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OPINIÓN - DOMINGO, 9 DE JUNIO DE 2013

 

OPINIÓN / EL OASIS

El hambre canina de los niños
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Hace dos años, más o menos, formaba yo parte de un corrillo en un hotel donde se festejaba algo que no viene a cuento mencionar ahora. Y salió a relucir vida y milagros de nuestra posguerra. Y las opiniones comenzaron a producirse.

Tras mirar a los contertulios, me di cuenta de que ninguno tenía edad para haber vivido el drama de los conocidos como “los años del miedo”. Así que hablaban por boca de ganso y por las lecturas que hubieran abordado al respecto.

Cuando me tocó intervenir, dije que nunca he olvidado el llanto del hambre. Porque es un sollozo constante y lánguido que te deja tocado de un ala. Destruido. Es un gimoteo suplicante que agujerea la conciencia. Que es lo que pasaba con el lloro final de niños de mi barrio que tuvieron la mala suerte de nacer, y a los que la vida se les escapaba sin vivirla.

Y es que a uno le tocó ser niño al iniciarse la década de los cuarenta. Época en la que el Piojo Verde parecía vivir a sus anchas en aquel triste mundo de restricciones eléctricas, de cartillas de racionamiento, de periódicos abiertos por las páginas de fútbol, de coches con gasógeno, colas, pan negro, azúcar amarillo, boniato y chocolate terroso.

Es lo que había tras una guerra cruenta y donde ni siquiera los comedores de auxilio social podían impedir semejante tragedia: que millones de niños fueran víctimas del hambre y los que no morían se veían destinados a malcrecer. Atosigados por la desnutrición y convertidos en seres caquéxicos.

Mi opinión pareció no gustar demasiado, es decir, no gustó nada. Y me tacharon, más o menos, de exagerado y de vivir permanentemente recordando historias a las que convenía ponerles sordina. Y a vivir que son días.

Ante semejante postura, a mí se me ocurrió responder que, dadas las circunstancias económicas reinantes, no tenía la menor duda de que muchos niños españoles volverían a tener hambre. Lo cual sería algo tremebundo. El mayor drama que podríamos vivir. E insistí: un drama que a mí me tocó vivir y del que hablar creo que es un deber.

Como es un deber gritar a voz en cuello que 2.865 niños tengan un hambre canina en Barcelona. En la Barcelona donde un tal Neymar se ha llevado una pasta mareante, y donde políticos corruptos han venido metiendo la mano en la caja sin contemplaciones y hasta se permiten tener por el mundo remedos de embajadas. La canina es muy mala. Es un hambre que deja secuelas de por vida y que además impide el desarrollo físico normal de quienes tienen la desgracia de padecerla. Así como también lastra las aptitudes para el devenir en la vida.

Pero lo ocurrido en Barcelona viene sucediendo en muchas otras comunidades. Bajo el silencio cómplice de los políticos. Que han creado verdaderas máquinas de hacer parados y, por tanto, están consiguiendo que los pobres sean cada vez más pobres y los hijos de éstos vayan formando parte de una muchedumbre de niños que sollozan constantemente y con la languidez causada por el hambre. La canina. De la que Fernando Quiñones disertaba, magistralmente, con su humor negro.

En fin, menos mal que hoy, y en lo tocante al hambre infantil, puedo destacar que el Gobierno local, tal y como aprobó en la última sesión plenaria, a instancias de Caballas, ha destinado 250.000 euros para que muchos niños puedan hacer tres comidas diarias.
 

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