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OPINIÓN - MIÉRCOLES 14 DE DICIEMBRE DE 2005

 

OPINIÓN / EL OASIS

El pánico de los parados
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Uno, cuya niñez fue vivida en casa de vecinos, creció oyendo hablar de lo mal que lo pasaban los parados y viendo las consecuencias de los problemas que la situación generaba en las familias donde el hombre carecía de empleo. Imágenes guardo en la alacena de mi memoria, que todavía me siguen causando la tristeza correspondiente.

El pánico de los parados es, sin duda, un hecho evidente, que sigue atormentando a los varones que no hallan un trabajo en el cual cumplir las funciones que les hagan sentirse válidos. No olvidemos que el mundo del trabajo ha sido concebido, organizado y construido por los hombres. Y ellos han sido quienes, hasta hace nada, han manejado todos sus resortes. Cierto que las mujeres han avanzado mucho en sus justas reivindicaciones, pero ello no quita para que los hombres sean quienes continúen manejando el funcionamiento laboral, y arrogándose todos los mandos.

Por todo lo dicho, cuando un hombre se queda sin empleo, puede haber sus excepciones, no sólo padece la consiguiente inquietud material, sino que lo invade una angustia infinita y queda sumido en un desasosiego abocado a males mayores. Cualquiera que haya pasado por tal situación, o que la esté viviendo, sabrá de lo que estoy hablando.

El parado se siente siempre observado y llega a comportarse como un ser emasculado. Se da cuenta, en muchas ocasiones, que el decaimiento de su organismo es una realidad y va de un sitio para otro de la casa como un perro abandonado a su suerte callejera.

Una permanente irritación convierte a los sin trabajo en los seres más predispuestos a sentirse disminuidos y a creer que se les tiene en muy baja estima. Y, claro, susceptibles hasta extremos insospechados, ante cualquier detalle malamente asimilado por ellos, saltan a las primeras de cambio para dar rienda suelta a toda la bilis acumulada que llevan dentro. Son los resultados de la enorme duda que tienen de su capacidad, motivada por el momento en que viven, y sobre todo por el resentimiento que les embarga contra una sociedad a la que culpan de su desgracia.

Ni siquiera el subsidio del paro es medicina capaz de aliviar el pánico de los parados. Es una ayuda tan necesaria como también es una forma de hurgar más en la herida. Sobre todo cuando las personas debían guardar cola en sitios visibles y expuestas a las miradas de quienes murmuraban contra el cobro de semejante cantidad.

Por todo lo reseñado, a mí me gusta cada año acordarme de los parados. Y, desde luego, entiendo que haya muchas personas pidiendo a gritos que el dedo de cualquier político decida concederles un empleo. Y que éstas, para conseguir un trabajo, muevan cielo y tierra, buscando ese padrino que obre el milagro de sacarles de una situación tan angustiosa. Ustedes dirán, y con toda la razón del mundo, que ese no es el camino más adecuado para conseguir un empleo. Y que para algo están los merecimientos, los concursos, las oposiciones, los estudios, la preparación, etcétera. Y están en su perfecto derecho de opinar así. Aunque yo he conocido a muy pocas personas que, además de estar preparadas, no hayan buscado a su vez la ayuda de terceros que pudieran recomendarles.

De todos modos, como la columna hay que terminarla, y cada vez me queda menos espacio, diré lo siguiente: hay dos individuos en esta ciudad, seguramente habrá algunos más pero no los conozco, que están cada dos por tres criticando en periódicos a quienes usan la dedocracia en cuestiones de empleos. Uno, que se opone a todo, tiene un departamento del Ayuntamiento repleto de recomendados. El otro, además de colocar a su sobrino, tampoco ha perdido el tiempo en Madrid. Fariseos.
 

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