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OPINIÓN - VIERNES,27 DE JUNIO DE 2014

 
OPINIÓN / COLABORACION

Bodas de Plata de un servidor
de Dios, de un ejemplo a seguir

Por Jacobo Díaz Portillo


Hace un cuarto de siglo, el día de San Juan bautista, en un pequeño pueblo de Castilla, Villaprobedo, era el momento para la uva madurada por los suaves rayos dorados del Espíritu Santo. Era tiempo de cosecha, y todos se engalanaron para recoger aquel fruto más preciado que sin duda daría el mejor vino de esa añada. En la villa, no eran las fiestas de San Sebastián, su patrón, ni había la tradicional merienda al final de la tarde, pero un paisano de ese pueblo castellano era ordenado sacerdote agustino en la catedral de Palencia. La familia, engalanada y alborozada por tan preciado don; los amigos, todos contentos de poder besar las manos del nuevo sacerdote. Han pasado 25 años de esa cosecha, la uva se ha transformado en vino, madurando en los mejores barriles de roble, y el joven “tempranillo” se ha transformado en el mejor “gran reserva”. El pasado 24 de junio, día de la natividad del bautista, se cumplieron las bodas de plata de aquel acontecimiento, mirado con gozo por la Virgen de los Remedios. Muchas felicidades Isidro. No te preocupes por la lejanía, que todos tus paisanos se ha unido de nuevo a tu fiesta, dando gracias a Dios siempre con alegría, por esta nueva cosecha del prematuro estío, por ese regalo divino de la nueva vida sacerdotal del joven Isidro que ha madurado y mejorado con el tiempo como los mejores vinos de Arlanza. Bajo la bendición de la Virgen palentina de la Calle, con los ojos puestos en Jesús, y la mente en el legado agustiniano, siempre con la mirada al frente, el nuevo catecúmeno fue creciendo en humildad y sabiduría. Con el gozo de darlo todo al servicio de los demás, sin guardarse las fuerzas para el mañana, dando siempre un paso al frente y sin mirar atrás, Isidro lo dejo todo y siguió al nazareno. Bebiendo siempre de la fuente de la creatividad del Doctor de la Gracia, con el apoyo de sus compañeros agustinos, se entregó en cuerpo y alma a sus alumnos, esos pequeños “diablos” que, sin duda, le han encomendado las misiones más difíciles que ha tenido en su vida. ¡Felicidades por su aniversario! Los peregrinos agustinos nos unimos a él en ese día bautismal para dar gracias a Dios por los dones con los que le ha colmado, para celebrar el cumplimiento de esa difícil tarea de servir a los demás que le había encomendado el dueño del viñedo. ¡Cuántas viñas de amor has sembrado en su camino! ¡Cuánto ha recibido de las comunidades cristianas en las que ha sembrado sus mejores cepas de uva! ¡Cuánto camino recorrido como eterno peregrino agustino en el seguimiento incondicional a Jesús! Padre Isidro Labrador De la Parte, no se detengas en su caminar ¡Cuántas “partes” de los inmensos viñedos de uva de Dios le quedan todavía por “labrar”! Cuántos campos baldíos le quedan todavía por sembrar! Sigue bebiendo del fruto de la vid, que es la sangre de Cristo, que emana, fluye y corre por sus venas, para que su pozo ciego de amor siempre tenga agua de vida que dar al sediento. Sigue participando en esa cena que cautiva, recrea y enamora, sigue alimentándote con ese pan bendito, fruto del trabajo del hombre, para que puedas partir y compartir siempre el cuerpo de Cristo con los más débiles y necesitados, con los más hambrientos. ¡Ánimo, Padre, peregrino, hermano, compañero y amigo! Todos los hermanos de la comunidad agustiniana en Ceuta, y todas esa piedras vivas paulinas que formamos parte de esa eterna iglesia “cerrada” de San Francisco, propagaremos el eco de nuestras felicitaciones más sinceras, que llegará sin duda alguna a ese pueblo de la Castilla de Machado, al monasterio de la Vid, y a tantos sitios donde tiene hermanos y amigos que le recuerdan y le quieren. El pasado martes, ante la atenta mirada de nuestra Madre de los Remedios, tu SÍ renovado a Dios misericordioso nos llenó de alegría y de gozo. ¡Muchas Gracias Padre Isidro por su nuevo compromiso!

La lectura de los textos bíblicos que narran el nacimiento y la vida de Juan el Bautista fueron el preludio de la entrañable homilía del Padre Isidro. La palabra escrita de Dios nos abrió el camino para entender mejor la identidad y la misión de su sacerdocio. El auténtico sacerdote es sacramento y prolongación de Cristo en el hombre, es el único camino de servicio a los demás. Tengo que reconocer, me impresionó esa frase pronunciada por él prior durante la homilía, «yo no soy nadie sin el que viene detrás de mí, ese que me empuja, me anima y me compromete. El sacerdote es la voluntad de Cristo, pues solo actúa en su nombre».

Me dio la impresión Padre Isidro que cuando más se vive la vida sacerdotal bajo el mensaje de San Agustín, el conocimiento se trasforma en un continuo desafío, el estremecimiento del reto se convierte en abismo de amor, el miedo en alegría, y el trabajo en agradecimiento. Por ello, sólo desde el poder del servicio a los demás, sólo desde el Magníficat, se acaba aceptando el misterio y la gracia que comporta y compromete la auténtica vocación sacerdotal. Solo con la humildad hacia los demás, mostrada por el servicio, hace tomar conciencia efectiva y viva de su verdadera identidad y grandeza como persona, esa grandeza que solo Dios le ha confiado al Padre Isidro, para que sus benditas manos sean el instrumento que nos moldee a nosotros, sus feligreses, esas humildes y pobres vasijas de barro siempre frágiles e inacabadas.

