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OPINIÓN - JUEVES, 20 DE DICIEMBRE DE 2012

 

OPINIÓN / EL OASIS

Políticos
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Son muy conocidos los desencuentros de Benjamín Disraeli (primer ministro conservador del Reino Unido, amén de escritor y dotado además de una gran oratoria) con el también prominente político William Ewart Gladstone, líder del Partido Liberal, y que le llevaron a manifestarse de esta guisa: “La diferencia entre una desgracia y una calamidad es la siguiente: si Gladstone cayera al Támesis sería una desgracia. Pero si alguien lo sacara del río eso sería una calamidad”.

De haber dicho Pedro Gordillo, días atrás, tras haber pasado un quirinal de tres años, algo parecido sobre el alcalde, y algún miembro más de su partido, no me cabe la menor duda de que habría vuelto a ser sambenitado en plaza pública. Y estaríamos asistiendo a otra persecución contra él por parte de algunos mastines con todas las características de la raza, menos la lealtad.

Ya que los políticos carecen, salvo escasas excepciones, de la ironía o del sarcasmo apropiados para exhibirlos en situaciones que los exijan. Y, por supuesto, tampoco muestran aptitudes para salirles al paso a la burla fina o cruel, con respuestas adecuadas. Es decir, están huérfanos de humor: aunque éste sea tan negro como el empleado por Disraeli.

Los políticos se parecen demasiado entre sí; casi todos son de la misma estatura y de la misma calaña. Y hablan de manera vulgar, tediosa y demagógica. No suscitan ni ilusión ni esperanza. Así que no ofrecen la menor confianza.

De ahí lo que se viene oyendo últimamente sobre ellos: “El descrédito se les supone a los políticos como el valor a los soldados”. Por lo cual son vistos por los ciudadanos como verdaderos enemigos públicos. Han alcanzado tal grado de notoriedad negativa, que, cuando se enzarzan en discusiones y se insultan unos a otros, la gente los considera a todos iguales. Iguales en todos los sentidos. Así los que desean el poder como los que lo tienen.

Cuando los políticos comienzan a descalificarse, lo primero que se me ocurre pensar es cuál de ellos está calificado. Cuál de ellos cuenta con una hoja de servicio limpia como una patena para permitirse el lujo de poner a su oponente de vuelta y media.

Pues de sobra es conocido que los casos de corrupción sólo salen a la palestra por venganzas personales o bien, como ocurre ahora con Cataluña, para tratar por todos los medios de devolver al redil a unas ovejas descarriadas. Unas ovejas que han dejado huellas suficientes como para que se les esté investigando por presunta afición a llevárselo crudo en bolsas, en maletas, por tierra, por mar y por aire.

Verdaderos truhanes, nacidos en una tierra en la cual nunca han dejado de presumir de sentido común y de vocación emprendedora y esfuerzos laborales, que lucen apellidos de las mejores familias burguesas de un condado donde los más ricos se hicieron siempre la picha un lío y acabaron pidiendo la ayuda del Gobierno de Madrid para que pusiera orden policial en Las Ramblas.

Los políticos que se aferran al cargo, aun gozando de la legitimidad que le conceden los votos, sabiendo que ya no están en condiciones de servir a su pueblo, porque han convertido las actuaciones habituales en rutinarias, y están faltos de entusiasmo y de deseos de entregarse de lleno a la tarea, deberían darse el piro. Antes, mucho antes, que se les descubran los muchos chanchullos y las tropelías cometidas durante tantos años de poder.
 

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