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OPINIÓN - DOMINGO, 02 DE JULIO DE 2006

 
OPINIÓN / EL MAESTRO

... Y pudo más Dios

Por Andrés Gómez Fernández


Fuimos vecinos. Vivíamos en la misma calle. Pertenecíamos a distintos centros. Ella llevaba en la localidad algunos años más que yo. Diariamente nos cruzábamos para dirigirnos a nuestros puestos de trabajo. Los domingos, acompañada de su madre, asistían la misa de doce, en la Parroquia próxima a nuestros domicilios. Y un día corrió el rumor que se marchaba de la localidad. Y se marchó.

Su marcha fue muy sentida por todos, en espacial por su grupo. Este estaba formado por alumnas, ya que en aquellos tiempos, no existía la educación mixta –coeducación-. También lo sintieron mucho sus compañeros, conocedores de la magnífica labor que desarrollaba. Mi compañera era una “maestra total”. Como lo éramos todos los de aquellos momentos –segunda mitad de los sesentas-.

El rumor de su marcha iba acompañado de su posible reingreso en un convento. Nuestra admirada maestra tenía gran vocación de moja, habiendo ejercido como tal, al incorporarse al colegio. Pero esto, de momento, parecía que no era posible. Ella cuidaba de su madre, una venerada anciana, que dependía totalmente de ella. De ser cierto, lo de su reingreso en el convento, tenía que esperar. Ella no abandonaría, lógicamente a su madre.

Nuestra compañera cambió de destino. La destinaron a la capital de la provincia. Tendrían mucha suerte aquellas niñas que formaran parte de su tutoría; en cambio las chicas que dejaba, se quedaron sumidas en un “mar de lágrimas”. Y una gran incógnita para aquellas que tenían que continuar, al desconocer que ocurriría con ellas. Estaban acostumbradas a su maestra, y eran muy felices, porque en aquellos tiempos, los alumnos y alumnas, pese a otras carencias o dificultades, en el colegio se sentían satisfechas. Su maestra se encargaba de hacerlas unas mujercitas, al recibir una selecta educación, porque todavía en las escuelas, pese a no contar con el apoyo de familia, se educaba, recayendo toda la responsabilidad sobre los educadores –término correctamente empleado-.

Y llegó el nuevo curso. Y se llevaron una gran decepción: las alumnas fueron cambiadas de centro, y ya no tendrían una “señorita” para finalizar la escolarización. El cambio fue radical, como de la noche a la mañana. El centro elegido fue el mío, y el nuevo responsable, yo. En principio, las alumnas incorporadas mostraron su decepción, pero no tuvieron más remedio que aceptar esa nueva situación. Yo también tenía mis dudas sobre la posibilidad que la nueva experiencia terminara con éxito. ¡Y no salimos insatisfechos! (Experiencia relatad en el libro “Vivencias de un maestro, I parte”, “La coeducación.)

Es lamentable que de tan ejemplar maestra –yo pienso que todas las maestras son ejemplares- no se realizara el consabido seguimiento. Pese a mis lógicas investigaciones sobre qué había sido de ella, nadie me supo dar información alguna. Según parece –opinión de un cercano compañero- ella prestó sus servicios en su lugar de destino, pero de inmediato no reingresó en el convento, señal inequívoca que su querida madre no había fallecido. ¿Reingresaría al desaparecer su querido ser? ¿Esperaría a que le llegara su jubilación? Lo haría cuando tuvo la mejor oportunidad, porque todos aquellos que la conocieron, que compartieron con ellas muchas vivencias, dejaría la enseñanza para dedicarse a esa otra., al servicio de Dios.

Por lo observado –sus alumnas pasaron a mi grupo –su acción docente estaba centrada en el alumno, aceptando que “la verdadera pedagogía consiste en hacer aprender”. De nada sirve el mucho enseñar si no es el alumno el que aprende; hay que poner al alumno en condiciones de aprender por sí mismos; conociendo la funestas consecuencias que lleva consigo una enseñanza pasiva y memorística; el principal agente de la educación, es un ser activo, inteligente, moral y libre, él posee sus facultades propias y no se puede ni debe sustituir ni suplantar (Activismo educativo del P. Manjón).

El grupo que yo recibí, tenía algo poco frecuente, y era su homogeneidad en cuanto a conocimientos y preparación. ¿Utilizó las llamadas adaptaciones curriculares individuales? La maestra había trabajado cuidadosamente el trabajo ordenado, inculcándoles a sus alumnos los valores tradicionales para su incorporación a una sociedad más justa.

Eran los tiempos finales de nuestras recordadas enciclopedias, que fueron desplazadas poco a poco por las mal llamadas “Unidades Didácticas”, para llegar al momento actual, con el excesivo e inútil material escolar. Se seguía conservando cuidadosamente la ortografía y la caligrafía y la insistencia en las operaciones básicas fuesen consolidadas. El aspecto disciplinario era objeto de especial atención, sin recurrir a métodos represivos –ya habían pasado de “moda”, utilizándose el diálogo y la tolerancia. Es cierto que todavía no se acercaban los padres a la escuela, quizás por el exceso de confianza en los educadores. Sólo en determinados casos visitaban al maestro o maestra (todavía no se utilizaba el término “tutor”). Con todo este panorama transcurrió el quehacer diario de nuestra maestra. Sin dudas, y no era una excepción, ella, la tener sea gran formación religiosa, incentivara más que otros las actividades religiosas, donde tenía cabidas en los programas la lectura de los Santos Evangelios, prácticas catequísticas, estudio de la Historia Sagrada, el Catecismo, el rezo del Santo Rosario… Los Domingos y Fiestas de guardar, asistencia a la misa parroquial….

Nuestra admirada Mari Carmen, había dejado sus hábitos de monja, para cuidar a su madre, ejerciendo, su otra gran vocación de maestra. Con toda seguridad que cuando se marchó de nuestra localidad, ejercería como tal en su nuevo destino, sin separarse de su madre. Una vez fallecida ésta ¿volvería al convento? Es posible, conociendo su vinculación con la Iglesia Católica, considerando sus antecedentes y ese paréntesis de dedicación a la enseñanza, pero, al final, pudo más Dios.
 

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