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OPINIÓN - MARTES, 13 DE NOVIEMBRE DE 2012

 

OPINIÓN / EL OASIS

El profesor
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Es profesor vocacional. A veces hablo con él y me lo paso en grande. Culto, afable, simpático y capaz de ironizar dos o tres veces durante una conversación. Sin caer en la vulgaridad de lo chistoso. Lo cual no resulta tarea fácil. Mi amigo podría ser perfecto. Pero es del Barcelona. Qué le vamos a hacer…

Tenemos acordado desde hace años, cuando nos presentó un amigo en común, que su nombre no aparezca en mis escritos. Por razones que no vienen al caso contar. No obstante, semejante pacto no impide que a veces me aproveche de sus conocimientos, de sus opiniones y hasta de las anécdotas con las que suele festonear sus charlas conmigo, para darle vida a alguna que otra columna.

-Corren malos vientos, ¿verdad, profesor?

Lo cojo descolocado. Porque acaba de darme un recital sobre las bondades de Messi. Mientras yo me acuerdo de un tal Navarro del Levante por su agresión a Cristiano Ronaldo. Ante la pasividad de Muñiz Fernández y del asistente que estaba situado perfectamente para ver la brutalidad cometida por el futbolista valenciano.

-Perdón, Manolo, pero estaba en Babia.

Y no tengo el menor inconveniente en volver a preguntar: ¿verdad que corren malos vientos?

-Malos de solemnidad. Fíjate, yo estoy deseando jubilarme. Cuando nunca había pensado en ello. Al menos, con tantas ganas. Y tiene su explicación. Te cuento. ¿Cómo estimular a un muchacho o a una chica para que estudie más con el propósito de que consiga un buen empleo, si por más que se esfuercen saben sobradamente que están destinados a ser parados, lo cual implica para muchos de ellos verse arrojados al montón de chatarra antes de haber principiado a trabajar y haber probado todo lo que valen? Pero hay más, sigue hablando el profesor. A semejante desdicha, la de ser conscientes de que tienen todas las boletas para verse excluidos de las experiencias laborales normales, se une, en muchos casos, la de ver a sus padres rumiando la desgracia de no tener trabajo. Lo cual tiene consecuencias muy destructivas para esa juventud.

-¿Qué percibes tú en esos alumnos que llegan a desmoralizarse?

-Bajo rendimiento. Y sobre todo rencor (en muchos casos). Y una apatía enorme causada por la falta de esperanza en el futuro. Que ven tan incierto como para caer en la indolencia. En una indiferencia que los convierte en seres distintos a lo que se preveía. Y así, más pronto que tarde, faltos de identidad, los chavales encaminan sus pasos hacia el camino equivocado. El cual, minado de errores, los va malogrando con celeridad. Una pena. Y un tremendo dolor para quienes estamos obligados a impedir tan estrepitoso fracaso.

-¿Hay solución…, profesor?

-No. Yo no la veo. Sí, confieso que mi optimismo está bajo mínimo. Así que estoy ansiando que llegue la fecha de mi jubilación. Pues si te dijera lo contrario, mentiría como un bellaco. Y no creo conveniente darme coba a mi edad.

-¿Entonces?

-Días atrás, te leí, y al final de la columna decías que estábamos necesitados de un líder. De un gran líder. De un político distinto a cuantos tenemos. Y mencionabas a Franklin Delano Roosevelt: presidente que fue capaz de superar la Gran Depresión de su país. Ayudando a los más necesitados y poniendo firmes a los bancos. Milagro que tardará en repetirse. Si es que se obra de nuevo.
 

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