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OPINIÓN - LUNES, 16 DE DICIEMBRE DE 2013

 
OPINIÓN / CARTAS AL DIRECTOR

Las dos columnas de San Francisco

Por Jacobo Díaz Portillo


Tengo meridianamente claro que si alguien como yo publicara sistemáticamente en el perio?dico todo lo que sabe de algunos individuos, probablemente tendri?a que “marcharme de la ciudad”. No por faltar a la verdad, sino por los todavi?a poderosos poderes ocultos y tra?fico de influencias, moneda de cambio que siguen en vigor de forma puntual en algunos colectivos de alto sentido corporativista. No podemos olvidar que, a pesar de la actual libertad de opinio?n y de prensa, como dice el refra?n; «quien tuvo retuvo». Sin embargo al leer el artículo de Macu del pasado miércoles 11 titulado «SAN FRANCISCO ABIERTO YA» pensé: “No soy el único que no se siente cohibido por esos poderes fácticos. Ni tampoco el único que parece escribir con todo el peso de la razón esgrimida por la evidencia más tangible sobre el enigmático, cansino y penoso tema de las eternas reformas de la iglesia de San Francisco”.

Por tanto, en este arti?culo de opinión -como no podi?a ser de otra manera- todas mis palabras son elogios y felicitaciones que descansan en el basamento de un metafórico templo, con un estilóbato del que emergen dos enormes columnas salomónicas, de grueso y pesado calibre. Bastiones de amplia resistencia que han soportado hasta ahora todo el peso y la opresión de un denso “fliso” y “arquitrabe” demasiado superior, excesivamente alto, tanto que el pueblo llano no lo percibe. En el frontón del templo, a modo de relieve, se representan todos los hechos acontecidos en San Francisco en los últimos años. La primera columna, de precioso capitel corintio que sostiene la fachada del templo, es una mujer de bandera, fiel defensora y representante de su feligresía, que hace de su condición cristiana una auténtica vocación de servidumbre y lealtad al mensaje evangélico de Jesús. Una mujer que nunca actúa como una sumisa feligresa de los lóbregos tiempos de la postguerra. Una mujer que también ha sido bautizada, no sólo con el agua bendita de una fe irreductible, sino también con el peso de la cultura y del raciocinio. En definitiva, una mujer que piensa por sí misma y actúa sin influencias mediáticas. Macu es tan distinta de aquellas antiguas feligresas asiduas de nuestras iglesias, más vestidas de negro por dentro que por fuera. Aquellas que siguen asintiendo con resignación a la famosa y caduca frase del ordinario del lugar “vuelva usted mañana, hermana, que a lo mejor le oye el Señor”. Tenemos tanto que aprender todos de Macu. Por tanto, para qué cambie nuestra iglesia y camine junto a la evolución antropológica de la sociedad, no sólo es necesario un giro brusco de timón -como está realizando Francisco- sino también un cambio de actitud de todos los remeros que mueven la galera de nuestra iglesia actual. Por cierto, a veces me pregunto ¿qué opinaría de todo este oscuro entramado el arzobispo de Madrid Antonio Cañizares como nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Española? Tiempo al tiempo.

