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OPINIÓN - JUEVES, 16 DE MAYO DE 2013

 
OPINIÓN / ANALISIS

¿Se acuerdan de Zu Guttenberg?

Por Ramiro T.


Dimisión’, he aquí una palabra que parece haber desaparecido del diccionario de la política ceutí. Quien no es capaz de ejercer adecuadamente su función debería pagar un coste político y eso se llama dimisión, pero en España nadie o prácticamente nadie lo hace. Así entre la clase política ceutí, dimitir nunca ha estado de moda, algo que ha quedado patente con el ‘caso Urbaser’, del que nadie se ha hecho responsable, por el que nadie ha dimitido y por el que Vivas se ha negado a depurar resposabilidades políticas ante la falta de rigor para velar por el cumplimiento del contrato, realizando pagos indebidos con dinero público.

Frente a la facilidad con que dimiten los políticos en otros países ante la más mínima sospecha de corrupción o escándalo, en España ni siquiera tener que sentarse en el banquillo es considerado motivo suficiente para dejar el escaño.

¿Se acuerdan de Zu Guttenberg? Tenía solo 39 años y era ministro de Defensa en Alemania. Pasaba por ser el político más valorado del país, y nadie dudaba de que sustituiría a Merkel en el liderazgo del partido. Pero en marzo de 2011 se vio obligado a dimitir. ¿Su delito? Había copiado, en la universidad, partes de su tesis doctoral. También ocurrió lo mismo con la ministra de Educación, Annette Schavan. O también el caso del ministro británico, que dimitió en febrero de 2011 por mentir sobre una multa de tráfico. El espejo alemán e inglés nos devuelve al menos dos lecciones de las que deberíamos tomar buena nota.

¿Por qué nosotros no somos así? Algunos enarbolan la teoría de nuestra cultura política, una manera elegante de decir que no podemos ser de otra manera, que llevamos la corrupción en la sangre. Bien, no es cierto. Como todo en política, no es cuestión de genes, sino de voluntad. Algo que no tienen Vivas, Martínez y compañía, quienes deben pensar: “Y dimitir para qué ¿para yo estar contento conmigo mismo, sentirme liberado, irme a casa y decir qué bien, cómo me imbuí de ética y de coherencia con todo lo que dije? No, lo que tengo que hacer es seguir”. En Alemania los echarían a patadas con la primera información periodística. Y lo harían desde el partido. Porque allí los ciudadanos son soberanos.

Pero Ceuta, sin embargo, es un ejemplo de todo lo contrario, nuestros políticos “no buscan el bien común sino su propio bien. Los políticos, casi todos ellos, acceden a la política porque buscan un modus vivendi.”

No hay que remontarse muchos años atrás en la historia de España para comprobar que hubo un tiempo en el que los políticos españoles primaban el interés general por encima del particular, tanto es así que en sus orígenes ni si quiera cobraban dinero. José Luis Orella, Director del Departamento de Historia y Pensamiento en la Universidad San Pablo CEU de Madrid, nos recuerda que “hasta los años 70, los concejales y los alcaldes cobraban dietas, no tenían sueldos porque prestaban un servicio a la comunidad. Ellos trabajaban por las mañanas, cada uno tenía su profesión y las reuniones se hacían por la tarde. Ahora mismo esto sería imposible porque no se concibe la función de un alcalde o un concejal sin dedicación total y mucho menos sin sueldo”.

Y lo peor es que a los puestos claves no llegan los mejores y quienes lo consiguen lo hacen sin bagaje en el servicio a la comunidad. Están buscando un puesto de responsabilidad que les pueda servir a ellos para negocios, para tener buena agenda de contactos, o para conseguir un puesto de trabajo.

La realidad demuestra al final que la teoría se ha queda en los libros y las tesis de lo que debería ser un político en democracia no son más que meros sueños, utopías que se dan de bruces contra escaños, despachos y bastones de mando. Juzguen sino donde queda en el escenario de la vida política la reflexión que nos dejó el filósofo y sociólogo, José Vidal Beneyto, al respecto: “Ningún dirigente debe olvidar que la democracia es esencialmente un proyecto ético, basado en la virtud y en un sistema de valores sociales y morales que dan sentido al ejercicio del poder”.

En fin, para finalizar este análisis, me gustaría pedirles un favor. Piensen por un momento en el Presidente Vivas sonriendo y diciendo que no va a depurar las responsabilidades políticas que exigen los partidos de la oposición, como consecuencia de los pagos indebidos de 12,5 millones de euros de dinero público a Urbaser porque, según él, esto “forma parte de la dialéctica política”.

Y ahora recuerden a Guttenberg y Schavan, dimitidos a la fuerza… ¡por copiar en la universidad! Y no permitan nunca que les digan que no podemos ser como ellos. Podemos, claro que podemos. Solo tenemos que arrancar nuestra mirada del lodazal en el que se ha convertido nuestro sistema representativo y mirar un poco más allá. Y empezar a creer.
 


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