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OPINIÓN - VIERNES, 21 DE JULIO DE 2006

 

OPINIÓN / EL OASIS

Aquella España
 


Manolo De la Torre
manolodelatorre@elpueblodeceuta.com
 

Cuando ha bajado el diapasón sobre lo concerniente al Estatuto de Cataluña y en menor grado acerca de esa realidad nacional andaluza, el tono de voz de las discordias se mantiene alto en cuanto a las conversaciones con ETA y a las que se ha sumado ese proyecto de Ley de la Memoria Histórica, que los socialistas quieren aprobar en el parlamento, acuciados por sus socios de la Ezquerra y la ICV. En busca de la memoria histórica de la guerra del 36 quiere ir Zapatero para que los españoles hagamos una catarsis a fin de poder enfrentarnos al futuro con absoluta tranquilidad. Y a ello se oponen el PP y quienes piensan que mirar hacia atrás no es recomendable: pues en el intento nos podemos quedar todos como la mujer de Lot.

Uno nació cuando aún sonaban los últimos cañonazos de una guerra entre fanáticos que mataron a mansalva y que dejaron a España sumida en una ruina de la que pronto tuve conciencia porque la época exigía ser avispado en el combate diario para poder sobrevivir. España era un país miserable, donde reinaba el hambre, el analfabetismo, el dolor por los muertos, por los desaparecidos, por quienes estaban esperando en las cárceles a ver si la suerte les impedía ponerse ante el cuadro de los fusiles, etc.

En las casas de vecino, por más que éstos intentaran atajarlas, las infecciones procedentes del retrete común y de la falta de espacios y de medios, pululaban por patios y escaleras como Pedro por su casa. El Piojo Verde, la sarna, y la tuberculosis se adueñaban del ambiente y a quien le tocaba se iba, decididamente, al camposanto, donde los no creyentes gozaban de un espacio abandonado de la mano de Dios y con fama de maldito.

En esa España, de misas diarias, de procesiones, de rosarios de la aurora, de sabatinas, de entrega a María y al Corazón de Jesús, la Iglesia pudo hacer mucho más de lo que hizo a favor de las desgracias y los ricos tuvieron la oportunidad de no pervertir a los falangistas, de buena fe, que los había a su manera y que deseaban elevar el nivel de las clases trabajadoras. Pero siempre tuvieron la oposición de las fuerzas pasivas de la Iglesia y de los terratenientes y de quienes ganaban dinero a manos llenas. Era una España donde las mujeres, apenas con los treinta años cumplidos, estaban envejecidas y vivían aturdidas por levantarse un día y el siguiente también, con el terrible problema de no tener dinero para poner la olla.

-¿Sabes que la tía de tal se ha metido a puta...?

Repetía el niño como un papagayo lo oído en su casa. Y los demás niños no dudaban en contarlo nuevamente. Porque los niños de entonces, los niños pobres, a su ser polimorfo se le juntaba la mala baba que da el tener vacía la botarga. Las casas de putas estaban llenas, y en ellas hacían comedor los ricos y notables cuando se aburrían de jugar en el casino de ellos al póquer. A ciertos ricos, terratenientes de mucha prosopopeya, también les divertía mucho, en ocasiones, perseguir y ensañarse con el mariquita de turno para destrozar sueños de cada noche y cortarle la cabeza al fantasma de una presunta homosexualidad.

A los pobres de aquella España, si no querían morirse de hambre, sólo les quedaba el recurso de dar barzones por los campos para cazar pajaritos de manera furtiva o para rebuscar los frutos caídos de los árboles. Por una talega de almendra, de tener mala suerte, la Guardia Civil podía alisarle las costillas al padre de familia que debía sacar sus hijos adelante. También los guardia civiles vivían su vía crucis. Hacían guardias en puntas de playas o en sitios inhóspitos, bajo los rigores invernales y disciplina de mala leche, y, claro, enfermaban.

De aquella España, Zapatero, no deberías ni acordarte. No merece la pena que te la juegues.
 

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