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OPINIÓN - LUNES, 18 DE MARZO DE 2013

 

OPINIÓN / EL OASIS

Lección de estoicismo
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

La carpeta de mis documentos está atiborrada de notas tomadas de mis lecturas. Y adentrarme en ese espacio es algo que me proporciona tanta satisfacción como ponerme a leer un libro que haya despertado mi interés. En ocasiones, antes de principiar a escribir, huérfano aún de asunto del cual opinar, acudo a revisar mis anotaciones en Internet. Y semejante ejercicio me pone en las mejores condiciones para dar mi parecer sobre cualquier cuestión.

Es lo que me ha ocurrido hoy al descubrir la siguiente anécdota, situada en nuestra posguerra, y que no deja de ser una auténtica lección de estoicismo. Merece, pues, la pena contarla, tal y como yo la registré, hace ya años, en el sitio ya reseñado.

Reza así la historia: Ambrosio Doblado Anguita arrea su borriquilla cargada de verduras calle Bernabé Soriano arriba, camino del mercado. Se cruza con un antiguo conocido al que lleva años sin ver. Se saludan. El forastero le formula la pregunta normal estos casos:

-¿Cómo se ha pasado la guerra, Ambrosio?

-¡Pues no se ha pasado mal! –responde el interpelado-.

Mi Luis murió en el 37 en el frente de Aragón, a mi Ambrosio le tuvieron que cortar una pierna en Guadalajara, a mi Felisa la dejó preñada un sargento y luego no quiso saber nada. Ahí la tengo con dos mellizos, uno de ellos cieguecito, el pobre, y yo me quedé viudo el año pasado, pero aparte de eso, no se ha pasado mal.

Y el tal Ambrosio se quedó tan pancho. Después de dar una lección magistral de indiferencia o conformidad ante la desgracia. Y yo me he preguntado muchas veces: ¿qué otra cosa podría haber hecho nuestro hombre para sacar adelante a los suyos? Sobre todo a esa hija soltera, madre de dos niños y, encima, uno de ellos cieguecito.

Pues lo que hizo: apechugar con sus desgracias, causadas por una guerra incivil, y deslomarse trabajando para que en su casa no faltara la olla de cada día. Eso, o darse matarile. Acogiéndose a la socorrida expresión de que ojos que no ven…

La historia de Ambrosio, ocurrida en aquellos años de hambre, miseria y miedo en España, se está produciendo en la actual. Cambiando lo que haya que cambiar. En una nación que parecía haber emprendido el camino de la modernidad y donde hubo políticos que no tuvieron el menor empacho en airear que hacerse rico en este país estaba al alcance de cualquiera.

Con aquella mentira -interesada y malvada- se incitó a mucha gente a vivir por encima de sus posibilidades. Tal es así que los bancos se ofrecían a prestarles dineros a quienes incluso gozaban de empleos precarios y que estaban abocados a sufrir en cualquier momento sus consecuencias funestas.

Cabe recordar, por ejemplo, que el entonces ministro Cristóbal Montoro puso el grito en el cielo en contra el Gobernador del Banco de España. Al advertir éste de que se estaba cometiendo un error imperdonable, prestando dinero sin tino y a tutiplén.

De modo que todas las familias que han sufrido en sus carnes semejante tragedia -una guerra económica que mata con armas como los desahucios, el paro, los recortes… y lo que te rondaré, morena- están precisadas de la protección de personajes como Ambrosio: pues para soportar al Gobierno presidido por Rajoy sólo cabe el estoicismo. El cual es practicado todos los días y fiestas de guardar por los jubilados. Y, encima, se les tira a degüello. ¿Qué será de sus hijos? ¡Que Dios los ampare…! Y que la señora De Cospedal siga visitando al Papa. Con peineta y mantilla.
 

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