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OPINIÓN - MIÉRCOLES, 4 DE NOVIEMBRE DE 2015

 
OPINIÓN / CARTAS AL DIRECTOR

¿Por qué Europa se odia a sí misma?

Por Jesís González


A estas alturas de la película aquí nadie duda que la canciller Angela Merkel ha sacado el genio de la botella. Pero tampoco nadie duda que devolver el genio a la botella le va a ser a la señora Merkel, no ya difícil, sino imposible. Volver a cerrar a cal y canto las fronteras europeas mediante una simple directiva europea de la UE, no será suficiente, ni sencillo. Esas masas de desheredados procedentes de África y de Asia en modo alguno se van a conformar, ahora que han visto la posibilidad de entrar en el paraíso con el que siempre han soñado: Europa, no se van a conformar, insisto, con quedarse pacientemente al otro lado de las alambradas, de las vallas o de lo que se encuentren en el camino hacia su Dorado. Si a centenares de miles se les ha franqueado el paso, ¿por qué a ellos no? Ahora, sí, ahora ya saben que en Europa nadie les va a prohibir el paso por las malas, ni serán llevados ante juez alguno, ni serán encerrados en cárcel alguna. Le han tomado la medida a Europa y nadie ni nada les van a impedir asentarse en el viejo continente. Buena la ha hecho la señora Merkel. Arrasarán todo lo que se les ponga en su camino. Esos desheredados saben que el europeo es débil ante la contemplación de la debilidad, de la miseria, de la fatiga y de la visión de la niñez desvalida. Y por ahí, por ese talón de Aquiles, otros sirios, afganos, eritreos, somalíes, iraquíes, paquistaníes, libios, palestinos, y todos los que vengan del África negra, entrarán por las buenas o por las malas, pero entrarán. Eso sí, andando el tiempo harán de Europa un remedo del tercer mundo. Ya empieza a fraguarse ese tercer mundo en ciudades europeas. El ciudadano europeo aún no es consciente de qué va todo esto. El reto es inmenso, y nadie lo dude: del control de este fenómeno hoy descontrolado depende nuestro futuro. Toda solidaridad actual se tornará hostilidad y violencia si no se controla más pronto que tarde.

De la emoción colectiva del recibimiento a esos desheredados, de los vítores, de los abrazos y de los regalos pasarán a enfrentarse con la realidad pura y dura, a enfrentarse con centenares de miles de extranjeros procedentes de todos los rincones de África y de Asia, extranjeros que vienen exigiendo lo que quizás el autóctono no tenga: una casa, sanidad, medicinas, escuelas, asistencia social de todo tipo, todo gratis total, mezquitas por doquier (no se olvide que la inmensa mayoría de los que han entrado son musulmanes), es más, esos refugiados traerán a suelo europeo las diferencias de tipo religioso, étnico, tribal, nacional, etcétera, que ya les enfrentaban en sus países de origen. Con razón decía Borges que en toda emoción colectiva veía algo indigno. Y ya advirtió, por su parte, el filósofo Dalmacio Negri que “la pérdida de la realidad se ha convertido en el modo de vida de los europeos, cómodamente instalados en la no realidad. La política vive en el engaño y la sociedad se siente, si no a gusto, por lo menos tranquila en esta realidad engañosa”. La sociedad gusta de ser engañada, no que le planteen problemas. Por eso los que anuncian catástrofes nunca han gozado del favor de los ciudadanos. Los catastrofistas no han tenido nunca predicamento alguno en la sociedad de su tiempo. La anestesiada opinión pública europea no tiene plena conciencia de que son conducidos del ronzal al matadero. La gran masa –escribió Stefan Zweig en “El mundo de ayer”– siempre se inclina hacia el lado donde se halla el centro de gravedad en cada momento. Y esa gran masa está desprovista de toda reacción para comprender y oponerse a esta locura de puertas abiertas.

Lo más chusco de toda esta historia es que la propia canciller Merkel manifestó años atrás que “la respuesta al desarrollo demográfico no puede ser el aumento de la inmigración”. ¡Vaya, qué sorpresa! ¿Qué le ha sucedido a la señora Merkel para dar ese giro copernicano? Pero, ¡un momento!, en enero de este año, la propia Merkel “aseguró que el multiculturalismo había sido un fracaso absoluto”. ¡Bueno, bueno, bueno! Aquí está pasando algo que desconocemos, algo que no se nos ha dicho. Aquí hay gato encerrado. La decisión de abrir las fronteras de esa manera tan burda tiene que haber sido debida a que la canciller podría haber estado sometida a una presión que no le ha sido posible eludir. O, tal vez, la soberbia de la canciller ha alcanzado cotas insospechadas. Acaso, como escribe Italo Svevo en “La Conciencia de Zeno”, “creerse dotado de una grandeza latente es una forma cómoda de vivir”. Quién sabe lo que pasó por la cabeza de la canciller para tomar esa decisión que nos va a proporcionar no poco sufrimiento. Pero habrá que estar ojo avizor, porque me temo que detrás de todo esto se esconde algo dañino y peligroso para Europa y los europeos.

