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OPINIÓN - MARTES, 10 DE SEPTIEMBRE DE 2013

 

OPINIÓN / LAS NOTAS DEL QUIM

Seguir en la arena
 


Quim Sarriá
opinion
@elpueblodeceuta.com
 

Sea el tiempo que sea, suelo recorrer el largo paseo marítimo de Fuengirola, que comprende las playas de Santa Amalia, de Fuengirola, de San Francisco, de Los Boliches, de Las Gaviotas, y que se prolonga pasando las playas de Torreblanca y de Carvajal.

Este paseo marítimo se denomina Paseo Marítimo Rey de España, a lo largo de su recorrido, y solo es interrumpido por el puerto deportivo. Supongo que medirá sus buenos 7 kms, suposición efectuada sin rigor.

Estos paseos configuran un buen tónico para el cuerpo humano, aunque me deje las piernas maltrechas, además me ofrece la oportunidad de ‘tropezar’ con casi toda la representación de la humanidad del mundo mundial.

Algún que otro extraterrestre diviso entre la multitud, entendiéndose como extraterrestres aquellos que lucen estrafalarios abalorios, ‘looks’ y vestimentas.

Suelo quedarme un rato parado admirando las ‘esculturas’ de arena en diversos puntos a lo largo del recorrido. Suelen ser gente del contexto ‘hippy’ de otros tiempos y tienen un patrón común: en trapos extendidos solicitan limosnas por hacer la foto o por la voluntad.

De todas las ‘esculturas’ arenosas destaco, con mucho, una especie de fortaleza con sus chimeneas, fuegos y demás. A determinada hora de la noche suele reventar, la mencionada ‘escultura’, petardos en un remedo de luz y sonido de la Esfinge egipcia.

No puedo negar el talento artístico de esta comunidad de ‘escultores’ hippies agarrados a sus canutos de “chocolate” y espatarrados en un rincón de arena cercano a su ‘obra’.

De pronto, en la zona donde se encuentra ubicada la ‘estación’ del minitren turístico, con ruedas neumáticas, un órdago de subsaharianos llama la atención.

Son manteros pillados por la policía local que, sin apearse del coche, les conmina a disolverse.

No esperan a que les repitan la orden y se alejan con sus mantas que esconden un pequeño almacén de objetos inútiles, de gafas de sol ‘piratas’, de relojes más falsos que la supuesta sábana de Turín y pare Vd. de contar.

Suelo descansar un poco en la plaza de Teresa Zabell, al borde del puerto deportivo, y me llama la atención un vendedor callejero de fruta natural.

Con un cesto igual al que dibujan en los cuentos de Caperucita Roja, trata de vender cerezas, fresas, peras, etc. que, aunque algunas estén fuera de temporada, están ahí y sufren los rigores de Helios y eso me deja perplejo.

Me deja perplejo que trate de vender esa fruta sobrecalentada en la playa.

Ignoro si no será un formidable criadero de gérmenes.

Un poco más a la izquierda, en el rincón donde la arena ve interrumpida su expansión playera por el paramento de rocas del puerto, una pareja de señoras entradas en años se disponen a meterse en el agua, dejando huérfanos a sendos bolsos enormes bajo la sombra de un pequeño parasol.

Un rapaz, que se estaba tostando al sol unos metros detrás del parasol de las dos señoras, se levanta presuroso y se sienta a escasos centímetros de los dos grandes bolsos.

Previa mirada previsora hacía el mar donde se bañan las dos señoras, agarra rápidamente los dos bolsos y se pira, con la velocidad del rayo, dirección al paseo marítimo ante la impávida mirada de los vecinos playeros.

No puedo hacer nada ante tan rápida escenificación de un hurto salvo comentarlo a un paseante cercano que se encoge de hombros.
 

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