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OPINIÓN - SÁBADO, 29 DE DICIEMBRE DE 2012

 

OPINIÓN / EL OASIS

Los años no pasan en balde
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Llegó el 2000 y se le hicieron los honores correspondientes al comienzo de una época que dejaba atrás mil años y un siglo –el XX- cuyas guerras habían sido devastadoras y crueles. Todos nos la prometíamos muy felices por los logros conseguidos.

Los de más edad, que tanto habíamos sufrido durante los años del miedo y del hambre canina, solíamos decirles a los jóvenes lo afortunados que eran por ser ciudadanos de una etapa de la vida tan adelantada en todos los aspectos. Corrían tiempos de bonanza económica y la juventud parecía centrada únicamente en cómo divertirse más y mejor.

Cierto es que la gente se había dado cuenta ya de que no era tan fácil hacerse rico, como años antes habían venido anunciando políticos de todos los colores. Pero el sentir mayoritario era que en España se vivía muy bien y que el dinero estaba para derrocharlo.

Incluso las autoridades le recomendaban al gobernador del Banco de España que dejara de opinar en contra de las personas que habían decidido endeudarse aun a costa de quedarse expuestas a una situación de precariedad por pérdida de empleo o por el surgimiento de cualquier contratiempo al que los menos pudientes estamos abocados.

Nació el 2000 entre vítores. Corría el vino y la alegría. Y la impresión generalizada era que aún quedaban suficientes oportunidades para dar pelotazos y amasar una fortuna en un abrir y cerrar de ojos. A la hora del aperitivo, en los corrillos se hablaba sólo de millones dedicados a la construcción y salían a relucir las cuantiosas comisiones que repartían las empresas especializadas en el cemento y el ladrillo. Políticos y constructores se tableteaban las espaldas a cada instante y se sentían aliados de una causa que les hacía llenar la faltriquera.

Quien escribe fue observador, durante esos años tan felices, de conductas y testigo de muchas amistades ficticias. Porque estaban basadas en intereses que necesitaban de demostraciones de inocencia. La cual no se vislumbraba por ningún sitio.

Conviene decir, cuanto antes, que mantener el tipo de la honradez en aquellos entonces era tarea complicada. Ya que todos estamos expuestos a tener un mal día y poner la mano de la rendición y quedar convertido, en un santiamén, en un sobrecogedor más. Los sobrecogedores fueron dejando huellas. Los hubo que lucían unas prisas enormes por trincar. Los delataban los muchos nervios que mostraban cuando se acercaba la hora de pactar el motivo para poder llevárselo calentito.

De pronto, un día nos levantamos y nos encontramos con que el invento se había venido abajo. Que la burbuja inmobiliaria se había desinflado como una pompa de jabón Lagarto. Que ya nadie se fiaba de nadie y que la ruina comenzaba a imperar. Principió la desbandada general. La alegría fue remitiendo y las amistades entre políticos y empresarios acabaron, en muchos casos, como el rosario de la aurora.

Entre ellos, entre unos y otros, cundió la desconfianza. La enorme desconfianza que suele cundir cuando los políticos corruptos dejan de recibir dinero por hacer cosas que los ponen en situación de tener que demostrar que son inocentes. Políticos que tienen que demostrar su inocencia los hay montones. Lo digo porque en España no existe la figura del presunto culpable. El 2000, todavía adolescente, ha cambiado muchas vidas. Y lo que te rondaré, morena.
 

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