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OPINIÓN - LUNES, 7 DE ENERO DE 2013

 

OPINIÓN / ALGO MÁS QUE PALABRAS

Pensamientos hondos, libres de ataduras
 


Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net
 

Hoy como ayer necesitamos conocernos más y mejor a nosotros mismos. Todo el mundo habla de cambios, pero apenas dedica tiempo a pensar cómo hacerlo. Seguimos atados a poderes corruptos, a libertades que no son, y los caminos del mundo cada día son menos auténticos. El mundo de la mentira orienta nuestras vidas y así marchamos totalmente desorientados. Requerimos poder levantar la mirada sin ser heridos, descubrir por nosotros los senderos de la existencia, pensar por sí mismos, profundizar en ese mundo interior que todos llevamos consigo, tejer abecedarios con la luz de la razón, ser más corazón que cuerpo, reflexionar sobre todo y de todo, para alcanzar otro horizonte más claro, más sensible con la realidad humana y menos distorsionado.

Veo que los ojos de la mente son incapaces a veces de discernir y decidir sobre los pasos a tomar. El tiempo actual es propicio a la ceguera, nos hemos dejado aprisionar por una legión de farsantes, que nos impiden vivir autenticidades. La falsedad gobierna nuestro tiempo. Desde luego, precisamos de otro espíritu más reflexivo y racional. Son muchos los nudos que tenemos que desenredar. El espíritu creativo de las artes y las letras es un camino que todos debemos explorar. Uno tiene que descubrir más allá del deseo de saber, el deseo de conocerse, de admirarse, de sentirse inteligencia creadora, favoreciendo de esta manera esa búsqueda inherente a toda persona.

Por desgracia, vivimos bajo una manipulación perversa y permanente, muy sutil, pero que ahí está penetrante, haciendo sus maniobras de querer vivir por nosotros, dominando nuestras andanzas. Siempre hay alguien que te dice lo que debes hacer, ya no tenemos ni tiempo, ni tampoco silencio para pensar. Así no se pueden encontrar remedios a nuestros males. No se debe olvidar que los pensamientos, como la razón, necesitan compartirse con nuestros semejantes. No venimos al mundo para vivir solos, sino en familia, para insertarnos y realizarnos en la sociedad y en una cultura. De ahí, que no pueda haber una colectividad esperanzada y feliz sí la mayor parte de sus miembros carecen de lo imprescindible para vivir.

No hay que acomodarse al mundo, el mundo tiene que acomodarse a las personas, a nuestro modo de pensar, de forma que podamos actuar libremente. Nos han orientado a pensar en la posesión, en el bienestar, en el éxito fácil, en la fama a cualquier precio, y, sin embargo, todo esto es pasajero. Debemos aprender a pensar de manera más solidaria, más profunda, más mística, más interior; es preciso aprender a comprender el pensamiento de los demás, reconociendo lo bello y bueno que puede aportarnos. No olvidemos que, por naturaleza, somos seres inconformistas, y que el verdadero progreso del mundo no radica en la colección material de cosas, sino en la fortaleza del ser humano como sujeto pensante, como sujeto que vive en el propio pensamiento.

Ya lo dijo el dramaturgo y poeta español, Pedro Calderón de la Barca, “quien vive sin pensar, no puede decir que vive”, el pensamiento es fundamental para sentirnos parte de una cultura que sabe razonar y equilibrar ideas, que sabe incrustar un espíritu de servicio fraternal al mundo, porque un diálogo fraternizado siempre respira bondades y virtudes. Sin duda, el día en que todos aprendamos a pensar teniendo en cuenta los legítimos intereses y aspiraciones de todos, habremos dado un paso gigantesco en la construcción de la paz. Evidentemente, es bueno que la gente se reúna a pensar, sobre todo para cooperar en la promoción del bien común.

La experiencia de fraternidad siempre nace en el corazón como nacen también los grandes pensamientos, las grandes acciones humanas. No se trata de dominar, más bien de dominarse. Tampoco es cuestión de ser más que nadie, sino de ser más libre en la autenticidad. Hay que volver al debate intelectual para alcanzar otros horizontes más hermanados, donde no se gobierne con cadenas, sino abriendo diálogos sin temores, hablando sin hipocresía. Si algo ha de imponerse que sea el raciocinio, pero sin mandatos previos. Se debe tomar conciencia de la complejidad del mundo presente y reflexionar, con amplitud de miras, para encontrar juntos soluciones a los desafíos que nos superan.

A mi juicio, debemos pensar profundo, y en ese pensamiento sentirnos libres, para reafirmar que es posible cambiar el mundo. Para ello, precisamos más convicción para defender valores de vida como puede ser la dignidad de la persona. Es la clave de un nuevo pensamiento. Mayor convencimiento para actuar desde una libre circulación de ideas. Ahora lo que suelen circular son intereses, adoctrinamientos necios que obstaculizan el que todos seamos iguales ante el ejercicio de la razón, mentiras y vicios que dificultan la unión y la unidad de las personas. Por consiguiente, todas nuestras capacidades de pensar, hablar, sentir, actuar, deben brillar con la libertad como luz, sabiendo que la fuerza del razonamiento permanece cuanto más verdadera es.

Todo cuanto hemos reflexionado y dialogado, meditado y comparado, comprendido y compartido, ha de estar dispuesto para servir al ser humano que es lo más importante. De lo contrario, tiene poco sentido perder el tiempo. Cuando se pierde el respeto por la vida, difícilmente podemos aprender a ayudar al prójimo. Ninguna nación puede pensar en el propio futuro de modo unitario, sino es a través del patrimonio de los valores que unen las culturas. La lección ahí está: aprender los unos de los otros, enriquecernos mutuamente, abrir vías de pensamiento, que no son más que búsquedas hacia una paz interior.

Si no tenemos esa paz interna, de nada sirve buscarla fuera. Téngase en cuenta que las cosas íntimas son las primeras y las que verdaderamente nos hacen sentir. Por tanto, creo que la cuestión de discernimiento radica en nuestra manera de obrar. Un filósofo francés, nos dio la clave: “Debemos obrar como hombres de pensamiento; debemos pensar como hombres de acción”. Dicho queda, y es que ciertos pensamientos son como súplicas y, ciertas acciones, son como meditaciones.
 

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