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OPINIÓN - MIÉRCOLES, 2 DE ABRIL DE 2014

 
OPINIÓN / ANALISIS

Cuando entra la inquina como aditivo,
el criterio de quien enjuicia pierde sentido

Por Ramiro T.


La Coalición Caballas no desaprovecha oportunidad para hacer gala de su animadversión contra el delegado del Gobierno, sea por el tema que sea. La seguridad, la problemática de Benzú, las células de habitabilidad y un sinfín de asuntos en los que se pronuncia o afectan a Francisco Antonio González Pérez, encuentra en Caballas a una especie de azote de herejes, como si quisieran mortificarle de por vida por ocupar el cargo que desempeña. Un comportamiento que no es equiparable al sentido crítico que dispensan al presidente de la Ciudad, Juan Vivas, con el que son mucho más tolerantes y, desde luego, menos agresivos, dejando aflorar un pacto entre el presidente de la Ciudad y Aróstegui cada vez más evidente.

Todos quienes ejercen una función de responsabilidad pública merecen un análisis a su gestión sin acritud y con sentido de equidad. Cuando entra la inquina como aditivo, el criterio de quien le enjuicia pierde sentido y se convierte más en una “vendetta” que en un pronunciamiento exigente. No parece justo ni sensato que, aquéllos que se quieren erigir en el paradigma de la legalidad vigente, muestren una cara ante unos políticos y otra bien distinta hacia otros.

El delegado del Gobierno puede que se equivoque, como todos hacemos, y que no esté acertado en alguna de sus actuaciones pero de ahí a convertirlo en el único problema para Caballas, no deja de ser un desatino tan grande como polarizar todos los problemas de este pueblo en la institución de la Plaza de los Reyes. Y los términos utilizados por Caballas y en especial por Juan Luis Aróstegui contra Francisco Antonio González, más que descalificar a éste, ponen en evidencia a los coaligados, que pierden la razón que puede acompañar a algunos de sus argumentos. Sus fobias son indiscutibles y se atisba más un asunto personal que las verdaderas razones de la crítica exacerbada. No se olviden que todos tenemos el derecho a equivocarnos. Aróstegui debería saber que uno no esta jamás tan cerca de la estupidez como cuando se cree sabio.
 

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