Lleno hasta la bandera en una entrañable celebración colmada de amigos, felicitaciones y bendiciones. Desde mi modesto entender, solo hubo dos ausencias injustificables, la primera el sonido de las nuevas campanas de San Francisco, anunciantes de la buena nueva, pues la ceremonia tuvo que ser realizar en la parroquia de los Remedios, y no en la que es coadjutor principal, como sin duda hubiera sido su deseo, aunque él, en ningún momento hizo alusión al tema, que yo solo me atribuyo, ni entró en este fácil y cómodo comentario ante un foro favorable. Por eso no se preocupe Pater, que si Dios nos conserva la salud y las fuerzas para luchar en la vida, estaremos todos en San Francisco para celebrar sus bodas de oro. La segunda ausencia fue el vicario general, Juan José Mateos, que probablemente en esos momentos estaba más ocupado que nunca “apoyando, como siempre, incondicionalmente” a la mesa permanente del Consejo de Hermandades y Cofradías en su duro trance, misión sin duda de mayor importancia que ser testigo público de un evento que no se celebra todos los días precisamente. ¿Dónde estuvo la manifestación testimonial de esa supuesta amistad? ¿Dónde estuvo esa empatía sacerdotal? Una pena, pero como dice el famoso refrán castellano, «no se pueden pedir peras al olmo».

El Padre Isidro, agradeció al Señor por ser elegido, por este don maravilloso e inmaculado, siempre inmerecido para el ser humano, pero que, por la infinita gracia y misericordia de Dios, es capaz de donarlo al ser humano. Creo que, al reflexionar públicamente sobre su vida, al recordar estos 25 años de servicio a Dios, pienso que ha comenzado a mirar la vida de un modo distinto. Recordó algunas anécdotas, como las palabras del obispo de Palencia, que al concederle el sacramento del sacerdocio, le insinuó pasarse a sus filas diciéndole: «Son muchos los curas agustinos, y pocos los diocesanos». Pero a Isidro, la vocación agustina le venía con la sangre de su tío, recientemente fallecido. Son muchas las cosas que, sin duda, este sacerdote ha vivido durante estos 25 años; muchas alegrías, también algunos momentos de tristeza, y desengaño, de dolor, de angustia, o desprecio, pero sobre todo, al celebrar estos 25 años, nos ha mostrado su infinito agradecimiento a Dios por haberse fijado en su humilde persona para su causa.

Al escuchar su homilía comprobamos que en este sacerdote, la mejor bendición, mejor la catequesis, la mejor conversación, la mejor iniciativa, el mejor plan pastoral, la mejor plática, ha sido el poder que emana de su incondicional servicio a los demás durante estos 25 años. Ese poder comprometido al repartir el amor en la mesa de los sacramentos, en el púlpito de la oratoria, en la cátedra de su priorado, en el areópago de la palabra, pero sobre todo en el servicio humilde, misericordioso, suave pero firme de su pastoreo. Durante su homilía el Padre Isidro nos confesó que, según han ido pasando los años, se ha ido convenciendo que la clave del sacerdocio no es otra que el servicio a los demás, ese es el auténtico poder del sacerdocio. Por ello, el consagrado debe ser testigo de Dios mediante su continuo poder de servicio a los demás. De ahí, la necesidad de una, intensiva y comprometida vida de entrega a Dios por medio de la ayuda a los demás. El sacerdote agustino, dijo que no es nada ni nadie sin Jesucristo, y sin el legado del Doctor de la Gracia. Está aquí solo para servir con amor, para predicar un amor de Dios, donde es testigo en primera persona, una forma de amar donde la verdadera medida del amor es un amor sin medida. En sus palabras, el Padre Isidro nos dijo que no hay nada más importante y más decisivo en la vida que servir a los demás, y que el sacerdote está llamado a ser especialista en esta servidumbre incondicional. Del primer servidor de Cristo, de su último profeta, del servicio a los demás mediante el bautismo nos hablaba Isidro de San Juan en su fiesta de natividad.

El Padre Isidro siempre ha estado con nosotros en el camino agustino. Su constante peregrinación nace de sí mismo y de sus seguridades. Eso se percibe y se trasmite no solo en las palabras de su homilía, sino en su quehacer diario. En estos 25 últimos años se ha arriesgado en el trazado de distintos caminos agustinos que conducen a Dios. Pues aunque siempre amenace la incertidumbre del destino, la borrasca, la nieve, el viento o el frío de un invierno cansino que parece que nunca acaba, la primavera siempre llega, y también la cosecha del solsticio del estío para el que ha sabido labrar, sembrar, abonar, regar y esperar el divino fruto de las viñas del Señor. Gracias Padre Isidro por su permanente compañía y guía espiritual a sus feligreses, sus amigos, que gracias a él nos hemos desposeído de nuestras certezas, autosuficiencias y comodidades. Pues ya lo dijo el poeta sevillano adoptado en Castilla, «caminante no hay camino, el camino se hace al andar». Mi más sincera felicitaciones a un agustino comprometido en sus 25 años de camino sacerdotal, que con su trabajo y esfuerzo nos han brindado este maravilloso regalo; el testimonio de un largo camino de fe, a veces duro, gélido, tortuoso pero lleno de vida, alegría, amor y esperanza. Un camino con un único destino, ese que sin duda, nos lleva siempre a Dios.

Felicidades a un sacerdote, que como San Juan bautista, siempre apuesta por el mensaje del que siempre viene detrás de él, ese que lo anima, lo empuja, y lo compromete en su quehacer diario, ese del que nadie es digno ni para desatarle sus sandalias. Felicidades Padre Isidro en su aniversario, pero sobre todo, muchas gracias por ser como eres.
 

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