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OPINIÓN - SÁBADO, 16 DE NOVIEMBRE DE 2013

 

OPINIÓN / EL OASIS

La visita del ministro de Justicia
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Alberto Ruiz Gallardón lleva ya la friolera de 31 años dedicado a la política profesional. Comenzó con 24 primaveras y siendo concejal del Ayuntamiento de Madrid, su alcalde, Enrique Tierno Galván, lo amonestó así: “Admiro su ardor juvenil pero está usted empezando a ser pesado, señor Ruiz-Gallardón”.

No me digan ustedes que Tierno Galván, a quien Raúl del Pozo tildó de víbora con cataratas, no respondió con un ilustrado y cortés malhumor a las acusaciones de aquel joven opositor político, que ya había hecho la carrera de fiscal con notas sobresalientes.

No me extraña que, habiendo tenido enfrente a un maestro de la réplica, de un alcalde cuyos bandos eran joyas, Ruiz-Gallardón haya terminado siendo discípulo aventajado de aquel profesor muy dado a cachondearse de los demás mediante ironías adecuadas a cada quisque.

Presidente de la Comunidad de Madrid dos veces y tres como alcalde, le proporcionaron, además, bagaje político suficiente como para que su enemiga ‘íntima’, Esperanza Aguirre, dijera de él que se creía Dios. Desde esa altura, a la que lo elevó su compañera de partido, Ruiz-Gallardón no cesa de permitirse licencias.

Yo le recuerdo una, por ser acusado de manirroto y de estar arruinando el Ayuntamiento de Madrid, que reza así: “Haz lo que debas, aunque debas lo que hagas”. Y, claro es, cuando abandonó la alcaldía, para convertirse en ministro de Justicia, Ana Botella, su sustituta, no pudo por menos que decir que debían hasta de callarse.

Enamoradizo reconocido, y muy dado a ser pasto de las lenguas de doble filo, expuso su lado más libidinoso, cuando no tuvo el menor inconveniente en manifestarse como sigue: “Hay que casarse con el ABC y acostarse con El País”.

Tampoco se me olvidan, dado que yo me he interesado siempre por la vida política del yerno de Utrera Molina, las críticas que recibía por obviar las necesidades perentorias en vista de sus manías de grandeza. Es decir, que le importaba un pito que no hubiera dinero para ayudar a las guarderías y, en cambio, no dudaba lo más mínimo en gastarse una pasta gansa en aceras de granito, puentes de diseño o modernas fuentes en el Manzanares. Aunque sería absurdo no reconocerle su apuesta por la infraestructura del metro madrileño.

Partidario de la injusticia antes que del desorden, lo ha proclamado hasta la saciedad, el ministro de Justicia ha estado de visita en Ceuta. Con el fin de entrevistarse con las autoridades judiciales y darle suma importancia a lo de la Nueva Oficina Judicial y otras cuestiones relacionadas con la Administración de Justicia. Pero también, como no podía ser de otra manera, ha aprovechado la ocasión para alabar a nuestro alcalde. Porque así se lo había encargado fervientemente el presidente del Gobierno.

Y nuestro alcalde, más patriótico que nunca, respondía, embargado de emoción: “Ahora toda la sangre debe de acudir a la llamada del corazón…”. Repollez de altos vuelos que, seguramente, avivaría los interiores donde almacena Ruiz-Gallardón las grandes dosis de cachondeo.

Y el ministro, que se las sabe todas, cuando nuestro alcalde va y le dice, además, que lo considera “un gestor muy eficaz”, se pone en plan Beni de Cái y saca a relucir la guasa gaditana: “Te aplaudo en público, querido Juan, como me ha pedido el presidente de la Nación que lo haga”. Emoción a raudales. Lágrimas por doquier.
 

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