A los que se incomodan cuando leen mis publicaciones de alto espi?ritu cri?tico sobre el comportamiento de determinados personajes públicos con cargos de responsabilidad eclesiástica, pueden esta vez estar tranquilos. No les va a subir la adrenalina en demasía, no les va subir la tensión, ni van a tener taquicardias que desemboquen en arritmias que haya que reducir, y sus vestiduras no van a ser rasgadas por una ira interna tan desenfrenada y fundamentalista como injustificada. No sen?ores, esta vez no he sacado a las calles de Ceuta la artilleri?a pesada de la pluma que me ha marcado en los u?ltimos tiempos de decadentes y malintencionados malentendidos. Las armas de la semántica y la retórica de alto calibre, las reservo para algunos intransigentes, sibilinos e hipo?critas, que aprovechando su estatus social derivado de su cargo religioso, tienen engañado -con su cara de niño Jesús montañesino- a casi todo el mundo. Pero que no les quede ninguna duda, que mi pluma de tinta permanente seguirá describiendo con todo lujo de detalles su tenebroso y craso jardi?n de vanidades, envidias y prepotencias, mientras que la luz de la reto?rica y el juego de las meta?foras de mis palabras sera?n la antorcha de llama permanente que indique e ilumine el vasto museo que atesora sus inconfesables vergu?enzas. Pero esta vez cambió de tercio, mi humilde intelecto se postra a los pies de la maestría, de la voluntad y sobre todo de la perseverancia de una gran mujer. Mi pluma rinde pleitesía ante la excelencia de una gran persona y escritora, que tampoco parece que le tiemble el pulso cuando escribe con la tinta indeleble de la verdad. Nunca he percibido en sus manuscritos reivindicativos grafismos que denoten una trémula escritura derivada del miedo o de la coacción. Felicidades Macu Martin Casasola por tu magnífico artículo del pasado miércoles día 11 de diciembre. Lástima que tus cuestiones finales queden para siempre dormidas sin respuestas en el limbo del olvido. Preguntas para un obispado que en Ceuta utiliza el silencio administrativo como modus operandi. Tampoco creo que el sistema de recogida de firmas en los feligreses tenga valor “legal” en esta institución autárquica, donde el sentido democrático de algunos de sus dirigentes, brilla por su ausencia. Como dijo don Quijote a Sancho: «Con la Iglesia hemos topado» Macu.

A pesar de ello, recibe mi más sincera enhorabuena a tu impresionante, incombustible e incuestionable texto. Son tantos los adjetivos calificativos que pasan por mi mente que se bloquea el diccionario de mi limitada memoria RAM. Como decía D. José Ortega y Gasset en su obra Meditaciones del Quijote, nuestras vidas se encuentran siempre unidas a la palabra «circunstancia», que hace famosa en su frase «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo». Y tu escrito Macu, esta? a la altura, no solo a tus circunstancias, sino también de las nuestras, y de aquellas que han rodeado siempre a las interminables obras de San Francisco. Pero sobre todo, tu artículo Macu, es una respuesta contundente a los hechos, palabras, actitudes y aptitudes de algunos que se niegan a reconocer pu?blicamente sus limitaciones humanas, y sus lamentables errores del presente continuo y del pasado más inmediato. Creo Macu, que no nos queda más remedio que inducir anticuerpos ante su soberbio y caduco “rodillo de minorías oligárquicas”. Está claro que tenemos que aprender a desconfiar sistemáticamente de aquellos dirigentes de nuestro obispado, que van diciendo por todas partes que «han hecho todo lo posible» para solucionar un problema heredado o por ellos generado, porque si de verdad lo hubieran hecho con la fe y con la perseverancia que tu citas en tu arti?culo Macu, probablemente ya no existiri?a ese problema. Lo u?nico que persiguen con esta actitud bañada en la hipocresía, es intentar lavar públicamente con agua bendita su conciencia manchada por la escasa honestidad, la vanidad y la prepotencia de aquellos que desde siempre han gozado de una incuestionable inmunidad, tan obsoleta como anacrónica e injusta.

