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OPINIÓN - JUEVES, 12 DE MARZO DE 2015

 

OPINIÓN / ALGO MÁS QUE PALABRAS

La fascinación de interrogarse
 


Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net
 

Siempre he pensado en lo importante que es para una ciudadanía ser libre, precisamente para eso, para poder interrogarse y, así, poder modificar desde esta interpelación, modos y maneras de vivir. Motivado por la presentación del último libro del catedrático de filosofía y doctor en teología, Juan Antonio Estrada, en el que nos interroga sobre el contenido que damos al lenguaje sobre Dios, una palabra cargada de significaciones, puesto que todo habla de Dios aunque con signos diversos, he vuelto a madurar la idea de un libre pensamiento y de una conciencia crítica. Es la diferencia entre un ciudadano emancipado y un ser denigrante que se ha hecho esclavo de sí mismo. Indudablemente, el medio de no cambiar radica en no tener tiempo para pensar. De ahí que la reflexión sea cada vez más uniforme y débil, en parte avivada por los poderosos que nos hacen otras propuestas más dominadoras que autónomas. En el fondo pretenden que nos ejercitemos como masa y no como sujetos pensantes. Sin pensamiento y sin libertad pueden dominarnos a su antojo. En efecto, es exactamente este espíritu mundano, quien nos doma y nos aborrega la mente, el corazón y el alma, impidiendo comprender el momento actual que vivimos. Pero al fin, es desde este vacío de sentido como a veces despertamos.

Justamente, una invitación a interrogarse es lo que propicia en el libro Juan Antonio Estrada. A partir de los entresijos, camina su contienda intelectual, llegando a plantear la crisis de las imágenes tradicionales sobre Dios; un concepto de salvación orientado a después de la muerte; la fe como un creer en lo que no se ve, y un concepto de revelación cuya legitimación última viene dada por la jerarquía de la Iglesia. El autor del libro, subtitulado como “la fe en una cultura escéptica”, propone replantear la fe desde una cristología renovada en la que la humanidad del judío Jesús sea el referente fundamental, puesto que la fe en Dios está mediatizada por la fe en Jesucristo y esta remite a un proyecto de vida con hondura, en el que la dimensión religiosa abre horizontes verdaderamente razonados. Por tanto, se hace necesaria una transformación del imaginario cultural y religioso sobre Dios que se apoye en la renovación que se dio en el mismo Jesús. En consecuencia, la identidad cristiana remite a la discontinuidad cultural, y desde ambas hay que construir y reconstruir los contenidos de la fe para responder a la pregunta, que da título al fascinante libro: “¿Qué decimos cuando hablamos de Dios?”. Quizás descubramos, de este modo, que aprender las cosas equivale a verlas interiormente más allá de lo que captamos a través de los sentidos.

A mi juicio, Juan Antonio Estrada con este libro, formula una filosofía teológica de nuestro propio acontecer, a través de las creencias heredadas, de la cultura escéptica, de preguntarse por Dios, de la revelación o proyección humana, buscando una nueva comprensión de la fe, que no traicione la identidad cristiana, pero que tampoco quede prisionera del pasado. Ciertamente, todo cambia, nuestro modo de pensar, de celebrar, de vivir, se hace distinto. No es una expresión retórica, su antesala de verbos, parte de una cita de Proust, de que “la sabiduría no nos viene dada, sino que debemos descubrirla por nosotros mismos, después de un viaje que nadie puede hacer por nosotros”. Subraya que el supuesto cultural y el cristiano difieren cada vez más, a costa de su perdida de irradiación social. Deberíamos preguntarnos por sus causas y también por sus efectos. Tal vez sería saludable, para la propia especie, despojarnos de fanatismo y reflexionar más. A todo ser humano le es permitido conocerse a sí mismo y meditar sabiamente. Tampoco lo evadamos. Quien no se atreve a pensar es un cobarde.

Por eso, como dice Juan Antonio Estrada en su libro: “¿Qué decimos cuando hablamos de Dios?” (editorial Trotta), debemos replantear lo que se ha llamado el depósito de la fe; revisar las revelaciones; vincular las instituciones a las experiencias religiosas; y dinamizar a las iglesias para que formulen la fe de una manera nueva y comprensible para la mentalidad actual. En cualquier caso, si tuviera que resumir en unas pocas líneas su nueva obra, la definiría como un manual de pensamiento que insta a pensar en profundo, porque la humanidad es algo más que un cuerpo, es también una razón de ser y un espíritu que nos trasciende. Que además está en permanente movimiento, y que no puede desligarse de su mismo tronco, la familia humana como estirpe. Lógicamente, nada de lo que ocurra a un ser humano, habite en el lugar que habite, debe resultarnos ajeno a nosotros mismos.
 

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