PortadaCorreoForoChatMultimediaServiciosBuscarCeuta



PORTADA DE HOY

Actualidad
Política
Sucesos
Economia
Sociedad
Cultura
Melilla

Opinión
Archivo
  

 

 

OPINIÓN - SÁBADO, 10 DE ENERO DE 2015

 
OPINIÓN / CARTAS AL DIRECTOR

¿Y después qué?

Por Jesús González


Leyendo las diferentes columnas de los periódicos y escuchando las opiniones de los tertulianos de radio y/o televisión, después de la matanza de París, uno tiene la impresión de haberlas leído y escuchado ya con anterioridad. Y, en efecto, cuando los atentados de EEUU, el 11 de septiembre de 2001, el de Madrid, el 11 marzo de 2004, el de Londres, el 7 de julio de 2005 y el de Bruselas, el 24 de mayo de 2014, ya se escribieron columnas en las que se afirmaban contundentemente que aquellos actos de terror eran ataques contra nuestras libertades. Asimismo, se escribió y se dijo que eran actos de barbarie y de fanatismo. También se trajo a colación la manoseada tolerancia. ¿Con los bárbaros? En fin, que aquellos actos de terrorismo eran un atentado directo contra el corazón de nuestras libertades, nuestra forma de vivir y contra la democracia. Y que estas matanzas lo único que consiguen es causar mucho dolor y tristeza en las sociedades europeas, y, de rebote, ponen en el punto de mira del rechazo a las poblaciones musulmanas radicadas en Europa. Exactamente se ha vuelto a escribir y a decir lo mismo después de la masacre de Charlie Hebdo. Todo ya suena a dicho, suena a viejo, suena a excusa. ¿Y después qué?

Aquí lo que hay es un problema con los musulmanes asentados –inmigrados o nacidos– en suelo europeo. Admitamos que no con todos, pero sí con una parte no desdeñable de ellos. No bien salimos de una cuando estamos metidos en otra. No se han apagado los ecos de alguna matanza, de alguna tropelía, cometida por individuos de esta comunidad cuando estamos asistiendo a otra. Pero ¿en realidad conocemos al musulmán o simplemente conocemos un estereotipo del musulmán? Hablamos de musulmanes ‘moderados’, como si realmente pudiéramos hacer una clasificación de los musulmanes, en ‘moderados’ y ‘radicalizados’. Tengo la sensación de que Europa se equivoca respecto del musulmán. No hay un “Islam de rebajas” y menos un “Islam sin Islam” . El control que se ejerce sobre los musulmanes en sus países de origen se ha trasladado a Europa. En modo alguno, en un contexto como el europeo, se le permite al musulmán “transigencia ni flexibilidad en los deberes como creyente”. Es más, los imanes trasladados a los países europeos elaboran fatuas contra los musulmanes que están en “búsqueda constante de lo más fácil, de lo más sencillo y de lo más moderado”. Insisto, no hay musulmanes ‘moderados’ ni hay un “Islam de rebajas”. ¿Eso lo saben los prebostes europeos llamados a dirigir los países en donde hay comunidades musulmanas?

Se quiera o no, el musulmán ha sido instruido desde pequeño en la obediencia a la sharia, la lectura del Corán y en los hadices del profeta. Todo ello ha sido asimilado en las escuelas coránicas, en donde se ha de memorizar el Corán. No se nos debe ocultar que en ese libro, como en la Biblia, la violencia aparece, a veces, bien soterrada, bien explícita. No hay que olvidar el contexto en que fue revelado y a quienes iba dirigido. Tan poco se debería soslayar que en el mundo arabo-islámico Occidente no es visto con ojos benévolos. Pues bien, con esta carga religioso-emocional, el creyente ha de manejarse en una sociedad laica, descreída y refractaria a todo lo que huela a Islam. Y, por qué ocultarlo, en cierto modo, discriminatoria con el extranjero. ¿Cómo se conduce el musulmán en una sociedad así? Pues, para decirlo resumidamente, todo lo que no es contrario a la sharia ha de ser admitido. En caso de duda, sin infracción a la sharia, el creyente ha de ser pragmático para conseguir llevar a cabo sus intereses, si no hay otro modo, no hay inconveniente alguno en actuar, siempre y cuando no se exija a los musulmanes “concesiones más importantes que los intereses de que se beneficiarán”.

“Ordenar el bien y prohibir el mal”, he aquí los dos mensajes del Islam. Y a ellos, como es obvio, el musulmán ha de ajustar su conducta. Cuando el creyente cree que el Islam o el buen nombre del profeta son atacados, entonces, piensa que su deber es intervenir para reestablecer el bien y castigar el mal. En este caso, “la figura del terrorista suicida, en tanto que mártir por la causa de Alá, resulta claramente diferenciada de la del suicida que el Corán condena”.

Ahora bien, es de ciegos no querer ver que cada vez más europeos rechazan la islamización de Europa. No quieren que más inmigrantes musulmanes se instalen en sus sociedades. Pero también sería de necios ocultar que el comportamiento incívico a todas luces y las continuas exigencias de no pocas comunidades musulmanas exasperan los ánimos de los autóctonos. Y, asimismo, sería de mal nacido incluir a esos ciudadanos que rechazan la islamización del tejido social europeo en las filas de los xenófobos o de la extrema derecha. Si con los millones de musulmanes que se han instalados en suelo europeo los problemas no han dejado de crecer, ¿cómo se va a incentivar la llegada de oleadas de inmigrantes, legales o no, de países islámicos? La solución, se repite una y otra vez, pasa por la integración, pero hay que reconocer que o no somos capaces de integrar o ellos no desean integrarse en ningún tejido social extraño al islámico. Si es así, volverán a repetirse escenas como la de París.

Es preciso traer aquí que la siembra de una exaltación primaria de la fe y de la yihad, y de una visión apocalíptica de las relaciones entre Islam y Occidente –como escribe Antonio Elorza– no puede dejar de tener efectos desastrosos.
 

Imprimir noticia 

Volver
 

 

Portada | Mapa del web | Redacción | Publicidad | Contacto