La segunda, y no por ello menos importante columna de este bello templo del arte al que rindo pleitesía y admiración pública, es la Comunidad Agustina de nuestra ciudad. Como bien dices Macu en tu artículo, los regentes espirituales de la iglesia de San Francisco, los Padres Agustinos, han sido los grandes perdedores, los grandes olvidados y perjudicados en el debacle de la gestión de las obras de su iglesia. Esos religiosos en los que nunca ha confiado nuestro obispado, por razones aún ocultas. Incluido también el Padre Marcos, fiel defensor público -como debe ser- de su obispo. Sin embargo, a pesar de su constante actitud de sumisión y respeto ante las decisiones del obispado, nunca se les ha fichado oficialmente a ninguno de ellos para formar parte del equipo ganador de San Francisco. Al contrario, siempre han estado de suplentes, como religiosos de segunda clase, como esos jóvenes canteranos que esperan sólo una oportunidad para demostrar su valía al nuevo entrenador. Pienso que el obispado los mantiene como regentes en las iglesias de San Francisco y de los Remedios porque no le queda más remedio, y valga la redundancia. La escasa cantera del seminario diocesano no da, por ahora, para más. A pesar de ello, siguen ocupando, para muchos menesteres, un estático y olvidado banquillo repleto de tarjetas amarillas, algunas de dominio público, muchas en secreto de confesión. También ha habido incluso alguna tarjeta roja reciente, que parece que ha sido perdonada en última instancia por nuestro señor obispo por falta de pruebas. Eso espero, porque ante cualquier tipo de “castigo” sobre alguno de ellos, sus feligreses actuaremos en consecuencia. Parece que algunos han llegado a pensar que los Padres Agustinos actuaban como una especie de “mano izquierda de Dios”, que mecían con cuidado y sigilo la cuna de una especie de “resistencia armada” de feligreses opositores a la suprema e incuestionable autoridad del obispo. A estas alturas, no me extrañaría nada que estos religiosos puedan haber sido acusados, sin evidencias, de manipular y dirigir a sus parroquianos contra el obispado, de calentar a ebullición la tinta de algunas valientes y atrevidas plumas como las de Macu o la mía. Como si fuéramos niños pequeños de su colegio, fáciles de reclutar, manejar, instigar y adiestrar para crear una especie de brazo “paramilitar” de feligreses de marcado carácter reivindicativo. Creando así un grupo de autores materiales de conspiraciones secretas de marcado carácter neomasónico. Dice el sabio proverbio castellano «cree el ladrón que todos son de su misma condición». Me da la sensación que algunos piensan que todos los de su gremio son de su misma naturaleza, y en consecuencia, piensan y actúan en el mismo sentido. Nadie, repito, absolutamente nadie, ha movido ni estimulado, ni ha llenado la tinta de nuestros tinteros. Nadie ha patrocinado ni sufragado, lo más mínimo, el coste de nuestras plumas. Como sí a mí, a estas alturas, me hicieran falta estímulos para escribir. Como dice la canción de Joaquin Sabina «nos sobran los motivos». Al contrario, los padres agustinos han intentado desde siempre, con su increbrantable lealtad a sus prelados, reducir, sin éxito, nuestro justificado enojo. Sabiendo probablemente que cualquier tipo de persuasión reiterativa sobre nosotros, aparte de inútil, podría llegar a producir incluso, un posible “efecto rebote”.

