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OPINIÓN - SÁBADO, 2 DE MAYO DE 2015

 
OPINIÓN / CARTAS AL DIRECTOR

¿Y a quién voto yo ahora?

Por Justino Lupiáñez Mancebo


Les agradecería que me permitieran compartir con los lectores una de mis inquietudes. Tengo muchas, no se crean, pero no veo necesario hacerles partícipes de todos mis problemas gastrointestinales, por lo que me voy a limitar sólo a la que me asaltó anoche y esta mañana muy de madrugada.

Anoche me desperté sudoroso. No, no sean mal pensados, no tuve un sueño bonito con Bo Derek o Kim Novak (¿quiénes?), ni tampoco uno en que me perseguiera Belén Esteban con su último Best Seller en la mano. El origen de mi zozobra estaba en una pregunta que se me vino a la mente subrepticiamente, sin haberlo planeado ni nada, así, de sopetón. Mi subconsciente, que esperaba con alegría el puente del 1 de mayo, saltó de golpe tres semanas y se plantó en las municipales del 24 de mayo. Y, aunque eso está muy feo y no se hace en un momento de ensoñación, ya no había remedio, ¿y ahora a quién voto yo?

Retrocedamos un poco para saber el porqué de mi inquietud. Puede que haya mucha gente que sepa de antemano quién es el santo de su devoción, de su devoción política, se entiende. Incluso puede que haya quien el voto en su familia lo herede de generación en generación, como la alopecia. Pero yo, que siempre he tenido la manida costumbre de ver, comparar, y comprar si encuentro algo mejor, nunca he dudado en mercadear con mi voto al que mejor se portara, me ha dado igual que llevara chaqueta de pana o corbata azul. Quizá sea porque he tenido la inmensa suerte de abrir lo suficiente los ojos durante mi vida como para saber que la ideología en política es una falsa conciencia que, parafraseando a Marx, aplicada al pensamiento de los individuos dificulta conocer la verdad.

Pues bien, una vez metido en faena, no he tenido más remedio que hacer acopio de ideas para saber qué es lo que tiene que ofrecerme aquel a quien entregue mi amor eterno en forma de papeleta, no sin antes limpiarme una legaña okupa en mi párpado derecho y hacerme un café cargado con un chorreoncito de leche condensada, desnatada por eso de la línea, que los pijos del lugar llaman café bombón (y que mi abuela siempre llamó “ese café tan dulce y tan rico”). Y esto es lo que salió de mi lápiz:

Debe ser honesto. Como no sé quién es honesto (he llegado a una edad en la que renuncio totalmente a pretender poner la mano en el fuego por nadie diciendo que es honesto), quiero a alguien que aún no me haya demostrado que es deshonesto. Por tanto aquí podría descartar algunos que sé a ciencia cierta que no lo son, y a otros que no lo aparentan…. Me resultó muy interesante esta línea de pensamiento de la corrupción y el clientelismo político, y eso me hizo tomar unas cuantas notas en mi libreta de cuadros (no encontré una de caligrafía) de color NARANJA. De esas notas saqué en claro que no me basta con que alguien diga qué es lo que cobra, sino que necesito saber con quién hace negocio, en qué se ha gastado el dinero, incluso el que no quiere reflejar en las cuentas, de quién ha recibido dinero y por qué, qué deudas tiene, durante cuánto tiempo las tiene y por qué no las ha pagado ya, es decir, lo que yo le pido a ese partido onírico es que me rinda cuentas a mí, que soy el jefe. Y advierto que, como jefe, soy bastante cabr… digooo, exigente.

- Debe querer cambiar lo que está mal y dejar lo que está bien, es decir, un CAMBIO SENSATO. Y esto me salió tan del alma que me llamó la atención inmediatamente. ¿Acaso no lo hacen todos? Pues lo pensé detenidamente y vi que no. Es muy raro encontrar a alguien que reconozca bondades realizadas por otro gobernante y pretenda conservar esas virtudes, centrándose en lo que no funciona. Por regla general casi todos buscan una revolución, desde el que quiere enfocar la sociedad desde un punto de vista ideológicamente opuesto al existente (de nuevo la dichosa ideología) hasta el que simplemente quiere poner un cartucho de dinamita marca ACME, destruirlo absolutamente todo, y que la buenaventura nos guíe en el camino democrático del pueblo… Por favor, qué pereza.

- Viendo los dos primeros puntos, está claro que me iba a quedar más solo que la una y el voto corría el riesgo de tornarse blanco. Incluso así, me gustan los retos y puse un requisito más: que fuera un PARTIDO NUEVO. ¿Y esto por qué? ¿No me sirve lo que ya hay? Pues ya me que hacía esas preguntas a mí mismo en un diálogo de besugos, me respondí con la misma alegría utilizando mi lógica de andar por casa: Si hay cosas que creo que hay que hacer bien y se están haciendo mal, y no son pocas, me veo en la obligación de no dar mi voto a quien es incapaz de hacerlas bien, porque yo soy una persona exigente y no me conformo con que me funcione la tele y el frigorífico, para que nos entendamos. Yo quiero que funcione la tele, el frigorífico, la lavadora, la tostadora, el microondas, el lavavajillas, la muñeca de Famosa de mi nieta y mi señora seguramente añadiría que el juguete que ella tiene guardado bajo el colchón, que aunque ella crea que no lo sé, lo sé. Aunque esta información quizá sobraba en mi tormenta de ideas, mejor la borro de la libreta de cuadros. Al final he hecho bien utilizando el lápiz.

Tenía muchas más demandas, como que sea un partido respetuoso y no se dedique a descalificar y calumniar a su oponente, que respete la igualdad de todas las personas, que busque el bienestar de la ciudad de Ceuta con medidas efectivas y blablablabla… Tanta demanda requirió de manera inmediata una pastilla de ácido acetilsalicílico y un diccionario para escribir bien esa palabra. Y me quedé ahí, un poco expectante ante el lugar al que me iba a conducir todas esas exigencias.

Llegados a este punto tan interesante se estaba formando en mi cabeza la opción que a mí, como CIUDADANO, me podría servir en mi decisión final. Me había quedado con una lista cortísima (por llamarla “lista”) que me convenciera. Y lo he tenido claro.

Pero de pronto, cuando iba a plasmar el nombre de mi elección en el papel, me ha sobrevenido una sombra, la del respeto hacia mi libreta. ¿Y si… alguien lee mi libreta y descubría mi voto secreto? ¿Y si… alguien se encuentra con mis reflexiones y piensa que, con lo convincente que resulto yo por las mañanas tras un café bombón, le convenzo de a quién votar, y realmente le privo de la alegría inconmensurable que supone elegir por uno mismo sin presiones ni injerencias por mi parte? Por eso he decidido no decir a quién voy a votar. Sí, lo sé, después de tanto esfuerzo lector, es como quedarse en el último capítulo de la temporada de Juego de Tronos, pero los que hayan leído entre líneas probablemente tengan la lista tan definida como la mía.

Y ahora sí, ya puedo volver a la cama con la conciencia tranquila para retozar entre las sábanas... Con cuidado de no saltar de golpe, que ando mal de la ciática. Lo malo es que ahora no podré dormir y lo mismo me da por pensar en cómo arreglar el abusivo precio de los barcos en Ceuta.

La próxima vez me hago uno descafeinado.
 

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