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OPINIÓN - DOMINGO, 18 DE ENERO DE 2015

 
OPINIÓN / CARTAS AL DIRECTOR

¿Nada que ver con el Islám?

Por Jesús González


Después de los terribles atentados del 7 de enero en Francia, aquellos que tienen responsabilidades políticas, la prensa en general y dirigentes religiosos de todo pelo y condición se han apresurado a manifestar que todo ha sido obra de “iluminados que no tienen nada que ver con la religión islámica”. Obviamente, ha habido, también, quienes han afirmado enfáticamente que detrás de estas fechorías y de quienes las han llevado a cabo se encuentra una determinación político-religiosa que hunde sus raíces en el Islam, en sus preceptos coránicos y en los hadices del Profeta. Quienes sostienen que nada tiene que ver el yihadismo, forma extrema del Islam radical, con el Islam, obviamente, tienen un ojo puesto en sus respectivos países en donde las comunidades islámicas son muy numerosas y, por ende, no hay que tenerlas descontentas, y menos relacionarlas directamente con los sucesos de Francia. Se trataría en este caso de curarse en salud. Y también de no hacer diana en el Islam a la hora de buscar el origen de ese fanatismo que anima a los terroristas a cometer sus crímenes. Se trata, en suma, de eximir al Islam de cualquier responsabilidad con lo sucedido en Francia. Pero, Georg Krause, ingeniero alemán, contrario a la islamización de Alemania, advierte que “la canciller Merkel siempre repite la evidencia de que no todos los musulmanes son terroristas. Pero lo que debería reflexionar es por qué todos los terroristas son musulmanes”. Pero si se repite hasta la saciedad que el Islam es una religión de paz, una religión de amor, ¿cómo es posible que haya quienes cometan estas carnicerías enarbolando el Corán, y al grito de Alá es grande, un día sí y otro también? ¿Quiénes han inyectado en el corazón y el cerebro de esos terroristas el odio al diferente, la xenofobia, la invocación a la yihad global, el odio a Occidente, el odio al “kafir”? La respuesta vendría dada por ese adoctrinamiento de millones de jóvenes y adultos musulmanes en mezquitas en las que se les inculca un odio visceral al mundo no islámico. Y, ¿por qué no?, la memorización a macha martillo del Corán conduce a una visión negativa de Occidente y a considerarlo un enemigo a batir. De aquí la opinión tan extendida entre los musulmanes de que el Islam es el remedio a la decadencia de Occidente.

Se ha tratado de dar respuesta a esta dualidad paz-violencia interna en el Islam atendiendo al estudio de las azoras del Corán. Hay estudiosos del Islam que han establecido “una distinción entre la construcción estrictamente teológica del Islam durante la fase de predicación del Profeta en La Meca y las prescripciones ligadas al conflicto de naturaleza político-militar después de la hégira (la salida de La Meca hacia Medina). Es decir, los versículos de la libertad, que son los de La Meca, constituyen el mensaje eterno del Islam, mientras que los de la yihad, los de la guerra entre el Profeta y sus adversarios, son medinenses, es decir, de Medina, la ciudad a la que huyó el Profeta. Cuando se hable de yihad como esfuerzo hacia la divinidad se está refiriendo a los versículos de La Meca, y cuando se hace alusión a la yihad como actitud violenta hacia quienes no son musulmanes y a ocupar territorios que en su día fueron islámicos, entonces, se está aludiendo a los versículos medinenses, es decir, los de Medina, ciudad en la que el Profeta tuvo que adoptar una actitud guerrera para hacer frente a sus opositores. El yihadismo, no se olvide, hace una interpretación fundamentalista y extremista de la religión.

Pero una vez expuesta la diferencia entre el Islam no violento y el Islam radical-yihadista, no se vaya a creer que el Islam no violento “renuncia a proclamar la supremacía de su credo”. Tal vez, como propone Mohamed Charfi, sería conveniente dejar a los imanes al margen de la política para desarraigar el fundamentalismo, y que todo se resolvería “cuando los islamistas admitan que el derecho positivo moderno, diferente de la sharia, es legítimo”. De esta manera “el pensamiento musulmán progresista ofrece una dimensión utópica que rompe aún más con el Islam tradicionalista”. Ardua, titánica y utópica tarea la que propone Mohamed Charfi.

Llegados a este punto, se aprecia con meridiana claridad que estos terroristas y su carnicería sí tienen que ver con el Islam, al menos con el Islam que se tilda de violento, yihadista y extremista. El Islam, como ha quedado reflejado más arriba, que hunde sus raíces en las azoras medinenses, de Medina, a donde se fue a refugiar el Profeta al huir de La Meca. En los versículos de esas azoras se explicita que las relaciones del Profeta y sus adversarios “se rigieron por la lógica de la guerra”, que duró hasta su muerte. Es a esta parte fundamentalista y extremista del Islam a donde acudieron los terroristas del 7 de enero y a donde acuden todos los sicarios de Al-Qaida y los del llamado Estado Islámico. También, aquellos que viven en Occidente, o en los países islámicos, y, sin pertenecer a ambos grupos, aplauden con las orejas tales masacres, las apoyan con su silencio o recurren a la conocida ‘takiya’. Respecto de Europa, debe abandonar las políticas de apaciguamiento, y pasar de las palabras y de las meras condenas a los hechos. Durante más de 30 años se ha hecho la vista gorda y se han hecho concesiones de todo tipo a los musulmanes en los países europeos en nombre de la diversidad y de la tolerancia. Europa debe tomar medidas extraordinarias para lidiar con hechos extraordinarios y dejar de perderse en disquisiciones de si son galgos o podencos, es decir, si se prefiere libertad o seguridad. No hay libertad sin seguridad. Para qué quieres libertad si tu vida o la de los tuyos pende de un hilo. De ningún modo la receta debería ser, como dice sin pudor alguno el periodista Fernando Jáuregui, “Contra el terror, tolerancia”.

(PD: Recuerde: faltan 31 semanas para el 6º Centenario de la conquista de Ceuta por los portugueses: el 21 de agosto de 2015)
 

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