores de cartas, y a todo tipo de magias y santerías. En muchos lugares del mundo, innumerables casos de violencia y abuso contra menores son acusados de practicar la brujería. Hay casos en los que se les deja morir de hambre, se les arroja agua y aceite hirviendo o se les obliga a sentarse sobre el fuego. Asimismo, en algunas culturas, se cree que las viudas están malditas e incluso se las asocia con la brujería.

Sea como fuere, a pesar de las atrocidades llevadas a cabo con la práctica de la magia, el ocultismo, el esoterismo, hay un camino por descubrir, que no tiene fin, es el descubrimiento de sí mismo. Uno debe crear su propia realidad y sentirse vivo. La muerte llegará cuando quiera, y llegará porque sí. No hay adivinación posible. Todo este renacer de maleficios y magias ofende a la dignidad de la persona y a su libertad, ya que el ser humano pasa a estar sometido a fuerzas tenebrosas, repelentes e impersonales, que generan dependencia psicológica, mientras nos degradan como persona.

En todo caso, no tenemos en el mundo otro deber que avivar la alegría, porque sin ella, toda existencia es estéril. Póngase a servir y notará el gozo de vivir, puede ser un buen objetivo. Por lo demás, como dijo Antonio Machado, “la muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros ya no somos”. En consecuencia, me opongo a toda superstición americana, europeísta, africana, asiática u oceánica; la santería que hoy (en tiempo de crisis) está de moda y que antaño fue la creencia de las mentes débiles.
 

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