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OPINIÓN - DOMINGO, 23 DE JULIO DE 2006

 
OPINIÓN / CARTAS AL DIRECTOR

Cuestión de humanidad


Por salam


Puede ser que a una minoría poco representativa de la 'España cañí' le importe "un carajo lo que acontezca en aquellas latitudes" de Oriente Próximo, como se tiene la osadía de asegurar Nuria Van Den Berghe en su artículo de ayer, pero seguramente la gran mayoría de los ceutíes serían incapaces de sustentar tan insconsciente afirmación simplemente por el hecho de ser testigos en primera persona de una de las consecuencias principales originadas por otros tantos conflictos en el mundo: el éxodo humano hacia otra tierra desconocida. La inmigración trae a las costas de Ceuta oleadas de inmigrantes en situación desesperada, a quienes el instinto de supervivencia lleva a arriesgar lo más preciado, la vida. Por ello ese intento fallido de emular a Arturo Pérez Reverte sólo a través del abuso de palabras malsonantes, raya en lo soez en la persona de la señora Van den Berghe, a quien posiblemente la vivencia de cualquier drama humano desencadenado por cualquier tipo de conflicto bélico le permitiría aprender lo bueno del autor de Territorio Comanche. Quién sabe, quizás continuaría pensando que cuando alguien se ve obligado a abandonar su tierra con lo puesto lo hace por deporte.

¿Cuál es la posición que debe adoptar un país occidental ante los últimos acontecimientos, únicamente aquella que marca la Casa Blanca?. Poco basta entender de política para percibir que la hegemonía de EE.UU. se impone una y otra vez a cualquier acuerdo que pueda emanar de Bruselas. Sólo la sonrisa del diablo esbozada por George Bush ante Tony Blair en el desayuno de la cumbre del G-8 es suficiente para comprender que al máximo mandatario norteamericano poco le importan las víctimas civiles.Sí, aquellas que utilizó en su campaña propagandística anterior a la intervención en Irak, tratando de convencer al mundo de su carácter humanitario en 2003. Una vez recuperado el control sobre el 'oro negro' y derrocada una dictadura que su propio país respaldó durante años poco le importa a Bush la guerra civil desatada entre la población iraquí, que se va cobrando más y más víctimas cada día. Es este mismo personaje el que hasta ayer se oponía al envío de 'cascos azules' a la zona fronteriza de Líbano e Israel, donde el ejército hebreo se limita a lanzar octavillas sugiriendo a los civiles que huyan hacia el norte del país, tomándonos por ingénuos a todos. ¿Por dónde debe huir la gente, señor Olmert?, si sólo el primer día de conflicto sus F-16 se han encargado de destruir las vías de comunicación de un país de poco más de cuatro millones de habitantes. ¿Es por tanto reflexionar y caer en la cuenta de tal evidente contradicción ejercer una actitud antisemita?. Yo diría más bien anti-masacre, teniendo en cuenta que Israel ha esperado hasta la novena jornada de conflicto para enfrentarse directamente con la guerrilla responsable del secuestro de sus dos soldados. Aeropuerto, puerto, puentes, carreteras y barrios enteros han desaparecido en sólo ocho días de ataques del ejército israelí al corazón de un país que comenzaba a despertarse de la pesadilla vivida en 1982, año en el que el estado que fuera víctima del Holocausto invadía la capital libanesa con el pretexto de los ataques recibidos por parte de los palestinos refugiados en este país. ¿Cuál es por tanto la función del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas?. La de depender en todo momento del 'veto' estadounidense que es el que verdaderamente marca las reglas de juego en el panorama internacional. Y es que no es la primera vez que Bush junior nos deleita públicamente con su carácter totalitario. Basta remontarse a la muerte del cámara de Tele 5 José Couso bajo fuego norteamericano. Pero apelando a los daños colaterales y con el mismo rostro de soberbia respondía Bush a la periodista que le pedía explicaciones por lo sucedido en una comparecencia de prensa conjunta del mandatario estadounidense y el entonces presidente del ejecutivo Español, José María Aznar, quien al más puro estilo Curro Romero sacaba rápidamente el capote, en defensa de su homólogo, para acallar la voz de la informadora. Son diversas ópticas de describir la vergüenza ajena, esto es sólo un ejemplo de la mía en particular.

Escuche usted, señora Van Den Berghe, a los ciudadanos europeos que han logrado huir en los últimos días del infierno beirutí, al menos para contagiarse de una mínima dosis de humanidad de la que parece adolecer. Porque son ellos los que mejor pueden relatar lo que está ocurriendo y no los políticos. Existe entre todas sus manifestaciones un denominador común y es la condena unánime a la destrucción de un país que se está culminando en escasos días, en pleno siglo XXI. Quizás estas mismas personas puedan describirnos las constantes violaciones del Derecho Internacional llevadas a cabo meses atrás por los cazas del ejército hebreo, sobrevolando la capital libanesa superando el límite del sonido, denunciado en más de una ocasión por el ejecutivo libanés ante el Consejo de Seguridad de la ONU.

Es apelar a su condición judeo-cristiana el solidarizarse con el más del 30% de la población libanesa que profesa la religión católica, ya que el hacerlo simplemente por la condición humana sería pedir demasiado. Pero retomanto ese cristianismo del que muchos hacen gala pero poco practican, ¿dónde está esa Iglesia que se echa a la calle para defender los valores de la familia?, porque, la verdad, es quizás más triste tener que explicar a un niño el carácter destructor del ser humano contra su propia especie que el hecho de que dos personas del mismo sexo tengan derecho a manifestar sus sentimientos con la misma libertad que el resto y no en la clandestinidad, como en décadas anteriores.

No tengo sangre gitana, ni antepasados rifeños, pero desde hace diez días comparto la angustia de una persona muy cercana que cada noche trata de contactar con sus padres y hermanos para garantizar que al menos siguen vivos, a pesar de que a través de su teléfono móvil se sienten las sirenas y explosiones, no de fuegos de artificio, si no de bombas. Único consuelo restante tras seghuir expecatnte a través d elos informativos la destrucción de algunos de los rincones en los que transcurrió su infancia, también marcada por la postguerra. Por ello, por sus padres Souad y Nadim, por sus hermanos Bilal, Ramia, Amal, Mohamed, Amar y Zahraa -de sólo siete años- por sus sobrinos Aia, Malak, Batul y Hamude, que ni aprueban las acciones del grupo armado Herbolá ni por supuesto aplauden, señora Van den Berghe, que el ejército de Olmert esté destrozando su país en modo indiscriminado y en definitiva, su propia identidad. Desde el laicismo, y considerando la religión como un grave arma de instrumentalización, a mí sí me provoca terror la hostilidad desatada entre estos dos grupos armados -Hezbolá e Israel- pero más aún la escasa capacidad de mediación de la comunidad internacional formada por las potencias del calificado Primer Mundo.
 

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