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OPINIÓN - DOMINGO, 29 DE DICIEMBRE DE 2013

 

OPINIÓN / EL OASIS

Ladino
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

En esta ciudad hay con frecuencia épocas en que no se puede escribir sin peligro, ni siquiera callar sin peligro. Épocas, que se reiteran, en que si uno escribe a favor de la estúpida corriente, lo tienen por tonto; y si escribe en contra de ella, se da de manos con la inquisición: esta ciudad, como muchas otras, acostumbra a que las personas destaquen a fuerza de persecuciones.

Confieso que no tengo ni zorra idea de quién fue el periodista que se quejaba con tanta amargura, hace ya mucho tiempo; pero el párrafo aparece entre los muchos apuntes que están aposentados en mi ordenador y que el jueves, por la tarde, cuando accedí a ellos, se me vino a la vista en un santiamén.

Los periodistas –los son todos los que escriben en periódicos. Aunque a mí jamás se me ha ocurrido atribuirme tal oficio- hace ya mucho tiempo que perdieron el oremus. Conque pocos quedan con valor suficiente para rebelarse contra las imposiciones. Ya que semejante actitud es castigada severamente. Y entiendo, cómo no, que la gente no quiera arriesgar lo más mínimo.

Cada vez se nota más la falta de libertad con la que se escribe sobre los políticos. El miedo que se les tiene a los gobernantes es cada vez mayor. Y la prensa lo está pagando con creces. Produce grima, por ejemplo, asistir a una conferencia de prensa y observar detenidamente a los periodistas encargados de preguntarle al baranda de turno que la haya convocado.

Comienza la sesión y los intervinientes, que muestran un respeto reverencial por el cargo que está en el atril esperando, hacen varias preguntas, algunas ininteligibles, dada la prisa acuciante que revolotea en la sala, a las que el político no responde. Si bien accede a contarles lo que él cree conveniente y lo hace, además, como un auténtico filibustero de la palabra.

Dominado el escenario, el político, convencido de que los periodistas no son capaces de salirse del guión establecido de antemano, ni mucho menos de interrumpirle, aunque les esté contando el cuento del alfajor, obra con entera libertad, sin consideración a los demás, y les hace ver que lo blanco es negro y que lo mejor es aceptar su perorata sin rechistar. ¡Y pobre de aquel periodista que trate de poner una pica en Flandes!

En esta ciudad, el alcalde, que lleva la tira de años siéndolo, ha convertido sus comparecencias públicas en actos dedicados a enaltecer su figura y a propalar sus logros. A veces, las más, habla en lengua ladina y los informadores no entienden ni papa de lo que dice. Pero ninguno se atreve a levantar la mano para ponerle al tanto del asunto. Ya que existe, muy cerca de la primera autoridad, un asesor, de porte desaliñado, dispuesto siempre a impedir cualquier acto de desobediencia en la sala.

Ya que hay unas normas establecidas y que han sido acatadas por quienes acuden a la cita sabiendo que no se pueden hacer preguntas incómodas en compensación a la oportunidad que los periodistas tienen de ser saludados por nuestro alcalde y de disfrutar de su verbo florido y hermoso.

Meses atrás, debido a una petición expresa, decidí yo asistir a una conferencia de prensa de nuestro alcalde. Expectación en la sala. Las preguntas iban surgiendo con recelo y nerviosismo acusado. Y las respuestas de nuestro alcalde se hacían interminables, agotadoras… Y no respondían a lo inquirido por el personal de la pluma. Decidí intervenir. De haberme descuidado, me habrían sacado en volandas del lugar. Comprendo, pues, a los periodistas.
 

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