Pero esta segunda columna, de grueso fuste y estípite, lleva mucho tiempo soportando todo el peso de la iglesia de San Francisco. Para los cristianos caballas, los Padres Agustinos son un modelo a seguir en muchos sentidos, pero sobre todo como religiosos comprometidos con la doctrina y el mensaje de Cristo Resucitado. Se han ganado a pulso el respeto popular como seguidores y practicantes activos de la filosofi?a del mejor pensador religioso de toda la historia del cristianismo, el Doctor de la Gracia, San Agusti?n de Hipona. Solo espero que si alguien los acusa, recuerde lo que dijo el Señor a sus detractores: «Pues dad al Ce?sar lo que es del Ce?sar y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21). Pero para dar a ellos lo que en justicia les corresponde, antes hay que mirar con detalle los grabados de la moneda de la discordia. En ella está acuñada desde antaño, con un relieve prominente hasta para los más ciegos; su extraordinaria y continúa labor cristiana. Una numismática donde la humildad y la entrega al pro?jimo es su denominador comu?n. Estas genuinas cualidades hacen que estos religiosos brillen con luz propia, y que todo su humilde esplendor derive de los valores cristianos que emanan de la doctrina de la Iglesia Cato?lica por ellos perfectamente aquilatada y aplicada. Ante todo esto, solo es posible una actitud, el infinito agradecimiento y admiración que se percibe en el reciente arti?culo de Macu, y que ahora se describe con detalle en el mío, donde de nuevo me vuelven a faltar los elogios de los adjetivos calificativos que muestren de una forma fehaciente mi admiracio?n y mi ma?s profundo respeto hacia este segundo gran pilar de la iglesia de San Francisco. Estas palabras cobran una mayor relevancia en el contexto que nos ocupa, en esta absurda batalla de continuos desaciertos de las eternas reformas de la iglesia, donde ellos siempre han mostrado un subordinado y expectante silencio. Curiosamente estas connotaciones positivas no siempre son compartidas por algunos compañeros suyos. Aunque parezca mentira, no todo su entorno opina como yo. Sus detractores pueden estar donde uno menos se lo piensa. Y hablo con conocimiento de causa. Nunca olvidare, cuando mi hijo menor inicio? su preparacio?n para la primera comunio?n en su colegio de San Agusti?n, como un presbítero recién estrenado en su ministerio sacerdotal, justo después de terminar la misa, me mostro? su contrariedad y desagrado por no hacerlo en su parroquia del Valle, donde teóricamente le correspondía. En su tono de voz se intuía ironía, sarcasmo y soberbia, al decirme que «los agustinos no son verdaderos curas», llamándoles «frailes», utilizando un lenguaje no verbal que insinuaba connotaciones de desprecio y prepotencia. Su actitud me pareció un pueril ataque de celos. Este párroco parece que pensaba en ese momento, en su ego manifiesto, que quiza?s sus largos estudios en un seminario diocesano, le habían conferido una incuestionable maestría y una indudable categoría espiritual superior sobre ellos, ante el hombre y ante Dios. Siempre he pensado que, en cualquier contexto, la envidia y la prepotencia son las dos grandes columnas que sostienen el templo de los impíos, y la ignorancia que puede derivar de una excesiva ortodoxia, el único altar que veneran los mediocres de mente, de espíritu y de corazón. En este sentido, los cristianos caballas, seglares y religiosos, tenemos que olvidar algunos comportamientos egocéntricos, y aprender del humilde talante de los Padres Agustinos. En este tiempo de adviento, tenemos que abrir nuestros corazones, para que se impregne del mensaje evange?lico de Jesús, siempre con nuestros hechos, y no solo con las palabras. En nuestra preparación al nacimiento del mesías, no solo debemos mejorar internamente, con la conversio?n de nuestra formacio?n espiritual, sino tambie?n externamente. Algunos, para variar, podrían comenzar por descartar el uso sistemático y permanente de elementos visuales, como el cre?riman y el alzacuellos, como signos disuasorios rebosantes de ancestrales connotaciones de poder, de notable distincio?n social y de clara barrera psicológica de carácter persuasivo e intimidatorio.

En estos contextos temporo-espaciales que nos ocupan, y a pesar de las reformas que se avecinan, los cristianos -en algunos aspectos- parece que seguimos como en los tiempos romanos. A pesar de nuestro ancestral legado histórico, ético y espiritual, tenemos que seguir aún teniendo cuidado en el entorno social donde vivimos. A muchos de nosotros parece que los árboles no les dejan ver un tupido bosque, que sigue estando lleno de «lobos con piel de cordero», con la sonrisa hipócrita en la boca, la patraña enraizada en su garganta, el veneno de la soberbia en su sangre, y el hielo de la envidia en su corazón. «Señor, líbrame de las aguas mansas, porque de las bravas ya me libraré yo». Que Dios perdone a quien tenga que perdonar, y a mí el primero.
 

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