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OPINIÓN - DOMINGO, 3 DE FEBRERO DE 2013

 

OPINIÓN / DESDE LA OTRA ORILLA

El chucho de la vecina del quinto
 


José Salguero Duarte
opinion@elpueblodeceuta.com

 

La paz y la tranquilidad reinaba en la comunidad de vecinos, de un mi primo de mi compadre el ‘Tío Pericón’ de la Cañá de los tomates de Algeciras, sita en un distrito habitado por ciudadanos encuadrados en los escalafones de la clase media española, compuesta por empleados y demás trabajadores que sustentan al Estado español con los impuestos correspondientes.

Pero, algo imprevisto ocurrió en un no sé qué flechado o arqueo del corazón, cuando la vecina del quinto, algo más que cuarentona, se quedó prendada de un mozo con muy buena percha, echándoselo como novio. Acogiéndolo para ella solita en las cuatro paredes de su casa, la que cerraba a cal y canto como mandan las tradiciones cristianas, cuando se encontraba con él.

Pero, también tuvo la dama que hacerse cargo de la mochila que el mendas traía consigo, que era ni más ni menos que un diminuto chucho con o sin pedigrí que daba pena verlo, al temblar constantemente debido a que estaba más esquelético que el chivo de la legión o que el caballo ‘Rocinante’ del Quijote.

La cuestión es que, es más que probable, que el susodicho perro, no creció más debido a la mala leche que tenía. Porque de día y de noche a todo cuanto se movía ladraba. Y al ser consciente servidor que despertaba a todos los moradores. Más lo azuzaba aún para que prosiguiera con sus enloquecidos ladridos. Porque cuando el chucho escuchaba el ascensor parar en el rellano de su planta, era una fiera. No quiero ni contar, cómo se ponía de rabioso, cuando los pesados de los testigos de Jehová llamaban insistentemente en su puerta para que le abriera.

Un día, que fui con mi compadre a visitar a su primo. Ante tanta escandalera que se había formado en la vecindad con nuestra presencia. La vecina medio adormilada y en bata abrió la puerta. El perro me hizo cara, viniéndose hacia mí babeando bilis o rabia, con intención de morderme con sus colmillos o dientes tan afilados como las guadañas de los malos.

Pero, con la templaza aconsejable ante estas adversas situaciones, ni me inmuté permaneciendo más quieto que el mástil de la bandera española, que los nacionalistas españoles del PP, colocan en una determinada plaza madrileña, conmemorando el aniversario de la Constitución española o, la Toma de Granada en 1492 por los Reyes Caóticos, perdón, quise decir católicos.

Porque, sé cómo hay que reaccionar y tratar a estas fieras, al poseer conocimientos a través de unos cursillos que me impartieron los sindicatos verticales y horizontales, cuando hice el Servicio Militar obligatorio en Cerro Muriano (Córdoba), en tiempos de Paquito ‘El Chocolatero’, conocido como ‘Paca la culona’.

El chucho, -prosigo porque me voy por los cerros del Palacio de La Moncloa de Rajoy o por el Palacio Real Borbón-, permanecía en posición de ataque y servidor en posición de espera, preparado por si le tenía que pegar una patada en los morros, con mis zapatos de punta fina de Segarra. Mientras tanto, lo dejaba que me olisqueara. Y Al haber visitado anteriormente la perrera de la Sociedad Protectora de Animales, supongo, que algo de hembra me quedaría aún impregnado, hasta en el pernil de los pantalones remendados de pana que vestía.

Esta estampa, propia para ser filmada con una cámara oculta, duró unos cinco minutos, hasta que el perro vencido por mi pasiva paciencia, comenzó a mover el rabo en señal de sumisión y aceptación. Por lo que, la vecina sacó su pipa de la paz, y nos las hincamos los dos en un rincón del rellano a media luz, llegando la humareda a colarse por las rendijas de todo el bloque y en los colindantes. Formándose tal cachondeo, hasta el punto, que comenzaron a sonar las ‘arradios’, tocadiscos y picús con discos de vinilo. Unos con canciones desesperadas, otros por fandangos de la ‘Niña de los peines’. Y hasta hubo una vecina, la más mona de todas, que puso “Mi carro me lo han robado estando de romería”.

El carro, no sé si se lo robaron, pero lo que sí sé es que “La Loren tenía un conejo chiquitito y juguetón”. Pero para juguetona, como se puso la vecina propietaria del chucho. Parecía que se había fumado un canuto más gordo y largo que el palo de la fregona, que usaba el que suscribe para limpiar las letrinas del Regimiento Mixto de Artillería numero 5 de Algeciras.

¡Madre del amor hermoso!, qué risas más desbordadas y escandalosas expelía esa mujer por sus desdentadas entrepiernas. Parecía que había entrado en celo, siendo un volcán en erupción. Por ello, los machos de la zona al olerse la ‘tostá’ comenzaron la berrea, como lo hacen los ciervos, en la tupida arboleda en la Ruta del Toro del Parque Natural de los Alcornocales.
 

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