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OPINIÓN - SÁBADO, 9 DE FEBRERO DE 2013

 

OPINIÓN / ALGO MÁS QUE PALABRAS

Reeducación en la mano tendida
 


Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net
 

Un texto actual de la Comisión de Desarrollo Social de Naciones Unidas sostiene que, a pesar de las riquezas que se generan a nivel global, casi el 80% de la población del planeta carece de acceso adecuado a la protección social. También apunta, el citado documento, que la falta de oportunidades sociales, políticas y económicas hacen que las personas que viven en la pobreza sientan impotencia y no vean salida para mejorar su posición. Todo este desorden, que tiene su germen en la falta de humanidad, debe hacernos reflexionar a los humanos. Con razón, crecemos, cuando meditamos.

A mi manera de ver, hemos de ser reeducados nuevamente en la mano tendida hacia nuestros semejantes. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán situaciones de necesidad material en la que será indispensable nuestro apoyo. De ahí, la importancia de generar en todos los países una protección social básica y una reeducación que nos sensibilice a aprender a vivir para (y por) los demás.

Por desgracia, hemos dejado de cultivar actitudes responsables de humanización. Tenemos una crisis de interioridad como jamás en nuestra historia de la civilización. Desde luego, esta educación renovadora de las conciencias que propongo, obliga a revisar nuestros modos y maneras de vivir, nuestro lenguaje y hasta nuestras propias costumbres, mediante un espíritu de hermanamiento que nos permita readaptarnos y consolidar con plenitud la riqueza espiritual humana. Tampoco se trata de ningún lavado de cerebro, sino de pensar libremente sobre los motivos que generan las desigualdades.

Cierto, las palabras que no van seguidas de hechos, no valen nada. Debemos actuar por cambiar, ser más sensibles a las necesidades. No podemos permanecer indiferentes ante este problema social. Al fin y al cabo, todos necesitamos de todos en cualquier actividad. También cualquiera puede ser marginado en algún momento de sus vida, por esa falta de mano tendida, y caer en la indigencia. Sí en verdad estuviésemos educados para vivir en profundidad la fraternidad, la triste mirada de los pobres nos dejaría hundidos.

Muchos de esos pobres quieren escapar de la pobreza buscando nuevos horizontes a través del trabajo. También encuentran dificultades. Suiza, por ejemplo, plantea recortar permisos de trabajo -acabo de leer en un diario-. Los países deberían trabajar duro para que nadie se tuviese que marchar en busca de mejor vida. Deben mejorarse las condiciones internas que estimulen a quedarse, también las de aquellas personas formadas. No es bueno que la fuga de cerebros vayan para determinadas naciones; pero, en cualquier caso, la gente tiene derecho a huir de la miseria. Por eso, entiendo, que tenemos que avivar una nueva reeducación que nos haga a todos más comprensivos. A veces falta ayuda humanitaria, acompañamiento, asesoría y apoyo a estas gentes que huyen del hambre. ¿Por qué marginalizamos a tantos seres humanos? Pedir que no lleguen más inmigrantes a un país es como ponerse una coraza, y despreocuparse del problema de otros, que podía haber sido problema de cualquiera, tan sólo por haber nacido en una de las áreas marginadas del planeta.

No hay otra salida que la mano tendida, que el amor siempre dispuesto, como los poetas que lo son, se ha de trabajar a tiempo completo por el ser humano. Considero, por tanto, una buena noticia la próxima adopción de un protocolo facultativo activado por Naciones Unidas, encaminado a que los ciudadanos puedan contar con mecanismos internacionales para buscar justicia cuando sean violados, entre otros, sus derechos laborales, la salud, la educación y un nivel de vida adecuado. Sólo nos podemos salvar nosotros a nosotros mismos. Aparte de encontrar nuestra realización, necesitamos sentirnos arropados. Para ello, uno tiene que tender la mano antes que tender la vista, porque una caricia a nadie se le puede negar, sobre todo bajo este inmenso escenario de dementes en el que intentamos vivir.
 

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