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OPINIÓN - DOMINGO, 10 DE DICIEMBRE DE 2006

 

OPINIÓN / EL OASIS

A otra cosa, mariposa
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Ya sé que cada año, en cuanto se acerca el 6 de diciembre, día en el cual la Constitución española fue ratificada en referéndum por el pueblo español, el presidente de la Ciudad ha de hacer verdaderos malabares para mantener el interés de los actos que él preside a fin de conmemorar tan feliz acontecimiento.

Sin embargo, su deseo de darle brillantez al espectáculo le impide darse cuenta de que las distinciones a voleo son tan absurdas como innecesarias y contraproducentes. Por una razón muy sencilla: premiar por premiar es devaluar los méritos de quienes puedan haber merecido la distinción en un día tan señalado en el calendario español.

Los premios, como los adjetivos, cuando son más de tres carecen de sentido y más que ayudar a la causa lo que consiguen es desmerecerla. Por tal motivo, ese homenaje a los parlamentarios, días pasados, me pareció a mí un derroche de enaltecimiento a personas que, salvo excepciones, lo único que han hecho es sentarse en un escaño para levantar la mano y si te vi no me acuerdo.

Parece ser que mi manera de pensar al respecto, plasmada en una columna, no ha caído muy bien entre algunos de quienes vivieron un momento estelar por ser alabados cual si fueran políticos cuya andadura parlamentaria hubiese hecho posible que esta ciudad hubiera conseguido un estado de gracia imperecedera, por el esfuerzo de ellos en la capital del reino.

Que esos algunos se hayan acordado de todos mis muertos es, además de lógico, cuestión de escasa importancia, por no decir ninguna, y que entra dentro de la forma de aceptar los políticos las críticas. No olvidemos que para el político la prensa siempre es perversa, incluso para el político que triunfa. (Leopoldo Calvo Sotelo).

Lo lamentable, pues, está en que esas personas se hayan creído, a pie juntillas, que son merecedoras de aparecer ante los ciudadanos cual ejemplares de entrega y sacrificio a favor de esta tierra. Craso error.

A no ser que crean, como decía uno de los distinguidos en fecha tan fausta, que la labor de pedigüeño es en la vida parlamentaria motivo relevante para que el ministro del momento los pueda destacar en un corro de señorías en los pasillos del edificio situado en la carrera de San Jerónimo. Y es que pedir en nada desmerece al hombre. En absoluto. Por más que a Felipe González lo vistieran de limpio, en su momento, por considerarlo un pedigüeño de los fondos europeos.

Ahora bien, quien pide para su pueblo, por mucho que le regalen el oído comparándole con la constancia que en tal menester tienen acreditada los catalanes, si no consigue nada es igual que sembrar con mala simiente. Lo cual le inhabilita para presumir de logros y, desde luego, su labor jamás podrá calificarse de sobresaliente y ser premiada con fuegos artificiales.

No se trata, por tanto, de hacer una crítica feroz contra quienes han hecho de la la política una profesión. Y de la que ni con agua caliente hay nadie capaz de despegarlos. Porque están en su perfecto derecho de hacer lo que les gusta y de vivir en Madrid como padres de la patria y en algunos casos, todo hay que decirlo, aprovechándose de la situación para meterse en negocios que les ayuden a soportar el tren de vida que llevan.

De lo que se trata, en cambio, es de poner las cosas en su justo sitio. En su justo sitio ha estado, una vez más, Francisco Fráiz -a quien pocas concesiones le he hecho durante casi tres lustros-, al no darse por aludido en lo tocante al ya manoseado homenaje de los parlamentarios en el día de la Constitución. Es quien mejor ha sabido salir del trance. Y con su actitud, ha ayudado a que los premios no sean aún más decadentes. Y a otra cosa, mariposa.
 

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