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OPINIÓN - MARTES, 2 DE OCTUBRE DE 2012

 

OPINIÓN / EL OASIS

Mucha gente siente aversión hacia los políticos
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Sería absurdo negar que los políticos no estén siendo mirados con desprecio, así como no aceptar que la aversión de la gente hacia ellos va creciendo sin cesar. Cada vez son más los ciudadanos que no se cortan lo más mínimo a la hora de despellejar a una clase política carente de credibilidad y que no sabe lo que hacer para detener un malestar casi generalizado y que puede desembocar en una multitudinaria respuesta callejera. No sólo en algunas capitales, como viene sucediendo hasta ahora, sino en las calles de todos los pueblos de España.

En todos los pueblos de España va creciendo la marea del descontento contra quienes vienen mandando pero no gobernando. Que es lo peor y más peligroso que les puede ocurrir a quienes ostentan poder. Durante muchos años, testigos estamos siendo de cómo muchas personas se dedican a la política por necesidad, porque no saben hacer otra cosa. Personas que, aprovechándose de las listas cerradas de los partidos, ocupan cargos importantes y, de la noche a la mañana, su tren de vida las hace sospechosas de no tener escrúpulo alguno a la hora de poner el cazo.

La corrupción de los políticos, recién instaurada nuestra democracia, fue vista como algo natural. Yo recuerdo haber opinado sobre los trincones, en aquel tiempo, y obtener la siguiente respuesta: “No deja de ser tonto quien no se aproveche de su cargo para hacerse rico cuanto antes. Es más, quien no lo hace está mal visto entre los suyos y, además, le hacen la vida imposible”. De aquellos años, cuando en España se hablaba de política a todas horas y en todos los sitios, yo podría referir muchas historias de políticos desvergonzados. De políticos carentes de dignidad y que vivían todo el tiempo pensando en cómo llenar la faltriquera. Eran los mismos que solían decir que el buen político era el que lograba impedir que la gente metiera las narices en lo que sí les importaba.

Es cierto que la corrupción comenzó a imperar en la política porque los poderes públicos tienden siempre a protegerse más a sí mismos que a la sociedad a la cual deberían servir en todo momento. Y qué mejor servicio, entre otros muchos, que haberse tomado en serio a los corruptos. Y no había mejor manera que someterlos a una persecución implacable, para que acabaran pagando sus desmanes. Pero no fue así, salvo casos contados, y los años de la democracia fueron transcurriendo bajo la adaptación de la gente a lo que se había convertido en algo habitual: que muchos políticos formaban parte del moderno patio de Monipodio. Que robar dinero público estaba a la orden del día y, peor aún, que los ladrones no estaban mal vistos. Siempre y cuando no los cogieran. Y al que cogían, un político de higos a brevas, éste uno era calificado de memo por haber dejado huellas suficientes para ser descubierto.

Mientras la situación económica lo ha permitido, y la clase media trabajaba y tenía derecho a hacer del ocio un modo de vida, una mayoría ciudadana ha hecho la vista gorda ante lo que es de dominio público: que muchos políticos tienen su particular cueva de Alí Babá. Ahora, en cambio, cuando innumerables miembros de esa clase media han pasado a ser clientes asiduos de comedores sociales, la situación se ha tornado seria y de mal cariz. Y lo que te rondaré, morena. Situación, pues, preocupante. Muy preocupante. Porque la democracia sigue siendo el menos malo de los regímenes. Pero la gente no está dispuesta a asumir un fatalismo conformista. Que Dios nos coja confesados.
 

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