Lo cierto es que los políticos de la UE y de la mayoría de los países europeos han engañado miserablemente a los ciudadanos sobre el peligro que supone la entrada de millones de inmigrantes procedentes de países islámicos. Pero en algún sitio ha de estar la causa, el principio de todo esto. Para ello habría que remontarse a años atrás, y ver que, entonces, el talante moral que dominaba en la Europa de la posguerra era el arrepentimiento por dos “desafueros históricos”: el colonialismo y el nazismo. Nunca más una guerra en suelo europeo. Y para reconstruir la Europa inmediata a la guerra se echó mano de inmigrantes procedentes de las colonias, pensando, claro está, que una vez hecho el trabajo se volverían a sus países. Craso error. Vinieron y se quedaron. Por eso, Christopher Caldwell escribe que Europa occidental “se convirtió en una sociedad multicultural en un momento de despiste”. Y, por tanto, Europa se convirtió, afirma Caldwell, “en un destino de inmigración a resultas de un consenso entre sus élites políticas y comerciales”. Ahí es nada. Así, todas las premisas con que arrancó en su primera hora la inmigración masiva a Europa –serían pocos en número y se volverían una vez realizado el trabajo para el que fueron llamados, nada de prestaciones sociales, y menos que pondrían en práctica, aquí en Europa, sus hábitos, sus costumbres y, mucho menos, construcciones de mezquitas–, todas esa premisas, insisto, se revelaron falsas. Pero, eso sí, el sentir de los ciudadanos de la Europa occidental “siempre ha sido resueltamente opuesto a la inmigración masiva”. De todo este engaño ha devenido la locura actual de la inmigración masiva, de la crisis de los refugiados y la estupidez de las fronteras abiertas de par en par.

Detrás de estos centenares de miles de refugiados musulmanes se pondrán en camino miles de ‘barbudos’ con la ‘sana’ intención de que la feligresía islámica no se desvíe de la ortodoxia ni le acechen veleidades de excesiva confraternización con el personal autóctono, y conserven sus costumbres de todo tipo, desde la vestimenta hasta las normas por las que se regían en sus países de origen. La primera generación de inmigrantes no fue, obviamente, reivindicativa. Se les había sacado de la miseria de sus países y colocados en el corazón de Europa en una situación mucho mejor que la que disfrutaban allá en sus países de procedencia. Esta primera generación tan solo estaba en contacto con el país originario una vez al año, cuando tomaban vacaciones, normalmente en periodo estival. Las dos generaciones siguientes, sobre todo, la tercera, los más jóvenes, están en contacto a diario, permanentemente, a través de las nuevas tecnologías –teléfonos, tabletas, ordenadores y parábolas–, así saben en tiempo real no solo lo que sucede en el país originario de sus mayores, que ya no es el suyo, sino todo lo relacionado con el mundo arabo-islámico. De esta manera, reafirman sus lazos emocionales e identitario con los países de procedencia de sus mayores y con todo lo que se refiera a la causa arabo-islámica, amén de matrimonios internacionales. Ello conlleva desafección por el propio país que les ha visto nacer, no sienten, en general, un sentimiento patriótico natural que les una al país de nacimiento, tan solo les sirve para que les llene la bolsa. Su sentimiento identitario y emocional pasa más bien por la identificación con su religión y su etnia, y su pertenencia a la ‘umma’. De ahí que la integración de los islámicos sea deficitaria y muy problemática, y practiquen un victimismo letal en cuanto se imaginan indicios de discriminación.

¿Qué hacen, a este respecto, la UE y los políticos nacionales? Nada, son profesionales del apaciguamiento y del diálogo. Son incompetentes, timoratos y cobardones. Con su conducta, Europa está perdiendo parcelas de poder en barrios y pueblos pequeños. Los islámicos se sienten invulnerables y hagan lo que hagan no serán castigados ni expulsados ni se les suprimirán las ayudas económicas. Visto así, el futuro de Europa se presenta muy problemático, debido, primero, a que la élite no quiere ver la realidad y, después, al espectacular fracaso de la integración. Es una nación dentro de otra nación. ¿Por qué Europa se odia a sí misma?
 

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