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OPINIÓN - LUNES, 3 DE JUNIO DE 2013

 

OPINIÓN / LA ZARPA

Pregunta tramposa
 


Julio Basurco Díaz
opinion
@elpueblodeceuta.com
 

"¿Y por qué no os constituís en partido político y os presentáis a elecciones?”. Esta pregunta es formulada a menudo a los movimientos sociales, pareciendo a simple vista una opción coherente y perfectamente asumible. Al fin y al cabo, el objeto de la política es el poder, es desde el poder desde donde se llevan a cabo las políticas que producen a posteriori los cambios en la sociedad. Lo que ocurre es que la realidad, aunque revestida de simpleza por los destructores del pensamiento crítico, es, en el fondo, mucho más compleja.

Seamos serios. ¿Qué es lo que hace que un partido político gane unas elecciones? ¿su programa? Si mañana reuniéramos a todos los votantes del Partido Popular y les preguntásemos por su programa electoral, apuesto a que la inmensísima mayoría afirmaría sin rubor no haberle echado ni un ojo. Evidentemente no es el programa, ni el proyecto de país, ni los discursos lo que produce que un partido gane o pierda. En nuestra sociedad, lo que determina las victorias electorales es el poder mediático, el disponer de los medios de comunicación. La hegemonía del pensamiento, el sentido común, se crea a través de los medios y aquí el que más aparece en televisión, el que más cadenas afines tiene, el que más periodistas y presentadores tiene a su servicio es, al fin y al cabo, el más grande, el de más poder, el que dispone de más pasta. Pretender que un movimiento social pueda rascar algo en unas elecciones en las que la gente vota a aquellos con el suficiente poder como para colarse en su pantalla de televisión o en su periódico es, sencillamente, absurdo.

En España, la gente siempre se ha decantado entre dos partidos, simplemente porque el bipartidismo ha sido algo programado. Y los medios, diseñadores de la realidad, han colaborado en ello. Si compras “El País”, el Partido Popular es negativo y los partidos a la izquierda del PSOE son unos antisistema, gente más allá del mapa político serio. Si compras “El Mundo”, “La Razón” o “ABC”, la propaganda pepera, sea su ala dura o su ala más moderada, marcará tus movimientos. En la televisión más de lo mismo. Lo que no se promociona no existe y los pequeños no pueden permitirse una promoción que se compra con dinero. Si mañana el Frente Cívico Somos Mayoría, o la PAH, o el 15M (en este caso parece que la opción sí que se baraja) decidieran emprender la vía electoral, ¿de qué banco iba a obtener préstamos?, ¿desde qué cadenas de televisión iba a tener un espacio similar al de los grandes?, ¿qué periódico (empresa privada cuyo objetivo es ganar dinero) iba a erigirse en altavoz de su discurso?, ¿cómo iba a superar las trabas de una ley electoral injusta?, ¿cómo iba, en definitiva, a poder competir con unos poderes que manejan partidos, medios , ocio y trabajos? Y si realmente, por un casual, alguno de estos colectivos lograse hacer llegar su mensaje a la mayoría, ¿cuánto tiempo tardarían sus adversarios en emprender la guerra sucia a través de todas sus armas? Si en la calle se les ha llamado etarras, nazis, perroflautas, radicales y violentos, no quiero ni imaginar lo que el discurso oficial escupiría de ver peligrar realmente su posición de poder.

La función de los movimientos sociales, al menos de momento, es mover la calle. Sin cambiar cabezas es imposible cambiar las relaciones de poder, y cambiar las cabezas conlleva un tiempo. Incluso si mañana la gente votase a un partido dispuesto a plantar cara a la Troika y a los poderes supranacionales, dicho partido se vería atado de pies y manos sin una masa fuerte que desde la calle demandase cambios.

Desde luego, en mi opinión, el objetivo de llegar al poder debe estar ahí, sea desde la intención de formar partido en el futuro o desde el apoyo a fuerzas políticas ya existentes que tras procesos de renovación acordes a la actualidad decidan recoger las propuestas lanzadas por las diversas plataformas ciudadanas. Pero el comienzo de ese trayecto, el de la vía electoral, debe producirse al final, como guinda del pastel. Ahora, lo que se vive en la calle es un proceso de conciencia. Antes de empezar con lo nuevo hay que romper con lo viejo. Primero lo destituyente; luego, lo constituyente.
 

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