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OPINIÓN - SÁBADO, 15 DE JULIO DE 2006

 
OPINIÓN / EL MAESTRO

El curso ha terminado

Por Andrés Gómez Fernández


El fin de curso ha llegado. Aprobados y suspensos. En algunas autonomías hay que esperar a la recuperación de Septiembre; en otras, las hacen en junio sin apenas dar tiempo para que el alumnado se prepare. No sirve para nada. Mejor Septiembre. Para los que finalizan en Junio aprobados y suspensos. Para los que han conseguido superar, no hay problemas. Para los que no han superado, sí: regañinas, privación de todo aquello que les atraen, castigos… Para los de Septiembre, esperanza.

En aquellos casos de superación, reflexión. ¿Qué parte de “culpa” tiene la familia en los suspensos? Un reciente estudio indica que un treinta y siete por ciento de los padres reconocen que ni vigilan ni incentivan a sus hijos en el estudio. Un porcentaje preocupante, sobre todo cuando hay un once por ciento que lo hacen de vez en cuando. Sólo un cuarenta por ciento se ocupa de forma continua y perseverante del estudio de sus hijos. En el caso de hijas es menor.

Hay un porcentaje muy significativo (treinta y tres por ciento) que consideran que no hace falta que controlen a sus hijos. Caso erróneo, porque es, precisamente, en la adolescencia cuando más lo necesitan, aunque también cuando más se oponen los propios hijos. Por otro lado, piensan los padres (setenta por ciento) que la educación de los hijos es hoy más difícil que en la época de sus padres. Por lo tanto, existe un pesimismo muy extendido acerca de su capacidad para conseguir determinados logros educativos por más que se esfuercen en ello, sobre todo entre las madres (cuarenta y tres por ciento) frente al (treinta y uno por ciento) de los varones. Es decir, la mitad de las familias no tienen mucha confianza en su rol de padres y sienten, sobre todo, impotencia ante la importancia que han adquirido otros socializadores, como la televisión, los amigos o el ambiente de la calle, con los que compiten e incluso contra los que consideran que tienen que “luchar”.

La familia, ante una situación de suspenso, utilizan estrategias diversas: un sesenta y cinco por ciento piensa que lo mejor es la negociación, con la que intentan hacer ver a los hijos la inaceptabilidad del resultado y se sopesan o discuten distintas alternativas para buscar una solución. El resto se decantan por la “recriminación” y el “castigo”, o, bien, por el “sermón”, es decir, recomendarles simplemente con mayor o menor énfasis, según las circunstancias, que tienen que estudiar más.

El problema se agrava cuando los suspensos se van acumulando, donde la vía negociadora se agota y los padres se decantan, bien por la amonestación y el castigo, bien sólo por lo primero y la incitación a que tienen que estudiar más. Además, señala la encuesta que la estrategia negociada aparece con más frecuencia en familias con mayor capital cultural y económico.

Resumiendo todo esto a hechos concretos, sería exhaustiva la relación de estrategias que se utilizaban en mi etapa de maestro de E.G.B. y posteriormente de la ESO. Preocupaba mucho a los padres que el hijo fuese suspendido, por los problemas que ello traía consigo, particularmente en la etapa de la E.G.B. Los criterios de promoción no estaban claramente definidos, por lo que, a veces, era la familia la que decidía. Claro que, para la finalización del Ciclo Superior, cuya superación conducía a la obtención del Graduado Escolar, no había otra opción que superar todas las materias, aunque, eso sí, disponía el alumno de la convocatoria de Septiembre. Con la aplicación de la ESO, mientras se realizaba en los centros de Primaria, cada centro utilizaba criterios distintos para la promoción de ciclo, pero entre cursos, al ser la enseñanza cíclica, no había problemas. Esta situación para los centros que dejan la recuperación de las materias suspendidas para Junio, preocupa menos a los padres porque no va a interferir en los proyectos vacacionales.

Siguiendo con mi experiencia, el dramatismo surgía cuando la familia, confiando que al final, con la aplicación de las recuperaciones, el alumno iba a superar el curso, se producía una gran decepción, aunque esto ocurría en aquellos casos donde los padres se habían implicado, dejando anulados todos los planes. Aunque algunos recurrían al mes de Septiembre, después de realizadas las pruebas de recuperación, donde ya no importaba si el hijo había superado, o, no, los exámenes.

¿Qué ocurre cuando el alumno supera el curso? ¿Qué tipo de recompensa se utiliza? Siguiendo los datos facilitados por la encuesta, la mayoría, un cincuenta y nueve por ciento, se decantan por “felicitarle” cosa que, además de educativa, por otra parte, sale mucho más económica. Lo cierto es que muchos escolares esperan su recompensa al finalizar el curso con resultado positivo. También se suele optar por algún regalo, premiar con dinero, algún tipo de celebración, visita a un parque de atracciones, etc. En las familias más “negociadoras” se suele utilizar sólo la felicitación.

En mi etapa, independientemente de los premios que se otorgaban por la familia, también el centro contribuía a premiar a los mejores alumnos, al menos con sencillos diplomas, o bien, en los cursos finales los consabidos viajes de fin de curso, aunque aquí, más que recompensar a los mejores rendimientos, se recompensaban también las buenas conductas.

Quiero recordar, que en aquellos momentos, cuando todavía “no estaba bien visto” que un chico llevara pendiente, algunos, con las naturales reservas, se exhibían con ellos. De hecho, en algunos centros estaban prohibidos. Pero, un “valiente” y “audaz” alumno, nos asombró a todos con su pendiente, del que se mostraba muy satisfecho. Era el regreso de las vacaciones de Navidad. El chico se vio rodeado de todos sus compañeros, presentando el pendiente como un regalo de Reyes. Se trataba de una recompensa por haber superado todas las materias en el primer trimestre.

Otra destacada recompensa a un alumno fue una pareja de hámsters, un macho y una hembra. La presentó en la clase con una lujosa jaula. Era un amante de los animales, por lo tanto, extremó sus cuidados para sacar adelante a los dos roedores. Pronto, la pareja empezó a producir pequeños hámsters, llegando a inundar la casa de estos roedores. En su barrio era raro el vecino que no dispusiera de una pareja. Ante tanta proliferación, terminó por deshacerse de ellos.

Como es lógico el capítulo de las “recompensas” daría lugar para cubrir muchas páginas, sobre todo en los momentos actuales, donde la motivación de los hijos parece ser que está en ello, en premiar aquello que no es otra cosa que el resultado de unos esfuerzos propios de los que tienen la obligación de estudiar.
 

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