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OPINIÓN - LUNES, 6 DE ENERO DE 2014

 

OPINIÓN / LA ZARPA

Cárdenas y Rivera
 


DICIEMBRE Basurco Díaz
opinion
@elpueblodeceuta.com
 

Un movimiento semejante sólo puede surgir en el seno de la tercera clase de la sociedad, al pequeña burguesía que, en la sociedad capitalista, existe al lado del proletariado y de la burguesía cuando la pequeña burguesía se ve tan duramente afectada por la crisis estructural del capitalismo maduro y se sumerge en la desesperación (inflación, quiebra, para masivo, pérdida de licenciados y empleados técnicos, etc.). Entonces, al menos en una parte de esta clase, surge un movimiento típicamente pequeño-burgués, mezcla de reminiscencias ideológicas y de resentimiento psicológico, que alía a un nacionalismo extremo y a una violenta demagogia anticapitalista, al menos verbal, una profunda hostilidad con respecto al movimiento obrero organizado (“ni marxismo, ni comunismo”)”. El fascismo. Ernest Mandel, 1969.

Por internet anda circulando estos días un audio del periodista catalán Javier Cárdenas en el que muestra su malestar y disconformidad ante el tratamiento que los medios catalanes ofrecen del debate sobre el derecho de autodeterminación. Reconozco que comparto las primeras afirmaciones del antiguo buscador de frikis de “Crónicas Marcianas”. Cárdenas comienza atacando a Artur Mas, desmontando el discurso del Presidente de la Generalitat consistente en el eslogan “España nos roba”, haciendo ver que las políticas de Mas no son distintas a las de Rajoy. Ambos recortan, ambos gobiernan en favor de los poderosos, ambos representan a lo que en la izquierda siempre hemos conocido como “burguesía”, es decir, ambos están en contra de los intereses la mayoría social, sea esta española, catalana o de Pekín. Hasta aquí estoy de acuerdo. Lo malo viene después, cuando el periodista utiliza esta realidad incuestionable para, por un lado, negar el derecho a decidir de los catalanes y, por otro, hacer campaña en favor de Albert Rivera. Ahí lo siento mucho, pero los que de verdad estamos con los de abajo debemos distanciarnos del mensaje de Cárdenas.

Albert Rivera es el líder del partido catalán y nacionalista español Ciutadans (ciudadanos) y precursor del “Movimiento ciudadano”, una especie de extrapolación de los ideales de su partido al conjunto del estado. Rivera es, sin duda, un político notable. Es joven, tiene buena planta, está formado y tiene labia. Es el yerno perfecto. Cada vez que habla, cientos de madres afirman: “este muchacho me gusta mucho”. Es normal. El discurso de Rivera es un discurso fácil de oír. ¿Por qué? Pues porque no dice nada. Rivera, al igual que Rosa Díez y UpyD, aprovecha la mala imagen de la política para presentarse a sí mismo como no político. Su mensaje, resumido, sería algo así: “las ideologías son malas. No hay izquierda ni derecha, sino honrados y no honrados. Todos remamos en el mismo barco, todos somos españoles”. Albert Rivera y su movimiento dibujan una realidad inexistente. Sí que existen las ideologías y no todos vamos en el mismo barco. Y aunque pretenda negarlo, no todos los habitantes del estado se sienten españoles. Gustará o no, pero es así. La vida no es como la pinta Campofrío.

El hecho de no identificarse con ningún bando, de no “significarse”, responde al objetivo de intentar sacar votos de todos lados, algo que sólo es posible engañando al vulgo. Ya se sabe que cuando un obrero y un banquero votan al mismo partido uno de los dos se equivoca...y nunca es el banquero. Los partidos políticos existen para representar a sectores de la sociedad. Si no hubiera clases sociales con intereses diferenciados no tendría sentido el régimen pluripartidista. Decir que lo que nos une es nuestra nacionalidad no es más que apelar a un hecho insustancial, abstracto, algo que no nos define en absoluto, que no define nuestro papel en la sociedad, en el proceso de producción y creación de riqueza. Buscar unir a los diferentes es negar las diferencias, no solucionarlas, y negar las ideologías es, básicamente, asumir una ideología conservadora. Cuando negamos la ideología reconocemos que aquello que debe guiar la vida en sociedad no son unos valores (ideología) sino un ente “apolítico”. Cuando negamos la ideología política abrazamos la ideología del mercado. Eso es Albert Rivera: españolismo y totalitarismo de mercado escondidos tras un discurso atractivo, diseñado para atraer el descontento de las clases medias y ponerlo al servicio del capital. ¿Es nueva esta estrategia del poder? No, ya la conocimos en los años 30. Entonces, vimos su cara más brutal, autoritaria y criminal. Se llamó fascismo.

Cuando alguien piensa en fascismo, es probable que lo que invada su mente sea alguna imagen de Benito Mussolini o Adolf Hitler con el brazo en alto. Sin duda, el fascismo tiene sus iconos y sus rituales, pero para comprenderlo debemos ir al fondo, a su razón de ser, al motivo de su nacimiento. Debemos alejarnos de los orangutanes que asaltan librerías y se afeitan la cabeza. El fascismo, en esencia, es un proyecto de clase que surge siempre en los momentos de crisis, cuyo objetivo no es otro que el de preservar los intereses del gran capital.

En las crisis de régimen, la gente necesita discursos nuevos. El poder lo sabe y por eso echa mano de movimientos fascistas. El fascismo adopta un lenguaje atractivo y adaptado a los tiempos, pero siempre teñido de antiobrerismo, de odio hacia las ideologías, de odio hacia la política y los movimientos que de verdad cuestionan el orden establecido. Albert Rivera no es un fascista, pero sí que ofrece un discurso con rasgos fascistas, con esencia fascista en última instancia. No duda en condenar todo acto “ilegal”, equiparando legalidad a legitimidad. No apoya los actos del SAT, ni los escraches, ni a los que se ponen delante de la policía para frenar desahucios. No critica al sistema, sino los “excesos” del sistema, defendiendo la legalidad injusta de los poderosos, haciendo creer a los de abajo que el problema son los asesores, los coches oficiales o el senado. No habla de la deuda injusta e impagable que nos condena, ni de reforma fiscal, ni de derechos laborales, ni de nacionalizaciones de los sectores estratégicos de la economía. No ofrece soluciones para los de abajo, sino estabilidad para los de arriba.

La derecha está encantada con él. En Intereconomía le hacen la ola y periódicos conservadores hacen campaña a su favor. Saben que no es alguien que represente un problema para la preservación de sus privilegios, sino todo lo contrario: saben que, como el fascismo en los años 30, hoy son Rivera y UpyD las opciones que, de romperse el régimen bipartidista del 78, mantendrán todo atado y bien atado. Como bien señalaba en octubre el sociólogo Jorge Moruno en su artículo “Los nuevos dinosaurios, el movimiento del primo de Rivera”, “la puesta en escena del Movimiento Ciudadano busca mostrar mesura y concordia rechazando el desacuerdo y el conflicto, abrazando el consenso y la unión. El conflicto no es agradable, es mejor pensar en positivo, negar la realidad y unirnos todos sin discutir que unos pocos viven a costa del tiempo y esfuerzo de muchos”. Señoras, que no se la peguen. Ni Intereconomía ni Cárdenas.
 

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