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OPINIÓN - VIERNES, 14 DE FEBRERO DE 2014

 

OPINIÓN / EL OASIS

Necedades y bajezas
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Uno, que nació cuando aún sonaban los últimos cañonazos de nuestra guerra incivil, comenzó a frecuentar muy pronto los trenes y tuvo la oportunidad de verlos repletos de personas que emigraban a lugares donde evitar la muerte por hambre. En aquellos trenes, llamados carretas, porque no corrían sino que iban deprisa y se detenían hasta en los apeaderos, los migrados, con sus maletas de cartón piedra, amarradas con una cuerda, prueba manifiesta de pobreza, llevaban impreso en la cara el dolor, el enorme dolor que sentían por tener que desertar del lugar donde fueron nacidos. Esa patria de la infancia que jamás se olvida. Drama.

España, que hace nada necesitó de Suramérica para sus exiliados políticos, y del mundo entero para sus pobres, lleva años sufriendo el asedio de quienes llegan soportando todos los males habidos y por haber con tal de pisar un suelo donde creen que, al menos, podrán subsistir. Lo que no deja de ser grave error. Ya que España, con seis millones de parados, y una clase media que ha perdido su poder adquisitivo, y en la que los comedores sociales no dan abasto, y donde la miseria propicia que los contenedores de la basura sean objetos del deseo de quienes están sometidos a la canina, no reúne condiciones para admitir a más hambrientos.

Si la hambruna existe en el mundo es porque les conviene a quienes podrían erradicarla en un amén. Pero sobran palabras y faltan hechos. Aún me acuerdo de cuando Jhon F. Kennedy decía que si una sociedad libre no puede ayudar a sus muchos pobres, tampoco podrá salvar a sus muchos ricos. Pero la prédica de Kennedy quedó superada por el concepto que tienen los capitalistas de la pobreza. El señor capitalista afirma, socarrón: “Es el destino quien hace a los pobres”. Pero a ver qué político le pone el cascabel al gato haciendo un programa contra los ricos y no contra la pobreza.

Me hace mucha gracia oírle decir a cualquier político, simulando bondad, eso tan socorrido de que no podemos sentirnos felices mientras otros viven en la miseria. Y, tras pronunciarse así, se quedan tan panchos. Y, desde luego, me entra la risa nerviosa nada más leer este primer párrafo de un artículo de Juan Luis Aróstegui: “La decadencia viene del debilitamiento de los principios. La laxitud moral prolongada nos ha llevado a vivir en la más nauseabunda decadencia. Esta sociedad, esclava de la fútil opulencia, está irreversiblemente enferma. Sólo una revolución ética y tal y tal y tal”.

A mí no me sorprende que la política esté apestada de necedades y miserias, de vanidades, de torpes intenciones, de bajezas y de envidias. Y de tipos que no dudan en hacernos creer que somos culpables de la muerte de los inmigrantes que deseaban por encima de todas las cosas llegar a España. Como si esas muertes nada más que les afectaran a ellos.

Tras producirse el desgraciado suceso, he leído las críticas que se le han hecho al Delegado del Gobierno. Una de ellas se refería a su forma de contar los hechos. Y llevaba razón el articulista. Aunque ello no quiere decir que Pacoantonio carezca de buenos sentimientos. Si bien su forma de expresarse propicie creerlo. En el caso del dirigente de Caballas, en cambio, parece estar deseando que González sea visto como culpable del desaguisado y hacerle caer de su cargo con esa tacha para inutilizarlo políticamente. A JLA se le ve el plumero. ¿Creen ustedes que el asesor principal de nuestro alcalde podría ser un buen Delegado del Gobierno?
 

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