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OPINIÓN - LUNES, 3 DE MARZO DE 2014

 

OPINIÓN / ALGO MÁS QUE PALABRAS

El sol despierta para todos por igual
 


Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net
 

Me gusta ver espigar el sol al romper el alba, despertarme y descubrir que nace para todos por igual, sin distinción de género, ni horizonte. No es preciso subordinarse a nadie, tampoco a nada, para disfrutar de su armónico amanecer. Este goce natural ha pervivido en el tiempo hasta que el ser humano dejó de sentir la poesía como pulso de su vida. La desigualdad ha sido una creación humana, un negocio interesado para propiciar discordias, un signo de opulencia que genera egoísmo y rompe la armonía. A raíz de este absurdo acaparamiento, o apropiación indebida, ya no todos tenemos las mismas posibilidades. Realmente tampoco transitamos del derecho a los hechos. La realidad nos revela, que esta igualdad de buenas intenciones entre mujeres y hombres no pasa del papel a la práctica. Para respetar este nativo orden, es necesario oponerse a tantas falsas concepciones que impiden actuaciones conjuntas y básicas como es el bien común de la persona con las características complementarias, jamás excluyentes, de lo que es femenino y masculino.

En consecuencia, pienso que es hora de afrontar multitud de discriminaciones que habitan en el mundo. Este mes de marzo, coincidiendo con el día internacional de la mujer (día 8), puede ser un buen momento para reflexionar sobre los avances y los retrocesos, y también para trazar nuevos objetivos, máxime en un momento en que se está elaborando una nueva agenda mundial para el desarrollo sostenible después de 2015. Por eso, ya me gustaría que, en todo el planeta, ese sol que nace para todos, fuese verdadero agente de cambio social. Mujeres y hombres están llamados a coordinarse, a trabajar unidos, lejos de cualquier sueño, bajo el deber de complementar talentos en la mejora de una sociedad más hermanada humanamente. Algo que, evidentemente, requiere una gran sensibilidad para poder armonizar el acercamiento entre unos y otros, la cordialidad entre familias, para asegurar que todo ser humano pueda vivir libre de la violencia en cualquier lugar, recibir igual remuneración por trabajo semejante, tener voz en todas las tribunas y en todas las agendas de poder. En definitiva, tenemos que normalizar lo que se ha desnaturalizado.

Ciertamente, debemos asegurarnos de que el género no es motivo de discordia entre los ciudadanos de este mundo. Todos poseemos derecho a participar de ese sol de justicia y, de hacer justicia, donde no exista. Una sociedad del conocimiento como la presente no puede dejar de resolver que mujeres y hombres, ambos por igual, están llamados a construir un mundo más habitable, y lo será, en la medida que se avive la armonía entre sus moradores. En ese amanecer diario precisamos ocuparnos más de lo naciente. Si nuestro cuerpo y nuestro espíritu no caminan ensamblados, difícilmente vamos a tener días de sol. Lo mismo sucede entre las personas, precisamos que nos dejen ser nosotros mismos para percibir los movimientos naturales y, de este modo, experimentar un respeto natural por la diversidad desde la concordia.

A mi juicio, este propósito tiene una importancia capital a través de la educación y la cultura, dos ventanas que forman y conforman el punto de inicio y el inevitable nexo de partida desde el que se puede comenzar verdaderamente el cambio para construir un mundo más de seres humanos, sin divergencias absurdas, sabiendo que toda discriminación es una forma dominadora contraria a la misma naturaleza de la que formamos parte. Sin lugar a dudas no existe una fuerza más poderosa, que la unión de hombres y mujeres trabajando, con claridad de mente y rectitud de hábitos, por horizontes comunes que dignifiquen al ser humano como tal, mejorando su convivencia cívica y estableciendo el fin de toda violencia.

Es verdad que todos los años, por esta fechas, solemos repetir una y mil veces: el NO a la violencia doméstica y los abusos, a las violaciones, a la trata de seres humanos, a la mutilación genital femenina, al matrimonio infantil, al feminicidio en general; y, aunque esto ha contribuido a mejorar el respeto entre las mujeres y los hombres, aún queda mucha tarea por enmendar y corregir. Objetivamente, asumo que el cambio es posible en la medida en que el compromiso sea real y la impunidad deje de existir ante este tipo de atropellos. Por desgracia, son muchas las mujeres que hoy viven con miedo. Y, lo peor, es que siguen sin ver un rayo de luz en su camino.

En todo caso, a pesar de las penumbras discriminatorias, los seres humanos, abandonando cualquier forma de intolerancia y aislamiento, estamos llamados a hacer extensiva la conciliación de género en el planeta. En este sentido no sólo tenemos que reflexionar sobre la convivencia de mujeres y hombres en igualdad, también hemos de celebrar la valentía de muchas mujeres en la lucha permanente. Gracias a su coraje, sabemos que en los países en los que hay más igualdad de género también se percibe un mayor crecimiento económico. Según Naciones Unidas está comprobado que las empresas que cuentan con más líderes mujeres logran mayores rendimientos. Asimismo, los acuerdos de paz que incluyen a las mujeres además son más duraderos. Estas situaciones lo único que hacen es acentuar la esencialidad del avance de género para asegurar el bienestar de todas las sociedades del planeta.

Considero, pues, como conclusión, que todos los gobiernos del mundo, si en verdad desean que el sol amanezca para todos por igual, deberían reconsiderar las diversas discriminaciones basadas en el género, como puede ser la violencia contra las mujeres y las niñas, un fenómeno universal que está teniendo enormes costos para las sociedades; igualmente la igualdad de oportunidades, recursos y responsabilidades; además de asegurar que las mujeres tengan voz en los espacios de toma de decisiones.

Sin embargo, no todo está perdido. Hay motivos para la esperanza. Por ejemplo, que entrase en vigor el Tratado Internacional sobre los derechos de los trabajadores domésticos, - muchos de los cuales son mujeres-, los mismos derechos laborales básicos que los demás trabajadores. O que las mujeres logren una cifra sin precedentes del 63,8% de los escaños parlamentarios en Rwanda (cámara baja) - un salto de casi un 8 por ciento desde sus últimas elecciones, siendo el único parlamento en el mundo con una mayoría de mujeres. O que se adopte una Resolución sobre el fortalecimiento del papel de las mujeres en la prevención y la recuperación de conflictos. O que una mujer como Malala Yousafzai, reciba el premio de Derechos Humanos, por su esfuerzo al derecho a la educación de Pakistán.

Por suerte, hay muchas más pruebas, pero es suficientemente esclarecedor, sobre todo para dejar de manifiesto que es necesario continuar prestando especial atención a las cuestiones relativas al género, puesto que aún es mucho lo que queda por hacer.
 

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