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OPINIÓN - DOMINGO, 7 DE JULIO DE 2013

 

OPINIÓN / SNIPER

El Cairo visto desde Rabat: contragolpe del ejército egipcio
 


José Luis Navazo
yebala07@yahoo.es

 

El 14 de abril, aniversario en España de la II República, salía puntualmente de El Cairo en un impecable vuelo de EgyptAir, lleno de desazón y con mi bloc de notas cargado de interrogantes entre las que sobresalía, rodeada de un círculo rojo, la siguiente anotación: “¿Se desliza Egipto hacia una guerra civil?”?. De todos mis entrevistados en diez intensos días a caballo entre el turismo y la investigación sobre el terreno, solo el secretario accidental del papa copto Tawadrous II, el sacerdote Macari Habib, el obispo católico Antonios y un alto responsable de la Universidad de El Azhar, Mohamed Azab (quien me enfatizó “el respeto a la cultura de la diferencia y el espíritu del diálogo”) se mostraron prudentes y forzadamente contenidos en sus declaraciones.

El resto de la sociedad civil egipcia, decenas de musulmanes de a pie, intelectuales comprometidos con los derechos humanos (mi encuentro en Alejandría con los abogados Mohamed Ezz El Regal, Hamdi Jalaf y Salwa Besher fue esclarecedor), periodistas y veteranos guías turísticos profundamente conocedores del país, como el profesor Ahmed Selim, avanzaban la posibilidad de un enfrentamiento fratricida no dándole al ya ex presidente Mursi más allá del verano. Así ha sido. La amenaza islamista representada por los Hermanos Musulmanes la tenía también presente uno de los mayores expertos sobre los mismos (“El lema de su escudo es ya premonitorio de su comportamiento”), según comentaba en su cargado despacho lleno de libros el jesuíta Wiliams Sidhom, recordándome que en la exitosa revuelta de 2011 contra el régimen de Mubarak “la vergonzante y cobarde ausencia de los Hermanos Musulmanes fue clamorosa”.

Y si no hace tanto adelantaba las manifestaciones, previstas para finales de junio, en la que millones de egipcios salieron a las calles contra Mursi, al día de hoy lo que me afirman por teléfono desde El Cairo no es otra cosa que la “forzosa maniobra de última hora del ejército egipcio a fin de evitar una mayor fractura social”, así como “los continuados intentos de Mursi y los Hermanos Musulmanes para infiltrar con sus militantes todas las instituciones de la República, mientras fuerzan la mano intentando la islamización radical de la sociedad”, añadiendo: “Solo el ejército puede evitar la guerra civil”.

Según parece, Mursi y los suyos habrían ido demasiado lejos y demasiado rápido ignorando que, en una contienda política democrática, la victorial electoral ni legaliza ni legitima el intento posterior de una vuelta de tuerca para, desde arriba y a través de un golpismo larvado, imponer las bases de un régimen autoritario que destruya la vida democrática. Eso lo hizo Hitler en Alemania en 1933, tras ganar las elecciones y era la estrategia oculta del Frente Islámico de Salvación (FIS) en Argelia en 1991, abortada por el ejército; la posterior guerra sucia es otro asunto. Y en Egipto, el nombramiento por Mursi como gobernador de Luksor de Adel Mohamed Al Jatay, uno de los terroristas implicados en el atentado en esta ciudad de 1997 (62 personas asesinadas, 58 de ellas turistas) y cofundador del grupo Al Yamaa Al Islamiya, fue la gota que colmó el vaso.

Sobre el valle del Nilo planean tres interrogantes: primero, el alcance de la infiltración de los Hermanos Musulmanes en el seno de las fuerzas armadas; segundo, la cantidad y calidad del armamento escondido en zulos por los mismos a lo largo del país; y tercero, la capacidad de su franquicia de Hamás para, desde los territorios palestinos de Gaza, “ayudar” con el envío de activistas curtidos en acciones terroristas para desestabilizar Egipto. Al fin y al cabo, si los Estados Unidos dejaron caer a Mubarak fue por la negativa radical de éste a permitir el descabellado proyecto norteamericano-saudí relativo al asentamiento de centenares de miles de palestinos en el Sinaí, que habría recibido por el contrario el visto bueno y la simpatía de Mursi y su radical fraternidad. Inquietante proyecto que, según me insisten, “tampoco contaría en absoluto con la luz verde de la cúpula de nuestras fuerzas armadas”.

Por lo demás, la respuesta preventiva del ejército (sin duda la institución más valorada por los egipcios) es sin duda un aviso para el islamismo radical y extremista dentro y fuera del país: de Turquía a Marruecos, pero supone fundamentalmente un toque de atención al tunecino Ghannouchi y su ambivalente movimiento Ennahda.

El jueves 4, la entrada y salida de Rabat desde el norte fluía entorpecida por las obras en el Bouregreg. Y el ambiente en la capital del Reino (que suele competir en verano con Tetuán) tampoco estaba para tirar voladores. Desde el ministerio de Asuntos Islámicos y Habús, el ministro “bouchichiya” Ahmed Toufiqh ha decidido estos días el cierre de las oscurantistas Escuelas del Corán y de la Sunna, dirigidas por el desprestigiado jeque salafista Mohamed Maghraoui (el ministro de Justicia, Mustafa Ramid, ya ha adelantado que la decisión “es inaceptable” ) “por no funcionar en conformidad con las reglas de la enseñanza oficial tradicional”; la grave crisis política en la que está inmerso el gobierno Benkirán atenaza la vida de un Marruecos en el que, únicamente la Corona y las FAR, son percibidos como símbolo de estabilidad.

El cierre de las escuelas de Magrhaoui ha sido duramente contestado no solo por los jeques salafistas recientemente integrados en el Partido del Renacimiento y Virtud (PRV): así, Abou Hafs se atreve a comentar que “este género de decisiones empujan a los jóvenes hacia el extremismo” (¡!), mientras también se han levantado chispas en el seno de los islamistas parlamentarios del Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD), además del ministro Ramid. En cuanto a Egipto y aunque el titular del ministerio de Exteriores y Cooperación, mi respetado amigo el doctor El Othmani se encuentra de visita en Austria, fuentes del partido de la Lámpara me muestran su honda preocupación por el “derrocamiento ilegal” de Mursi y sus Hermanos Musulmanes, “un golpe de Estado en toda regla, no hay duda”. Tras comentar la situación en Turquía y el Magreb, mis contactos en el PJD no dudan en señalarme que “más tarde o temprano nos tocará a nosotros.

Lo de Chabat y el Partido del Istiqlal (Benkirán estaría a la espera de la inmediata dimisión de los ministros istiqlalíes) es solo el comienzo, en Marruecos el poder ni ha aceptado ni digerido nuestra clara victoria electoral”. En verdad, quito hierro a estas palabras: el PJD en el gobierno está cumpliendo escrupulosamente con las reglas del juego. En todo caso y extrapolando el conocido refrán español… “Cuando las barbas del faraón Mursi veáis cortar, islamistas de Turquía y el Magreb: ¡ya podéis ir poniendo las vuestras a remojar!”. Es solo un pálpito. Mientras, analistas musulmanes y occidentales coinciden al advertir que, sin la base ideológica previa del islamismo radical y la predicación extremista, no hay terrorismo yihadista. Y esto es válido para El Cairo y Argel, Estambul o Trípoli, Túnez o Rabat… Ceuta y Melilla. Visto.
 

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