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OPINIÓN - DOMINGO, 3 DE NOVIEMBRE DE 2013

 

OPINIÓN / EL OASIS

Taxistas
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Los taxistas suelen ser poco habladores pero sí capaces de escuchar atentamente a los clientes. Los profesionales del taxi no se cansan de decir que se aprende más oyendo con atención que predicando. Y a fe que lo demuestran con sus silencios. Cierto que habrá excepciones, cómo no, pero son mayorías quienes optan por hablar lo justo cuando se traba conversación con ellos. Y, cuando preguntan, lo hacen como quien no quiere la cosa.

Uno, tras haber vivido ya más de tres décadas en esta tierra, tiene a gala airear que a mí los taxistas me han tratado siempre la mar de bien. Así que creo a pies juntillas que los veteranos han sido mis mejores avalistas ante los jóvenes. Por consiguiente, cuando me subo a un taxi tengo la impresión de ser bien recibido.

Días atrás, el taxi que solicité venía conducido por alguien que lleva en la profesión desde que el mundo es mundo y todavía está currelando. Hacía tiempo que no coincidíamos. Aunque el taxista dice que me ve todos los días en la contraportada de ‘El Pueblo de Ceuta’. Y debo reconocer que, en esta ocasión, fue él quien, debido a nuestra añeja amistad, tomó las riendas de la conversación.

-Hombre, Manolo, debo manifestarte que la gente habla y habla de cuanto escribes sobre Juan Vivas. Y sé, porque se lo oí decir a una persona muy allegada a él, que hay veces que tus críticas lo ponen de tan mal humor que no hay cojones de aguantarlo… Vamos, que disparata lo suyo. Y como el berrinche le dura su tiempo, luego, pasadas unas horas, se queda apampláo…

Y yo, cuando oigo la palabra apampláo, tan de ‘El habla de Cádiz’, me acuerdo de ese farmacéutico, tan apreciado por mí, y que tanto gusta de El lenguaje andaluz. De apampláo –‘atontado’-, dice lo siguiente Pedro M. Payán Sotomayor, doctor en filología Románica, y profesor titular de la Universidad de Cádiz:

-Sin referencias de ningún tipo. Tal vez –se nos ocurre- tenga relación con pan, sobre todo si tenemos en cuenta que está situado en un grupo funcional en el que son abundantes los términos que hacen alusión a alimentos: paniza, polvorón, torta, torrija, tostá. Y termina con este ejemplo: “Este niño está apampláo”.

Y uno, inmediatamente, cae en la cuenta de que a nuestro alcalde más que los disgustos que le podamos dar quienes no escribimos a su dictado, lo que lo pone cambembo, tradúzcase por trastornado, es que hasta hace nada era llevado bajo palio por aduladores y pelotas que le hicieron creer que era el no va más de la política. Alguien con capacidad sobrada para ser tenido como la mayor cabeza de huevo del Partido Popular. Y, claro, le está costando lo indecible aceptar que anda escaso de bagaje para hacerse tamañas ilusiones.

Tampoco es menos verdad que a nuestro alcalde lo que más daño le hace es hacer de asustaviejas. Ponerse atrabiliario: irascible e irritable contra quienes no aceptan sus camamas. Pues deja traslucir su verdadera personalidad: tan similar a la de aquel otro alcalde de esta ciudad, de tan nefasto recuerdo, cuyo carácter variable, iracundo y tonante sólo se afirmaba con la posesión del poder.

A nuestro alcalde, debido a que quiere continuar siéndolo, le vendría muy bien hacer examen de conciencia. Y salir de él libre de esa reconcomilla –remordimiento- por las malas acciones perpetradas contra cuantas personas no son de su agrado. De no hacerlo, día llegara, por mucho poder que atesore, en que reciba julepe –castigo-. El que le hará largarse. Con o sin disimulo.
 

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