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OPINIÓN - MIÉRCOLES, 18 DE JULIO DE 2012

 

OPINIÓN / EL OASIS

Comisiones en el Congreso
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Cuando España es ya un clamor contra los recortes a los de siempre: a los más débiles. Cuando España es ya un hervidero de indignación contra políticos, banqueros, élite empresarial y financiera y dirigentes socialistas, que han llevado al país al borde de la quiebra, la gente pide a voz en cuello que se reduzca el número de diputados y concejales y que se prescinda de algo tan inane como es el Senado.

Como semejantes peticiones no cesan, y lo que te rondaré, morena, me he acordado hoy, cuando escribo, del pote que siempre se han dado los diputados nacionales por su participación en algunas de las muchas comisiones existentes en el Congreso. De las que se dicen que solo sirven como excusas para cobrar dietas.

Diputados hubo, durante todo lo que llevamos de democracia, que delante de mí parecían pavos reales. Debido a la importancia que se daban relatando la enorme labor que hacían en el Congreso. Rezumaban importancia de estadista. Como si su falta de asistencia a esas comisiones, por cualquier contrariedad, supusiera un verdadero drama para el discurrir de la vida española.

Un día, mira por dónde, se me ocurrió leer ‘Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados’, escrito por José Antonio Labordeta –ya fallecido-. Y en uno de los capítulos -titulado De comisiones vengo. A comisiones voy- explica, quien fuera diputado de CHA, cómo vivió su participación en la comisión de Peticiones.

Lo primero que dice Labordeta es que a él aquello le pareció una estafa desde el primer día. Ya que los peticionarios enviaban sus peticiones a la comisión y aquí se valoraba adónde se enviaban. Si pedía justicia, a Justicia; si pedía que le solucionaran un problema relativo a su escalafón militar, a Defensa; si era un médico que se quejaba de las vacunas, a Sanidad.

El problema era cuando llegaban peticiones de colectivos que solicitaban asuntos difícilmente clasificables por ministerios, lo que provocaba que en la comisión se discutiera durante un buen rato adónde había que enviarlas (los pobrecitos diputados, me imagino yo que quedarían exhaustos por desarrollar tan ardua tarea).

Llegaban verdaderos testamentos reclamando justicia y solidaridad, denunciando agrestes situaciones inconfesables, pidiendo revisiones de la Guerra Civil, y casos novelescos. De entre las muchas cosas que destaca Labordeta, maño irrepetible, está una en la que un ciudadano pide que se castre al párroco de su pueblo.

También las cárceles estaban siempre en primera línea, bien para dolerse del régimen penitenciario o bien para hacer peticiones como aquella de un interno que, a punto de obtener la libertad, pedía seguir en “su” cárcel, con sus amigos, ya que, después de veinte años de régimen carcelario, lo poco que tenía lo tenía en “su” prisión y nada le quedaba fuera.

Pero destaca una petición extraña, que acollonó al presidente de la comisión y al letrado: El peticionario solicita la esterilización sexual del rey don Juan Carlos por temor a que transmita alguna enfermedad venérea a doña Sofía. Y, por lo leído, se armó la marimorena. Ya que el presidente de la comisión propuso enviar una copia de la petición a la Zarzuela y otra a la Moncloa. Y, claro, la coña marinera alcanzó su mayor grado de efervescencia.

Lo absurdo, digo yo, es seguir manteniendo semejante pantomima. Lo absurdo, dice Labordeta, es seguir manteniendo esa ficción de legalismo populista e inservible.
 

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